Estío

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Estación del año que astronómicamente comienza en el solsticio de verano y termina en el equinoccio de otoño. Los días se alargan como los rayos del sol que ciega y abrasa con su luz y calor. Acabamos de inaugurar el tiempo rey de las vacaciones. La gente va y viene sin parar       -¡es la paradoja!- buscando su espacio para relajarse y descansar. La dura vida del turista obvia muchas veces la necesidad de reponer fuerzas, malgastando hasta los minutos más preciados en llegar cuanto antes a ninguna parte, dejándose llevar a la deriva sin rumbo fijo. La inercia suele anular impunemente la voluntad. El ‘porque todos lo hacen’ deja poco espacio para el libre albedrío y sin ton ni son se marca alegremente el compás de la gente. En realidad, esta perorata de apariencia negativa, pertenece más al hastío que al estío. Son muchos los sueños de las noches de verano, cuajadas en su cielo por millares de estrellas que se apresuran en ser fugaces para conceder deseos. Tiempo de familia y amigos unidos entre mares, campos y montes surcados por los caminos de todos los caminantes. Las horas se extienden generosas a lo largo de estos días que de cuando en cuando  sestean. Castillos en la arena. Barcos veleros  navegan sin necesidad de romper las olas que vienen y van agitando su espuma, in crescendo, al son de la risa de los niños más pequeños. Caracolas y estrellas de mar bañan otros sueños. Verano,  campo abierto de huertos y jardines, montañas y valles, pueblos y ciudades. Verano es tiempo de encuentro quedo, tertulias a la luz de la luna y paseos bajo las estrellas. Verano, libro abierto de aventuras. Lecturas de todas las letras escritas en nuestro planeta. La tierra gira, da vueltas. Y la historia se repite por mil y una veredas. Fiestas estivales, barbacoas y verbenas. Festivales, serenatas y canciones. Una guitarra suena, a lo lejos una habanera. Estación de convivencia. Aprender, enseñar, ayudar bajo el sol que más calienta. Hay tiempo para todo y todo tiene compás de espera. La vida pasa casi sin darnos cuenta. Ayer y hoy siempre se encuentran. ¿Mañana?…  ‘¡Inflámame, poniente: hazme perfume y llama!/ -que mi corazón sea igual que tú, poniente!-/ descubre en mí lo eterno, lo que arde, lo que ama./…y el viento del olvido se lleve lo doliente! (‘Estío’. Juan Ramón Jiménez).

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