Espacios

Espacios interiores y exteriores, de mayor o menor amplitud. Lugares habitables o no, reales o imaginarios. Vivimos en un sinfín de espacios destinados a ser el soporte de nuestra existencia cuando nos referimos a su particular enclave físico. Casas, calles y plazas, oficinas, comercios, centros culturales y lúdicos… compartimos, disfrutamos e incluso sufrimos estar apiñados, separados, cercanos, alejados… o, sencillamente, viviendo con la suficiente holgura para saber y saborear de soledad y compañía. Tenemos, o deberíamos tener, espacios en nuestra familia, en la sociedad, entre vecinos y amigos, colegios, en el trabajo… en diferentes enclaves geográficos según las circunstancias personales. Espacios que, en cierto modo, van determinando nuestro modo de estar en la vida, de ahí la importancia de cuidar ese entorno, universal y particular a un tiempo, para que no se resquebraje en pro de modas fuera de toda pasarela de cordura. Familia y educación conforman la llave maestra de una sociedad coherente con la tradición y el progreso en pro de un mundo mejor. Espacios de sensatez que hagan saltar las alarmas ante cualquier despropósito que dañe el bien común. ‘Mi casa, mi mundo’, nuestras casas, nuestros innumerables espacios, nuestro mundo. Espacios privilegiados para observar, contemplar, reflexionar, escribir, describir, opinar, comunicar… a pie de página de la vida, tomando cuidadosamente el pulso de la existencia. Un pulso que se dispara ante tantos sobresaltos por incongruencias que perjudican la convivencia pacífica dentro de un marco legal. Ante tantos buenos entendedores, no hacen falta más palabras. Palabras, palabras que van conformando este artículo que, debido al rediseño de ‘La Tribuna de Albacete’, estrena espacio. ¡Gracias!…

 

 

 

 

 

Anuncios

Letras, palabras, frases… oraciones

 

Como siempre, a pie de página de la vida que pasa y se queda, que viene y va deletreando la existencia. Apenas balbuceamos las primeras letras, cuando sin del todo saber, comprendemos el significado de las palabras que fundamentan nuestro vivir… Amor, familia, amistad, verdad, paz, trabajo, fidelidad… Palabras que van construyendo frases quizás no grandilocuentes, pero repletas de esa coherencia que subraya la dignidad de toda vida. Oraciones, que tantas veces dan fe de un creer en un más allá, transido de ruego y súplica, de perdón y agradecimiento, de adoración y desagravio. Ese rezar sin orar de la vida que esculpe jaculatorias repletas de súplica. Letras, palabras, frases… oraciones que quizás aprendimos de niños. Crecer es un sin parar y quizás un sinvivir del que tendríamos que tomar nota, como siempre, a pie de página de esta vida cuasi empeñada en escaparse de nuestras manos. Coger las riendas de la existencia, tantas veces desbocada, es tarea imprescindible para todo aquel que quiera aprovechar al máximo el lujo de vivir. Dos días y una eternidad. Deletrear, leer y escribir, entender, captar la existencia. Pasar por alto y detenerse, de cuando en cuando, en el camino. Perder y ganar tiempo junto a innumerables compañeros de viaje. Arrieros somos, cargando con el devenir de la vida que fluctúa sobre las olas del porvenir. Un sinfín de palabras para comunicarnos con los demás, también a través de la elocuencia del silencio. Hablar y callar. Reflexionar. Escuchar, atender, comprender, aprender, enseñar… Fundamentar nuestro vivir con la rúbrica de la verdad. Esmerada caligrafía virtual que narra los pormenores de la existencia, página a página. Y van quedando los recuerdos como cimientos de los proyectos más audaces. El día a día, con sus letras, palabras y frases que no pocas veces se convierten en oraciones que suben al cielo como lluvia de estrellas que caen sobre nosotros de nuevo… Estrellas fugaces y miles, millones de deseos. Voces y silencios, siempre, repito, a pie de página de esa vida que, aún sin saber, escribimos todos los días… Amor, familia, amistad, verdad, paz, trabajo, fidelidad… Palabras, que el buen Dios, no deja de enseñarnos una y otra vez, sin tener en cuenta nuestros tachones o borrones. Despacito y buena letra…

Mirar para ver

 

