Una madre buena

 Es lo que la mayoría de hijos pensamos de la nuestra, la mejor. Sin lugar a duda, en los primeros años de vida nos refugiábamos en la seguridad y ternura de su regazo, más tarde  aprendimos de ella –instruida o no- auténticas lecciones magistrales y al final de su vida seguimos recibiendo la verdad de su querer,  de  auténtica solera. Una madre buena es el alma y el ama de su hogar. ¡Mamá! ¿Dónde está mamá?… Es la pregunta que siempre formulábamos al no obtener  respuesta. ‘Dime tu casa y te diré tu mundo’. Mi casa era mi madre, un lujazo de mujer no por grandes abalorios sino por su sencillez y sabiduría en saber querer. Apenas hace una semana que falleció; su longeva vida –noventa y cuatro años- fue apagándose poco a poco, al tiempo que se encendía cada vez con mayor  intensidad el cariño hacia cuantos le rodeaban. El constante ir y venir de sus siete hijos con sus respectivas familias,  mantenía, firme y decidido, su amor a la vida de la que disfrutó con verdadero entusiasmo. Además de rezar un montón, todavía leía, hacía ganchillo y jugaba al dominó. La verdad es que hacíamos trampicas para que ella fuera la campeona pero  sabía jugar muy bien. Durante el tiempo que últimamente he pasado acompañándola he deambulado por los espacios de mi niñez, adolescencia y juventud. No he podido rescatar de la memoria tanto como hubiese querido, sí lo suficiente para comprobar una vez más en qué se funda la felicidad de una familia, recordando aquellos versos del poeta Gabriel y Galán que tanto le gustaban a mi padre: ‘Yo aprendí en el hogar en qué se funda la dicha más perfecta…’ Encontró una mujer como mi madre: cariñosa, buena, discreta, serena. ‘La vida era solemne; puro y sereno el pensamiento era; sosegado el sentir, como las brisas; mudo y fuerte el amor, mansas las penas, austeros los placeres, raigadas las creencias’. Versos de ayer  y siempre en un hoy donde el corazón se estremece bajo una cascada de emociones cuando muere  la madre  buena. La existencia se deja sentir con todo el peso que ella, de manera admirable, llevaba en su ancianidad. ‘Y la vida solemne de los mundos seguirá su carrera, monótona, inmutable, magnífica, serena (…) pero yo ya sé hablar como mi madre cuando la vida se le puso triste: ¡Dios lo ha querido así! ¡Bendito sea!’

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Un comentario en “Una madre buena

  1. Con gran emoción y surcos de lágrimas leo y releo todo lo que relatas sobre nuestra queridísima madre. Ojalá seamos como ella en todo. Gracias.

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