Los pecados de no equivocarse

 Distan mucho del error involuntario que nos lleva a reconocer las limitaciones propias de nuestra condición humana -¡No somos perfectos!- tan unidas a la sabiduría de rectificar, reconocer o subsanar. Punto y seguido o volver a intentarlo. La vida es la gran maestra, elocuente en sus enseñanzas y dura en sus reprimendas, mostrándonos con nitidez el resultado –con anverso y reverso- de nuestras acciones.                                                    ¡Claro que equivocarse no es pecado! El error involuntario reconocido, fortalece nuestra personalidad, la edifica contra viento y marea en los entresijos de la vida. Los pecados de ‘no equivocarse’ suelen ser ignorados por sus autores, sin embargo rubrican con firmeza los rasgos de una personalidad confusa, sin cimientos, que se tambalea peligrosamente sobre los vaivenes de  circunstancias  y conveniencias. Los pecados de ‘no equivocarse’ suelen ir colgados de una especie de argolla asfixiante: el orgullo. Su posesión nubla el entendimiento, deforma la voluntad y endurece el corazón. ‘Lo único capaz de consolar a un hombre por las estupideces que hace, es el orgullo que le proporciona hacerlas’ (Oscar Wilde). Honradez, generosidad, esfuerzo, coherencia, valentía, sinceridad, equilibrio, sencillez, humanidad. Son demasiados los sacos rotos por avaricias desmedidas. En tiempos de crisis, suelen pagar los justos de siempre y progresivamente se van añadiendo otros que apenas salen del asombro de su inesperada y paupérrima situación. Lo peor es que nadie está libre de ello. No es que el dinero haga la felicidad pero dichoso aquel que lo tiene para subsistir. Pobreza, paro, impotencia ante tantas puertas que se cierran de golpe y porrazo. Son muchos los errores que se han cometido y pocos los reconocidos como tal. El ánimo desmesurado de lucro ha lastrado los valores que dignifican a la persona. Rectificar entraña una sabiduría, por desgracia, poco común. Sin duda urge un cambio drástico de mentalidad para determinar nuestro punto de partida y nuestra meta, acordes con la realidad. Coherencia y sentido común. A la luz de la verdad llamar a las cosas por su nombre y gestionar la eficacia. Aciertos y errores son inherentes a la condición humana. Lo que no es de recibo es permanecer en el error con holgura. Antes de los buenos propósitos hay que pasar por los confesionarios correspondientes tras un esmerado examen de nuestro actuar. ¿Conseguiremos tener propósito de la enmienda? De momento estamos cumpliendo –merecidamente o no- una dura penitencia. Aciertos y errores. Si cada cual tuviera su merecido… ¡Arrieros somos!

Artículo publicado hoy en La Opinión de Murcia

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