Vivimos en un mundo hipercomunicado. En cierto modo, la información nos acosa. Recibimos mucha más de la que podemos digerir. Estamos conectados y desconectados a un tiempo. Sabemos de todo, y de nada en profundidad. Nos ensimismamos con lo lejano mientras, con demasiada frecuencia, ignoramos cuanto acontece a nuestro alrededor. ¿Exageraciones?… Más bien un toque de atención para regresar a la cotidianeidad de nuestras relaciones. El tú a tú no debería quedar anulado por una multitud anodina, anónima y extraña. Las innumerables pantallas de las que disponemos ipso facto, aparte de perjudicar nuestros ojos cuando abusamos de ellas, están nublando, incluso cegando nuestra mirada. ‘Mirar para ver’, lejos de ser algo utópico, es una necesidad creciente. Por naturaleza, somos seres sociales, de ahí el sinsentido de vivir conectados y aislados del mundo. Dicotomía que nos estresa, deforma e incluso destruye nuestras relaciones más genuinas. Abrir de par en par las ventanas del alma para ver con el corazón. Recobrar el pálpito de la vida. Certera reflexión esta afirmación de Chesterton: ‘De vez en cuando es bueno ser tan transparente, tan luminoso y tan invisible como una simple ventana’… Ayudarnos a mirar para ver y volver a nuestras raíces, redescubriendo la existencia. Ocurren muchas más cosas de las que podemos observar a simple vista, y con frecuencia, nos perdemos las mejores historias dignas de ser contadas. ‘Mirar para ver’, grato trabajo de cuantos nos gusta deletrear la vida. Aconsejaba un buen profesor de periodismo: ‘Únicamente desde la humildad más profunda del que se siente de verdad indigente es posible mirar y ver, escuchar y oír, pensar y contar. Pero la humildad quizá es la parte más difícil de aprender’. Porque, volviendo a Chesterton: ‘La humildad es el suntuoso arte de reducirse a un punto, no a algo grande o pequeño, sino a una cosa que no tiene tamaño, de modo que todas las cosas del mundo sean como son en realidad, de tamaño inmensurable’. Aprender a mirar con todos los sentidos, con la inteligencia y la voluntad, con el corazón… Descubriremos la vida que bulle a nuestro alrededor y rubrica las mejores historias dignas de ser contadas. Mirar también, para ver a la gente cercana, de manera que nadie se sienta solo, olvidado, extraño… Y, seremos todos protagonistas de un mundo que, sin lugar a duda, será mucho mejor.

Artículo publicado en  La Tribuna de Albacete

 

 

 

El patio

 

b9b8c26a5345e9bf91a21fb0f227d377

 

¡Cómo está el patio! Con la que está cayendo, casi, casi es aconsejable resguardarse a buen recaudo. Una y otra vez, comprobamos sorprendidos que cuando llueve – ¿será que no terminamos de aprender? – el nuestro se moja como los demás. De patios va este artículo, apenas comenzado el curso escolar. No estaría de más, matricularnos para entender las mejores lecciones. Las que nos da la vida en su devenir y las que nos sorprenden por su autoría. Espectacular la ilusión de la gente menuda que ha pasado a primaria. Parece como si, de pronto, hubiesen dado un estirón de madurez. Impecables en su presencia, esmerados en el cuidado del material apenas estrenado, ávidos ante tanto por aprender. Sentí curiosidad y pregunté a mi nieta mayor, con el bagaje de sus seis añazos, qué era lo que más y lo que menos le había gustado de pasar a primero de primaria. La respuesta, no tiene desperdicio. Lo que más… – ¡El patio! Lo que menos… – ¡No hay nada que me guste menos!… A buen entendedor… La apertura a todo un campo de posibilidades en el patio de las mayores. Lo que menos… ¡Si está todo recién estrenado!… ¡Patios!… de juegos, de luces, de vecinos, de flores, de butacas, de cuestiones… Patios andaluces… Y, nuestro patio particular, llueva o no llueva, como los demás. Somos tan distintos como iguales. Vamos y venimos por el inmenso patio de la vida, buscando amigos ‘mayores’, con la ilusión de aprender más y ser mejores, eso sí, sin perder nunca la ilusión de jugar en serio…

 

Redes

cabo-de-palos
Me gusta pasear por los puertos de mar y observar los barcos de los pescadores,  sus inmensas redes recogidas tras faenar trabajosamente, días y noches, contra viento y marea. Redes aparentemente amontonadas en la bocana del puerto, como merecido descanso, aprisionando quizás secretos de la pesca, copiosa o en vano. Redes extensibles, acogedoras de los más variopintos habitantes del mar. Redes que hay que conservar, y conservan los buenos pescadores, en perfecto estado para no perder ninguna presa después de la dureza de navegar mar adentro… Los pueblos pesqueros tienen una belleza especial. Pinceladas de sol y luna, destellos de estrellas, sobre blancos amaneceres y noches oscuras. Juegos de luz y color, azules y verdes. Reflejos oro y plata, en las puestas de sol y en los  anocheceres. Belleza infinita de tostada y brillante arena de playa, ornada de conchas, caracolas, erizos  y alguna que otra estrella de mar. Cierto  sabor a sal, como  saboreando la vida en el pálpito inconfundible de la existencia. Ser, estar, vivir. Saber manejar nuestras redes en otros mares que también nos obligan a remar hacia dentro para que rebose la vida. Rebosar,  queriendo con holgura. Echar las redes  de busca, encuentro y, no pocas veces, salvamento. Red de redes, conexiones inalámbricas de un mundo hiperconectado y al mismo tiempo, sumido en extrañas soledades que nunca, nunca, tendrían que haberse dado. Redes de amigos desconocidos, y amigos enredados en no sé qué enredos… Redes sociales que, una y otra vez, tenemos que aprender a utilizar. Mantenerlas en buen estado y en esa media distancia que no nos haga perder la perspectiva personal, y sobre todo, las relaciones humanas, que superan con creces ese conectar y desconectar de tantos artilugios, comunicadores instantáneos, con frecuencia, anodinos, ajenos al necesario roce que el cariño precisa para una buena convivencia. Se traduce en un estar junto al otro. Saber mirar, reconocer, tratar, querer. En cierto modo,  aprender de los pescadores a  preparar  nuestros aparejos y salir a pescar en el tiempo oportuno, armándonos de paciencia y fortaleza. Intentándolo una y otra vez, sin desánimos inútiles. Se trata de saber contemplar el mar de la vida y soñar… Y, como dijo el Santo de la vida ordinaria, seguro que nos quedamos cortos.
Se han abierto de par en par las puertas de septiembre… Fin de vacaciones para la gran mayoría. Comienzo de la etapa escolar. En el calendario septembrino,  las ferias se esparcen por buena parte de nuestra geografía. Y, volveremos a intentar de nuevo la tarea cotidiana. Los previsores ya habrán planificado el curso. Otros, se apañan con el día a día. Algunos, no volverán… En el recuerdo, su temple y buena faena…Pero eso, son otras redes… ¡Torero! ¡Olé!

