Compás de espera

Por mucho que queramos correr la vida tiene una cadencia y un ritmo ajeno -en apariencia- a nuestras pausas y prisas. Quizá somos nosotros los que nos conducimos atropelladamente obviando el discurrir del diario acontecer. Todo tiene su tiempo en este compás de espera que es la vida de cara a la eternidad. Aprender y marcar el ritmo adecuado para, al menos, no desentonar. La clave personal determina las líneas y espacios donde se insertan las notas precisas de la existencia. Saber leer la partitura y afinar los instrumentos –inteligencia, voluntad y sentimientos- asegura una interpretación fidedigna de este concierto magistral. Sabemos que todo no depende de nosotros pero lo olvidamos con frecuencia, de ahí nuestra sorpresa e impaciencia cuando no podemos cambiar el curso de los acontecimientos y nos empeñamos inútilmente en alterar el orden de los días y sus afanes. ¿Quién no ha estado en una sala de espera? Es curioso observar cómo marca el compás de espera el variopinto personal mientras sucede lo esperado. Tras el saludo de cortesía nos situamos de pie o sentados en el lugar que consideramos más adecuado, una mirada a quiénes nos rodean, sonrisas de más o menos compromiso, alguna que otra palabra vana, divagaciones o auténticos encuentros de amistad. Revisamos nuestra documentación (volantes, recetas, instancias, resguardos, notas, cheques etc.). Un móvil que suena con estridencia, niños que juegan, ríen, lloran, alborotan. Una señora mayor que no oye bien y pregunta para saber qué pasa. Suenan a un tiempo el timbre de la puerta de entrada, algo que se ha caído, la cisterna del baño, el estruendo de algún atasco urbano. Apenas se puede escuchar una música ambiental para relajar no sé a quién. Los tics nerviosos se acentúan gradualmente. Demasiadas revistas –de esas que ni fú ni fa- a las que de modo aburrido echamos un vistazo de pasada. Los más avanzados se llevan un libro electrónico o navegan sin rumbo con algún artilugio de última generación. Algunos se impacientan enseguida y  otros parecen no tener nunca prisa. Compás de espera al ritmo de todas las músicas según qué estemos esperando. En cierto modo somos dueños de nuestros actos pero no de las circunstancias que nos rodean. Lo previsto y lo imprevisto forman parte de la misma moneda, acuñarla con los valores de siempre ayuda a superarnos también en tiempo de crisis. Lo importante es invertir en cariño. Querer sin compás de espera.

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