Cercanía

El papa Francisco buscado como él dijo casi en el fin del mundo, ha abierto de par en par las puertas de la Iglesia Católica. Su sonrisa y sentido del humor, su trato sencillo y cercano nos ha cautivado. No sé si por breves instantes, desde el balcón de la logia, se quedó prendado de la multitud que le aclamaba enfervorizada en la Plaza de San Pedro pero en realidad  lo que sí prendió  fue la llama de la oración en los fieles católicos del mundo  entero, uniéndonos con el Padrenuestro como Cristo nos enseñó, invitando  a rezar  por Benedicto XVI, por él mismo… por todos. No sólo no estamos huérfanos sino que vela por nosotros un Papa bueno y afable. Los caminos de Dios allanan los nuestros y una vez más comprobamos que si no contamos con Él, las cuentas no salen. Sí, quien más y quien menos había hecho su lista de ‘papables’ y contra todo pronóstico, la elección nos ha traído como sucedió con Juan Pablo II, otro Papa venido de lejos pero con una cercanía tan grande y entrañable que es sencillo descubrir nuestra seguridad en la Barca de Pedro. Portadas de periódicos y revistas, editoriales, artículos de opinión… el amplio entramado de los medios de comunicación  parece girar en torno a la Sede de Pedro, mientras el papa Francisco reza, se encomienda a la Virgen –hasta le llevó  unas flores- y, sencillamente, se aplica con alma, corazón y vida a la nueva tarea que ha caído sobre sus hombros. No es una persona joven y sin embargo se ha convertido en la roca firme donde el mismo Cristo sigue edificando su Iglesia. Verdaderamente, los caminos de Dios no son los nuestros y el Espíritu Santo tiene mucho que ver en todo esto. La vida sigue con su vorágine habitual, lo que hoy es noticia, mañana deja de serlo pero católicos o no, estamos ante una nueva etapa de La Iglesia que sigue empeñada en evangelizar a todos los pueblos. Es mucha la información que estamos recibiendo acerca del papa Francisco; historias y anécdotas se  entrecruzan zigzagueando con la vida cotidiana del nuevo representante de Cristo en la tierra que humildemente se ha calzado  las sandalias del pescador para recorrer  los caminos y llegar a  las gentes. No deja de sorprender  su afabilidad, la firmeza de su fe y la contundencia de sus enseñanzas: la naturalidad de un hombre de Dios que ha cargado sobre sus hombros el peso de la Iglesia. Creo que necesita de todos al igual que todos y cada uno podemos sentirnos interpelados por este Cristo que nos hace sentir tanto su cercanía.

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