La humanidad de Nadal

 No sé si él lo sabrá pero sigue siendo nuestro abanderado en los Juegos Olímpicos…de la vida. Había pensado escribir a Rafa una carta abierta en tono cuasi maternal pues ronda la edad de uno de mis hijos pero deseché pronto la idea, susceptible en extremo de adquirir un tono sensiblero y no es en absoluto el modo de tratar a un deportista de su categoría profesional y sobre todo humana. Tras la victoria de la selección española de fútbol en la Eurocopa, son muchas las banderas que se han quedado prendadas y prendidas en un sentir común. Ondean en balcones y ventanas como símbolo patrio de victoria. Ondean en nuestros corazones con la esperanza de un tiempo nuevo. Cuando Rafa Nadal fue elegido para ser el abanderado español en los Juegos Olímpicos de Londres 2012, con emoción contenida mostró la enseña nacional. Tras su amplia sonrisa, el bagaje de una trayectoria deportiva equipada con el esfuerzo constante y heroico; la sencillez y humildad propia de los grandes; la grandeza de saber hacer con bonhomía hasta lo más pequeño; la sana alegría de una juventud llena de buenas promesas; los triunfos de un ganador nato que nunca pierde la justeza de tono… Sumar y seguir no añadiría mérito a lo ya conseguido. Nadal quedará para siempre como nuestro abanderado, ondeando al viento de la vida, con su espléndida humanidad, los logros y reveses de la fortuna. El mundo entero y sobre todo nosotros los españoles, somos afortunados por haberle conocido. Ya no voy a remediarlo, me sale la vena maternal y quiero decirle a Rafa que no esté triste y que necesitamos de su buen juego tanto en la pista como en la vida y que el nuevo abanderado –su amigo Pau Gasol- ondeará a los cuatro vientos su sincera amistad. Creo que cualquier madre se sentiría orgullosa de tener un hijo como tú –aclarando que para las madres todos los hijos son únicos… ¡y cómo os queremos!-, aprovecho para felicitar a la tuya, a tu padre, a tu entrenador… ¡Vamos Rafa! Vas a estar en la mente y en el corazón de millones de personas. Sigue con tu espléndida humanidad -sabedora también de desilusiones- encendiendo el pebetero de nuestra vida. No sé si podrás morder este trofeo que te has ganado a pulso. El juego es tuyo. Con estas palabras sólo intento decirte -¡qué osadía!- que estás en una buena pista, de las que a ti te gustan. Querido Rafa, al final, casi se me escapa la lagrimilla. Por mucho que nos empeñemos las madres no podemos dejar nunca de serlo. Un beso grande.

Publicado hoy en La Tribuna de Albacete

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