Claridad (del Domingo de Ramos)

 Acabamos de estrenar una primavera más  que como todas no deja de encandilarnos con su luz y color. Las flores han esperado la llegada de esta estación para engalanarse hasta conseguir la plenitud de su natural belleza. Se percibe una claridad especial en el ambiente, estallido de vida  que invita a contemplar la vida,  a detenernos  un poco en ese constante ir y venir, viviendo tantas veces fuera del auténtico contexto de nuestra existencia. Corremos demasiado y corremos el peligro de dejar lo más importante en el camino. De cuando en cuando, no viene nada mal pararse y reflexionar, como decía María Zambrano  ‘adensar’ en el alma. Hoy, Domingo de Ramos, comienza la Semana de Pasión, llamada Santa, altavoz de un Dios que nos ama con un cariño tan grande que carga con  nuestros errores y desamores, dolores y sufrimientos haciéndolos suyos en La Cruz, redimiendo toda nuestra pena en su pasión amorosa que culmina en la Resurrección. Si Cristo no hubiese resucitado vana sería nuestra fe pero Él la ha colmado con la esperanza de la vida eterna. ‘Ni ojo vio, ni oído oyó lo que Dios tiene preparado para aquellos que le aman’. Dice el papa Francisco que es tan grande su misericordia que no se cansa de perdonar que somos nosotros los que no acudimos lo suficiente al sacramento de la confesión. Es tiempo de procesiones, Cristo pasa con la cruz a cuestas por calles y plazas de  pueblos y ciudades. Algunas personas ni se enterarán, otras mirarán por curiosidad o se dejarán llevar sin más por el bullicio de la gente o quizá se burlen sin saber bien lo que hacen. Muchas se conmoverán ante el dolor de amor y como aquel entonces, llorarán, tratarán de enjugar el rostro del Nazareno o serán invitadas, inopinadamente, a ayudar a llevar la pesada Cruz. Cristo pasa y nos mira. A poco que reflexionemos, podemos descubrir el contenido de su mirada y ser protagonistas de un gran encuentro. Se percibe  gran claridad en el ambiente. Tronos y carrozas son adornados con todas las flores de la primavera que luce bajo el sol radiante y brilla con la luz de faroles que tintinean  y cirios que se encienden y apagan en un duermevela de esperanza. Cristo callejeando entre nosotros, esperándonos siempre. Y se siguen produciendo milagros porque aunque tengamos mucha prisa para ir, a veces, a ninguna parte, Él se hace el encontradizo desde la cruz y así no hay quien se resista. Como decía San Josemaría: ‘¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y… no me he vuelto loco?

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