Escribir en verano

  Aprovechando la claridad  del sol radiante  y de las noches cuajadas de estrellas; el derroche de  luz del día y la serena placidez nocturna. Quizá la época estival, rebosante de  novedades y vivencias queridas, se presta más a tomar nota –con nuestro personal  equipaje de palabras- en el gran cuaderno de viajes que es la vida. Para muchos llegaron las ansiadas vacaciones: volver al  lugar de siempre de los veranos de nuestra vida o  ir y venir por esos mundos de Dios encontrándonos con gente de toda clase y condición. Se intensifican las relaciones familiares y de amistad al tiempo que surge la oportunidad de ampliar el bagaje cultural al desplegarse ante nosotros el extenso mapamundi de las comunicaciones sociales con un sinfín de posibilidades. El mundo –gran teatro de Calderón de la Barca- en nuestras manos inexpertas, prestándose generosamente a los más extraños juegos malabares. Escribir en verano bajo el sopor del calor y las noticias que nos queman por dentro y por fuera (¿Por qué España se quema?) puede conducir a cometer faltas de ortografías que sobrepasen lo políticamente correcto (¿Tenemos los políticos que nos merecemos?). Comprobamos constantemente cómo innumerables  quebraderos de cabeza no se han  tomado vacaciones. Así nos va, mientras esa prima común que tenemos trata de congraciarse, con unos y otros, con sus más y sus menos. Tampoco somos pocos los que por una causa u otra  hemos tenido que convertir las vacaciones en un sueño que se hará realidad en un futuro tras otra primavera. A pié de ciudades que se asemejan a desiertos, la vida sigue con sus mil vericuetos. Laberintos de circunstancias que recorremos como mejor sabemos. El día a día. Lo que somos y lo que podemos hacer con lo que tenemos. Variopintos paisajes abren horizontes nuevos. Sol y playa, campo y cielo. Calles y carreteras, atajos y senderos. Caminantes esforzados que se empeñan en hacer camino dejando marcada su huella. Gente que viene y que va. Multitud que espera. Mares abiertos de esperanza, arenas repletas de sueños y la luna, siempre al alcance de los más intrépidos. Escribir en verano es casi soñar despiertos, leyendo pausadamente las páginas de la vida, intentando descubrir su misterio, juntando letras y palabras para completar el puzle de cada momento. Así es la existencia, de pronto todo parece desajustarse y hay que comenzar de nuevo, pieza a pieza, encajándolas con acierto. Escribir en verano exige estar atentos para no hacerlo sobre el agua o en la arena que se lleva el viento.

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