De vinos y amores

 

Se dice que los viejos son los mejores. Será por el tiempo que, imperceptiblemente, va poniendo cada cosa en su sitio. Será por saber esperar su mejor cata. Será por haber aprendido a querer. Será… Como un brindis a los mejores veranos de nuestra vida. Hoy, amaneció un espléndido día. Al caer la tarde, como todas las tardes, se sentó en la vieja mecedora de la casa de campo, bajo la sombra de unas moreras. Contemplaba la vida, al tiempo que balanceaba sus recuerdos. Cuánto había querido y cómo se había dejado querer. Amores de verano como rayos de sol, llenos de luz y calor, que habían iluminado su vida, respetando las luces y sombras de su existencia. ¡Magnífico paisaje! Se decía, una y otra vez, al tiempo que esculpía los rincones de esa memoria un tanto desmemoriada, que le regalaba los recuerdos con una nitidez sobrecogedora. Ella, en su ancianidad, recordando el baño en la antigua balsa del campo, con peces de colores ¡De verdad! Y los miedos infantiles que su padre quería espantar a fuerza de chapuzones  que la abuela no consentía. El verano era un racimo en sazón de una familia numerosa, donde la madre estaba pendiente de todos. Muchos hermanos para jugar y jugar, hasta la extenuación. Sonreía. ¡Qué bien lo pasaban! El tiempo iba dando vueltas a la vida, giraba, como las ruedas de las bicicletas, testigos de excursiones y batacazos. Testigos también, en los años adolescentes, de las idas y venidas de amigos, los guateques en el cenador del jardín, los primeros amores… Y, el que se quedó para siempre… Paseos a la luz de la luna, bajo un cielo cuajado de estrellas… ¡Cuántas, fugaces! Y deseos que no siempre se cumplieron. Y llegaron los hijos. Y, los veranos se renovaron con otro querer. Crecieron como las plantas que tienen buenas raíces y buenos cuidados. Y,  la historia se repetía en ese marco incomparable de la casa de campo familiar, donde el lujo era quererse. Y, empezaron a llegar los nietos para rubricar esos amores de verano y de siempre. – ¡Abuela, abuela!… Que ya es tarde para estar dormida. Ella, abriendo los ojos al tiempo que sonreía, respondió: – En realidad, estaba soñando despierta…

Barcelona, Barcelona…

 

Tan lejos, tan cerca… El ayer y el hoy se amalgaman en un himno a la unidad. El terrorismo no debería campar a sus anchas. ¿En qué estamos fallando?… Demasiados cabos sueltos, innumerables incógnitas, imposibilidad de tener todo controlado… Pero nuestra responsabilidad personal tiene que ganar la Olimpiada de la Paz. Necesitamos ejercitarnos en dar lo mejor de cada uno. Indispensable adquirir una formación que nos capacite para esa entrega a favor del otro, de los demás, y, en consecuencia, a nosotros mismos. No, no es algo utópico. Si realmente nos empeñáramos a fondo en lograr un mundo mejor, cambiarían para bien muchas, muchas cosas. No nos cansemos de recordar la máxima de Machado: “Despacito y buena letra que el hacer las cosas bien, importa más que el hacerlas”. Conlleva responsabilidad y exigencia. Con demasiada frecuencia sobran palabras y falta comprensión. Barcelona, Barcelona… El dolor nos unió. También el buen hacer de tanta gente que dio lo mejor de sí para amainar el sufrimiento y el pánico ante los atentados terroristas. El hermano, ayudado por el hermano amuralla ciudades y vencerá al terrorismo. Las Ramblas de Barcelona han sido sembradas de heridas espantosas y muerte, pero un manto de comprensión, ternura y solidaridad las ha cubierto de lo mejor del ser humano. Y desde allí, el llanto y las miradas al cielo en un verano que para las víctimas tiene un azul especial… Siempre las recordaremos… ‘De Barcelona, al Cielo’… Pero el Cielo, podía esperar.