Katrina y Gustav

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A propósito del huracán Gustav, me parece de actualidad el artículo que escribí en 2005 tras el paso de Katrina por Nueva Orleans:

NUEVA ORLEANS: LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ (septiembre 2005)

Desde que el huracán Katrina, con vientos de fuerza extraordinaria y temible, anegara prácticamente la ciudad del jazz puro; los recuerdos de un viaje -a la capital del Estado de Luisiana- se empeñan, una y otra vez, en drenar el paisaje actual y recorrer las calles y plazas bajo una lluvia dispar que no respetaba paraguas ni chubasqueros; tan sólo se detenía con asombro ante el sol que intentaba en vano atravesar las aguas del Mississipi, aferradas a su caudal como si de tierra firme se tratara.

Una lluvia de recuerdos, de la que más que protegerme quisiera recoger como caudal de vivencia.

El jazz es una fusión de influencias pulsante de la vida. El músico transforma una idea base y la adapta a su manera personal de tocar. El espíritu que animaba a Nueva Orleáns es el jazz puro. Una ciudad musical, distinta; genuinamente americana, con reverberaciones europeas, africanas y caribeñas. No sé si tras el devastador huracán, sus gentes podrán reconstruirla y adaptarla a su personal manera de vivir.

Como virtual artista callejero -típicos en Jackson Square, en el corazón del Barrio Francés- cojo mis recuerdos para mostrar desde el rascacielos de la memoria un panorama ilustrado con los colores de la palabra; arco iris de significados con la esperanza puesta en el más allá de la tragedia; tan lejos y tan cerca al mismo tiempo.

Es una pena no poder transmitir en este soporte de papel el ruido de los viejos carruajes; los conciertos –el sonido humoso del jazz- que de vez en cuando improvisaban los músicos. Trompeta, trombón, saxofón, clarinete, bajo y tambores son los componentes básicos de una banda de jazz. Ojalá se hiciese realidad un viejo dicho de Nueva Orleáns: “¡Que rueden los buenos tiempos!”. Que rueden más allá de los lujosos vapores de rueda amarrados en los desembarcaderos del río; a través de un tranvía llamado deseo, con la fuerza de sus gentes mirando al cielo como Scarlatta O’hara (Lo que el viento se llevó). Desde las haciendas o plantaciones, al cobijo de sus centenarios robles, sus maravillosos magnolios y exuberante vegetación. Desde sus pantanos. También, desde las fabulosas galerías de hierro forjado del Vieux Carré.

El descanso eterno de sus habitantes tenía que estar fuera de la tierra –para que los muertos no flotasen- “ciudades de los muertos”, con tumbas elevadas, de varios estilos arquitectónicos. Nueva Orleáns ha quedado más que nunca bajo el nivel del mar. Ni vivos ni muertos encuentran su lugar.

Me regalaron una pequeña máscara, parte de la simbología del famoso Mardi, “Martes Gordo”, antes del miércoles de ceniza. Las dos semanas anteriores, noche y día, desfilan grupos carnavalescos llamados <<Krewes>>. Cada uno de ellos trata de superar a los demás con la fantasía de su vestimenta. La ciudad estalla en color y fiesta.

Ahora, todo parece dolor, tristeza, desolación, tras un rocambolesco carnaval de dejaciones, abusos, robos y crímenes; olvidos inolvidables y ayudas inenarrables.

Katrina se ha llevado la prepotencia y ha azotado sin piedad la condición humana tan llena de contradicciones y tan luminosa en el haz de las buenas obras de grandes y pequeños héroes –gente de buena voluntad: blancos o negros, ricos o pobres- que tratan de reconstruir los diques que les separan de la miseria y la crueldad que degradan la raza humana. Hacen realidad “el hermano ayudado por el hermano es como una ciudad amurallada”. Mientras redacto este artículo, un nuevo huracán, “Rita”, amenaza la ciudad.

Casi todos los que van a Nueva Orleáns acuden a St. Louis Catedral que con sus altas espiras y la impasible fachada blanca parece observar la escena cambiante. El interior está adornado con cielos rasos pintados. Sobre el altar central –sencillo pero exquisito- una inscripción: EGO SUM VIA ET VERITAS ET VITA (Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida). Me uno a la oración de todas las personas afectadas, rogando a Dios “Que rueden los buenos tiempos”.

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