El cura de pueblo

He encontrado entre mis archivos este magnífico  artículo de Juan Manuel de Prada que aporta tanta verdad acerca de los sacerdotes. No sólo vale la pena leerlo sino difundirlo.  “Porque andan las cosas de Dios tan flacas -como decía Santa Teresa- que es menester hacerse espaldas unos a otros los que le sirven para ir adelante” .

 El cura de pueblo

<<En otro tiempo, según nos cuentan, era agasajado por el cacique del lugar y reverenciado por los lugareños que le ofrecían a cada poco la gallina más cebada de su corral, los frutos más lozanos de su huerta. Cumplía con el precepto de la misa diaria, lanzaba diatribas desde el púlpito que mantenían a raya a la feligresía y por cada pecado que absolvía en el confesionario aumentaba su ascendiente sobre las beatas del lugar, que lo convertían en depositario de sus más innombrables anhelos. De regreso a casa, el ama le había aliñado una comida opípara que se embaulaba parsimoniosamente, para esquivar las asechanzas de la gula; la maledicencia popular (que acierta tantas veces como desbarra) gustaba de insinuar algún contubernio carnal entre el cura y su ama, que solía ser una señora jocunda y jamona, brava y hacendosa.

Tras la reparadora siesta se juntaba en la rebotica con las otras ‘fuerzas vivas’ del pueblo (el médico, el boticario, el alcalde, el secretario del ayuntamiento), con quienes mataba las horas manoseando los naipes, conversando una botella de coñá que le encendía los coloretes (el cura solía ser hombre de complexión sanguínea) y excitaba la facundia. En aquellas reuniones se discutía de todo lo divino y lo humano; y el cura, que aún mantenía fresco el latín del seminario, aprovechaba para endilgar de vez en cuando alguna sentencia, auténtica o apócrifa, que abrillantaba su conversación cazurra y dejaba suspensos o anonadados a sus contertulios. Por supuesto, si alguna de las ‘fuerzas vivas’ osaba contradecirlo, el cura lo elegía como diana de sus anatemas en la homilía del domingo, revolviendo a los lugareños contra él. Cascarrabias s o seráfico, asténico o glotón, el cura de pueblo ejercía sobre el rebaño que pastoreaba una influencia que fundía el miedo supersticioso y la devoción a machamartillo. Como las estaciones que delimitaban el tiempo de la siembra y la cosecha, como el sol que establecía los confines de cada jornada, el cura del pueblo simbolizaba los ciclos vitales: bendecía los nacimientos, santificaba los matrimonios, expedía salvoconductos a ultratumba.

El signo de los tiempos ha cambiado mucho desde entonces. El cura del pueblo ya no desempeña aquel papel totémico de antaño; su labor ya no es recompensada con las remuneraciones espirituales y materiales de otras épocas. Ahora el cura de pueblo, último mohicano de una fe incombustible, recorre en coche carreteras que apenas figuran en los mapas, para extender su oficio a varios pueblos de la comarca; sus feligreses se han hecho más remolones, más refractarios a sus prédicas, más sordos también. Se han hecho, sobre todo, más viejos; y el cura de pueblo celebra sus liturgias en iglesias casi vacías, heladoras, en las que sus palabras brotan empenachadas de vaho y se golpean contra las paredes, como pájaros ateridos.

El cura de pueblo hace ya muchos años que bautizó al último niño nacido en el lugar; en cambio, apenas da abasto para repartir la extremaunción entre los pocos supervivientes de las mil y una diásporas que han soportado las zonas rurales. Mientras reza los responsos fúnebres, en cualquier cementerio de tapias derruidas y cruces que sucumben a la herrumbre, el cura rehuye la tentación del desistimiento buscando en las recámaras de su fe una reserva de gasolina que mantenga encendida la llama de la esperanza.

El cura de pueblo, quizá sin pretenderlo, se ha convertido en notario de un mundo en vías de extinción; nunca se la había propuesto, pero ha convertido su vocación en una mística de la renuncia y el sacrificio. Algún día no muy lejano, cerrará los ojos de su último feligrés; entonces levantará la vista al horizonte y descubrirá que se ha quedado definitivamente solo en el pueblo, solo ante el silencio de Dios. Recorrerá las calles desiertas que pregonan el triunfo de la muerte; y en sus pasos, al principio derrotados, luego sostenidos por la resignación, finalmente briosos y resueltos, encontrará una secreta cadencia que acompaña y alienta los latidos de su corazón. Y el cura de pueblo seguirá caminando hasta el lugar más próximo, dispuesto a seguir propagando su evangelio. Aunque no lo sabe, el cura de pueblo es un héroe.

 “El Semanal”15  de febrero de 2004


 

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