El Belén

Belén familiar

 Hace más de dos milenios que nació Jesús, hijo de José y María, en Belén de Judá. La ciudad estaba a rebosar de gente que había ido a empadronarse. No había  alojamiento. Los más afortunados dormían cuando un joven matrimonio, unía al cansancio acumulado por el arduo viaje, la preocupación de no encontrar lugar para el inminente nacimiento de su hijo. Un posadero,  compasivo, les ofreció cobijo en su establo, entre pajas, al calor de un buey y una mula. Así, vino Dios al mundo, en la más absoluta pobreza y cercano a todos. Eligió como padre a un hombre bueno y fiel que sabía atesorar el silencio, y como madre, a una mujer que, dispuesta a ser su esclava, se convirtió en Madre de Dios y Madre nuestra. Esa noche, las estrellas del cielo brillaron con intensidad especial, pero sólo una fue elegida para guiar a Los Reyes Magos de Oriente hasta el humilde portal de Belén y  adorar al Niño Jesús que acababa de nacer. Antes, un ángel del cielo avisó a las gentes del lugar –la mayoría eran pastores-  de la Buena Nueva de La Navidad: ‘Dios con nosotros’. Muchos guardaban en su corazón la esperanza de ver al Mesías y fueron a su encuentro rebosantes de alegría. Al llegar ante el Misterio Gozoso de Nochebuena, contemplaron y adoraron al Niño, y cada uno le llevó su pequeña ofrenda. Junto a  Jesús, José y la Virgen María, ángeles, reyes, pastores y gente de buena voluntad, se formó el primer Belén de la Historia. Después, a lo largo  años y  siglos, cada mes de Diciembre se multiplican los belenes por todo el mundo, hasta en los lugares más recónditos de la Tierra. Belenes vivientes, de papel, con figuras de barro, porcelana, mazapán, chocolate. Belenes –que son auténticas obras de arte- en calles y plazas, colegios e iglesias, en edificios públicos,  en cada hogar. Un Belén también en nuestro corazón para contemplar y agradecer el cariño de Dios por cada uno de nosotros, nos quiere como somos y vino para abrir de par en par las puertas del cielo. Ni ojo vio, ni oído oyó lo que Dios tiene preparado para los que le quieren. Mientras escribo este artículo mi marido y uno de mis siete hijos han terminado de poner el Belén de casa. Son buenos artesanos y buenos discutidores; que si falta un río o sobra una casica rota, que si espray o serrín, que si… hace años cantábamos. ‘No toquéis el belén, no mováis las figuricas, mira que me enfadaré dice el genial artista. Ande, ande, ande la marimorena…’. Lo que importa es estar alrededor de Jesús, José y María, como una figura de barro más, en el Belén de Dios.

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