Antonio Mingote

Recuerdo la viñeta que dibujó Mingote cuando  estrenamos el año dos mil. Su personaje se asomaba, oteando el horizonte, a través de uno de los ceros del gran número redondo, exclamando: ‘¡Pero si es lo mismo!’ No sé si algo así le habrá sucedido a él en la otra vida y seguirá dibujando de lo divino y lo humano con la genialidad de siempre. Plasmó con sus dibujos infinidad de homenajes a quiénes iban partiendo hacia el más allá. Creo que raya en la osadía que desde esta columna quiera hacer lo propio. Quizá sólo consiga que en el cielo sonría por el intento. Para mi es suficiente. Es que no sé cómo agradecerle  la cantidad de ratos buenos que nos hizo pasar. Raro era el día que no comentáramos en casa alguna viñeta suya. En realidad fue uno más entre nosotros; cercano, entrañable y familiar. Maestro del buen humor –humor inteligente- nos ha dejado lecciones extraordinarias sobre la vida. Su perspectiva acertaba en la distancia para dibujar y escribir con trazo firme y expresión clara, agudeza de ingenio, ironía precisa e incisiva, sin perder un ápice de señorío. Ejemplar en el trabajo constante y bien hecho. Cuánto hemos disfrutado y aprendido de ese humor que refleja y afianza tanta verdad. Antonio Mingote pertenecía no sólo a la generación de nuestros mayores sino a una generación de personajes excepcionales. Si las personas se definen por sus vínculos, tras el genial humorista un universo donde familia, amigos y el vasto mundo de la cultura subrayan el ABC de la bonhomía. Su huella es la sonrisa. Por eso, no creo que quiera vernos tristes. Sí alguna lágrima furtiva en la que –sin darnos cuenta- él mojará su pincel para trazar la esperanza. Hay una viñeta que Mingote no pudo firmar: la de su vida. Al verla completa, lo hizo Dios. A muchos nos va a suceder lo que este genio afirmaba de Madrid (Madrid es como esa mujer sin la que no puedes vivir); nunca nos acostumbraremos a no buscar sus viñetas en el Diario ABC. Descanse en paz. Bueno, creo que a los que no deja en paz es a toda esa gente del cielo, andan revolucionados. ¡Venga que dibujar! Que si unas llaves enormes para San Pedro, ángeles saltando nubes y nubarrones, y los santos, riéndose tanto que Mingote les ha mirado casi extrañado. Mientras, nosotros, sin querer remediarlo lloramos, eso sí, sonriendo de cuando en cuando para que sepa que siempre recordaremos lo que nos ha enseñado.

 

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