Gente buena

 Sí, ha leído usted bien, gente buena que habita dispersa por el mundo  y más concretamente en nuestro pueblo o ciudad. Conocidos, vecinos, amigos, familia… personas que por su modo de vivir y obrar, aparte de hacer agradable la convivencia en todos los ámbitos de la sociedad, poseen un atractivo especial  que invita a reflexionar sobre las  posibilidades que cada uno tenemos para superarnos. Es como despertar a un mundo nuevo repleto de ilusiones, descubriendo el valor incalculable de la vida cotidiana, de todo cuanto concierne a nuestro diario deambular. Resulta gratificante encontrarse con personas que siempre se interesan por los demás y tienen a mano una amplia y sincera sonrisa, consecuencia de su sentido optimista de la vida. Gente buena a pesar de los pesares que les depara la existencia porque no dependen de lo que pueda sucederles sino de sus convicciones personales. Tampoco es que tengan más cualidades que los demás, lo que ocurre es que se esfuerzan, recomenzando cada día,  en  rectificar sus errores e ir mejorando poco a poco, sin desanimarse ante la dificultad. Al cabo de los años, es bastante probable que también nos encontremos con personas extraordinarias que sobresalen del común de los mortales por su inteligencia, descubrimientos, habilidades etc.  Conforman un elenco ilustre en las distintas ramas del saber. También entran aquí –más bien destacan de manera especial- los  grandes santos de la Iglesia Católica. Todo eso está muy bien pero en este artículo quiero referirme a gente buena ‘de andar por casa’, vamos, personas que puede que lleguen a destacar en algo o no, incluso ser canonizadas algún día pero de momento, son gente normal en el sentido más amplio de la palabra, es decir, con sus cualidades, limitaciones y un sinfín de circunstancias favorables o no. Personas como usted y como yo, luchando, a trancas y barrancas, en los avatares de la vida. Sí, hay mucha gente buena y lo mejor es que si nos lo proponemos nosotros también podemos serlo. El Beato Juan Pablo II, llamó a San Josemaría  –Fundador del Opus Dei- el Santo de lo ordinario porque predicaba que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra si se recorren santificando hasta lo que parece más insignificante, tanto en el trabajo profesional como en los deberes del cristiano, iluminando a los demás con la fe y el amor. Es como dar brillo a la vida corriente, transformando lo cotidiano en la novedad, siempre actual, del querer de Dios.

Artículo publicado hoy en La Tribuna de Albacete

 

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