No hay palabras

 

 Hay veces que me pongo a escribir un artículo y las palabras concuerdan con las ideas sin ninguna dificultad; sujeto, verbo, predicado y algún complemento que otro. Desde las primeras líneas, mensaje claro y directo. En otras ocasiones, folio o pantalla en blanco y la sensación de impotencia que gracias a Dios se diluye cuando la inspiración te pilla trabajando. Pues bien, hoy ni lo uno ni lo otro porque no encuentro palabras ni sé con exactitud cuál es el mensaje. Hace mucho frío y sin embargo no es la causa de quedarnos helados constantemente. La verdad es que no entiendo que amén de la crisis de la que apenas reflotamos, se destapen una y otra vez, abusos de poder. El tanto tengo, tanto valgo es falso. La pregunta que más de uno nos hacemos es si no hay nadie que controle de una vez la situación… Pregunta caída en el saco roto de la indiferencia. ¿A quién acudir?… De momento, cómo decía  la Beata Madre Teresa de Calcuta, somos usted –si está de acuerdo con la honradez- y yo. Cansados de falsas esperanzas, trabajar en el terreno que conocemos y cooperar en donde podamos hacerlo. No se trata de apagar fuegos sino de encenderlos, tampoco de cubrir necesidades sin más, sino de enseñar a cada uno a solucionar sus problemas. Me gustó esta frase: ‘No sabían que era imposible y por eso lo hicieron’. Y, en los márgenes de tanta indigencia la disponibilidad para ayudar, escuchar, sonreír. La vida da muchas vueltas y en su trayectoria nos hace encontrarnos en caminos que jamás hubiésemos imaginado. Es imprescindible ir ligeros de equipaje para avanzar sin demora. Hay demasiada gente que vive – o malvive- en la calle, muchas personas que mendigan, otras que trafican con la miseria humana. Pasamos y no pasamos de largo. Damos alguna limosna que otra, nos negamos a escuchar historias sin armazón de verdad. Nos sentimos incómodos ante la indigencia ajena, nos avergonzamos de la nuestra y solemos tropezar más de dos veces en la misma piedra. Cáritas y otras asociaciones reclaman no sólo nuestra atención sino una colaboración cada vez más eficaz: tiempo, trabajo, ropa, alimentos, dinero. Siempre podemos hacer más. No es que no queramos pero los mismos agobios de la vida, nos embotan y no nos dejan mirar más allá de nuestro ombligo. Quizá algún día aprendamos que el mejor remedio para nuestros sufrimientos es el otro, empezando por los más cercanos. Lo que no tiene ninguna explicación es que en pleno Siglo XXI no seamos capaces de erradicar la pobreza del mundo. Sinceramente, no hay palabras.

Artículo publicado hoy en La Tribuna de Albacete

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