La calle

Tengo que reconocer que la calle es para mí un gran libro abierto del que voy tomando notas  para escribir a pié de página de la vida. Personas y personajes, grandes y pequeñas historias,  anécdotas, impresiones y reflexiones, palabras, frases, hechos y deshechos impresos virtual y realmente. Caudal humano que subraya, dibuja e incluso emborrona el ir y venir de gente que  deja su huella sobre innumerables renglones que aparecen derechos o torcidos, según las diversas circunstancias y vicisitudes que la vida lleva consigo. Pretender articular el  pálpito de la existencia parece osadía pero deletrear (metafóricamente hablando) algún latido que otro, sirve para saber que estamos aquí y nos damos cuenta de cosas que quizá algunos dejaban  pasar desapercibidas. A otros les sirve de recuerdo o reconocimiento. Escribir, dicen, es un placer; también es trabajo, distracción y muchas veces, deber. Se amontonan hechos y palabras sin orden ni concierto. Heme aquí intentando afinar los instrumentos pertinentes. El teclado del portátil obedece sumiso a mis escasas órdenes porque en realidad es un bis a bis con diferentes multiplicadores. Cabeza y corazón, inteligencia y voluntad, cultura y experiencia, saber, conocer, querer y estar en el día a día de esta caleidoscópica vida que se deja ver desde puntos de vista inimaginables. Imaginación pues al poder. Esfuerzo y tesón en mirar, remirar y encontrar una voz para decir lo que queremos decir. ‘No pienses, escribe’ aconsejaba José María Pemán. Sí, escribir es eso, intentarlo una y otra vez, balbucear, deletrear, redactar a pié de página de la existencia hasta lograr ese concierto de palabras que algunos elegidos interpretan construyendo auténticas obras maestras. Se trata de encontrar una voz sin estridencias: ‘Todos los que no tienen nada que decir hablan a gritos’ (Cervantes) y conformar un eco reconocible. Vivimos a destiempo, somos diferentes arrieros pero de un modo u otro seguimos encontrándonos en el camino. El soporte, informático o de papel, expande y afianza la comunicación entre  personas,  pueblos, naciones. Saber y conocer sin fronteras sí pero teniendo siempre a mano la llave de la verdad. No perder nunca las relaciones interpersonales. Escribir y leer se transforma en dualidad y unidad. Información y conocimiento en un clic. Lo que no podemos es dejar de vernos porque el roce sigue haciendo el cariño. Son muchos los lectores que descubro, más bien son ellos quiénes, amablemente, se dan a conocer ¿dónde?… ¡En la calle!

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