Raquel

De cuando en cuando me gusta rescatar algún artículo y volver a publicarlo. Hoy,’Raquel’.

Raquel sonríe siempre. Vende plantas y flores al aire libre, en el mercado de los jueves. Soy clienta suya ‘in illo tempore’ y desde siempre me quedo sorprendida de la facilidad que tiene para nombrar (por difícil que sea la pronunciación) todas las especies de su jardín ambulante. Según la estación del año ella suelta su retahíla, mientras tanto yo quedo absorta contemplando la belleza de las flores: Rosas, claveles, margaritas, geranios, lirios, azucenas, azaleas…

Cuando compro alguna planta me limito a preguntarle si es de interior o exterior. Ella me atiende –como a todos sus clientes- con especial interés y explica con desparpajo los cuidados y ‘trasplantes’ que necesitan.

Raquel es delgada y flexible como un junco. Tiene la mirada limpia y clara como las gotas del rocío. Es una joven muy agradable; engarza la amistad como alegre enredadera de campanillas. En el tejemaneje de su florido puesto, habla con unos y otros. Desparrama simpatía a la par que las flores de su pequeño jardín desprenden su aroma.

Raquel sonríe siempre, hasta el punto que su sonrisa –aunque ella quizá no lo sepa- se ha convertido en la flor más atractiva. Tiene la lozanía de todas –en realidad, forman un especial ramillete-, será porque al cuidarlas con tanto mimo ha aprendido a tener paciencia y saber esperar. También en la vida todo tiene su tiempo e igual que no se debe tirar de una flor para que crezca, tampoco se deben forzar muchas situaciones. Sin embargo, suele ocurrir con demasiada frecuencia que nos precipitamos, estropeando e incluso rompiendo el ritmo de los acontecimientos.

Raquel sonríe contemplando su jardín. Sabe que hay que esperar para que se abran las flores- como sueños de mil colores-, las acaricia; planta y trasplanta; abona y riega. Las conoce e ilumina con el sol de su sonrisa. Le encargué un precioso ramo de flores blancas para que adornasen el salón de casa el día de la boda de mi única hija. No sé qué haré sin ella. Entre sus seis hermanos no ha tenido más remedio que ser la flor más bonita de mi jardín (Seguro que me dirá: ¡Por Dios mamá, no seas cursi! Pero cuantos la conocen saben que es verdad). Quizá tendría que haber aconsejado a su novio los mil y un cuidados que para ella yo quisiera. Pero no. A querer se aprende queriendo. En las cosas del cariño hay que hacer como Raquel con su pequeño jardín: Sonreír siempre, conocerse, tratarse con mimo y saber esperar. Todo tiene su tiempo

para crecer.

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