El carro de la compra

No sé si es el sucesor legítimo de la antiquísima y modesta cesta de la compra individual; producto de una época de bonanza; consecuencia del sentido práctico para agilizar la adquisición de viandas y otros para mantenimiento de nuestros hogares o una artimaña publicitaria para inducirnos a  comprar lo que necesitamos y lo que no, deseosos de recorrer en un santiamén  una vorágine de pasillos donde las múltiples ofertas pueden llevarnos a obviar nuestra auténtica demanda. Atrás los infinitos recados para surtir la despensa, atrás también la costumbre del pan de cada día (porque lo congelamos o ni siquiera se puede adquirir), atrás –casi, casi- las tiendas de barrio de siempre que vemos desaparecer como un efecto dominó de nuestra maltrecha economía. Cestas y carros vacíos de productos y repletos de recuerdos. Papel de estraza y cucuruchos de papel. Bolsas de tela, cestas de rafia y el tendero de la esquina, la panadera, el chico de la tienda de ultramarinos… el trato cercano y sencillo. Cambian tiempos y costumbres, se pierde y se gana en proporciones diferentes según la vara de medir. Como una constante junto a la cesta de la compra, en el sentido del precio de los productos básicos, la lista de lo que tenemos que comprar: carne y pescado, fruta y verduras, conservas, perfumería, droguería etc. Grandes superficies que nos facilitan las compras. Cestas, bolsas de todo tipo y carros – de los supermercados correspondientes y propios- se amalgaman en la lucha por la supervivencia y el reciclaje de rigor. Se hacen cajas y caja (muchas ya no cuadran) mientras los precios bailan al borde de un elevado precipicio. Son muchos y variopintos los carros de la compra que existen pero de gran valor los que últimamente se llenan en parroquias e instituciones de caridad, dónde de manera anónima o no, los vecinos del barrio llevan de modo altruista productos básicos imperecederos para ayudar a los más necesitados, muchas veces con gran sacrificio personal. Se hace increíble la parodia ‘altruista’ protagonizada por quiénes tienen lo suyo a buen recaudo, robando ‘generosamente’ en un supermercado para mercadear con la pobreza ajena. Simbólicamente o no, es vergonzoso e intolerable. Quizá olvidaron la lista de la compra y se dejaron comprar por los listillos de turno. Nuestra España, la piel de toro bravío y la nobleza de casta no merece convertirse en una extraña superficie donde cada cual campee a sus anchas.

Artículo publicado hoy en La Tribuna de Albacete

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