Cuestión de tiempo

 Parece que hemos olvidado dar tiempo al tiempo. El gigantesco avance de las comunicaciones sociales lleva consigo la ‘cultura’ -sí entre comillas- del instante. El mundo se abre ante nuestros ojos con tal cantidad de noticias que es imposible asimilar: sabemos todo y nada. Nos gusta y es bueno estar al día pero el vértigo de esta vorágine informativa puede hacer que perdamos la consciencia de lo que realmente importa; separar la paja del trigo para, metafóricamente hablando, elaborar el pan de cada jornada. Vivimos en la sociedad de la prisa, no sé si es un bien o un mal común porque con frecuencia se corre demasiado con rumbo a ninguna parte dejando lo mejor en el camino. El tiempo es uno de los tesoros más preciados de la vida, un bien común que se pierde sin sentir y muchas veces es imposible de recuperar pero tenemos el corazón demasiado perdido entre los mil avatares de la existencia. Según edad y condición damos mayor o menor importancia al tiempo, incluso lo obviamos mientras él, inmutable, permanece asequible en las diferentes etapas de nuestra vida. Establecer un tiempo para cada cosa nos viene dado en la primera infancia e impuesto de manera inexorable en la vejez. Se podría dibujar una Campana de Gauss a la hora de nuestra responsabilidad en el modo de aprovechar este gran tesoro. Aprender, emprender y saber acumulan un importante bagaje de inteligencia, voluntad, sentido común y sentido del humor, envueltos en lo que da el verdadero significado a nuestra existencia: el amor. Tiempo para Dios, tiempo para los demás y tiempo para nosotros mismos, engarzado por una jerarquía de valores que nos ayuda a enriquecer cada día con su propio afán. ‘Todo tiene su tiempo y todo cuanto se hace bajo el sol tiene su hora. Hay tiempo de nacer y tiempo de morir; tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de herir y tiempo de curar; tiempo de destruir y tiempo de edificar; tiempo de llorar y tiempo de reír; tiempo de lamentarse y tiempo de danzar; tiempo de esparcir las piedras y tiempo de amontonarlas; tiempo de abrazarse y tiempo de separarse; tiempo de ganar y tiempo de perder; tiempo de guardar y tiempo de tirar; tiempo de rasgar y tiempo de coser; tiempo de callar y tiempo de hablar; tiempo de amar y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra y tiempo de paz’. (Eclesiastés 3, 1-8)  Somos y no somos imprescindibles, la cuestión es no olvidar que las cosas pueden esperar. Las personas necesitamos ese roce que hace el cariño.

Artículo publicado hoy en La Tribuna de Albacete

 

 

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