La revista

peluqueriaSiempre  que iba a una peluquería le ofrecían una revista para entretenerse en la espera. Al principio le llamó la atención, pasado un tiempo, se habituó a leer los dimes y diretes, a curiosear la moda  en papel cuché y a no perder ni ripio de la prensa rosa. Pensaba divertida que era una manera de estar al día de cosas que en realidad no le interesaban pero le hacían sentirse en la cresta de la ola. Las olas vienen y van, se diluyen en otros mares de arena, a veces movediza. Por  diversos motivos dejó de frecuentar las peluquerías y olvidó hasta las  exclusivas de gente que importaba por motivos que en el común de los mortales se resolvían tras las puertas de sus casas. Últimamente tenía muchos quebraderos de cabeza por asuntos de familia, de trabajo y económicos. Pensó que si aireaba su vida, a más de uno se le pondrían los pelos de punta, así le pasaba a ella, de modo que decidió regresar a esos  salones de  belleza para que le hicieran un corte oportuno. Fue recibida ‘con la revista de siempre’. Se sorprendió de no tener ni idea de quiénes eran los protagonistas aunque la historias eran las del común de los mortales. Pasaba las páginas sin prisa, deteniéndose en sus propios pensamientos: ¿Qué sentiría si se airease mi vida cómo carnaza de extraños depredadores?… mejor, pasar página. Le estaban dejando una cabeza de lujo, se notaba que eran profesionales de primera. Sin embargo, bajo ese aparente orden, su imaginación  iba formando los bucles de otros peinados. Devolvió la revista al tiempo que le ofrecían un pequeño espejo para verse por detrás. Instintivamente miró por si descubría algún espía -hoy en día cualquiera se fía de nadie- pero era ella misma la que intentaba rizar el rizo tratando de alisar sus ideas. Todo un galimatías de confusión. A la semana siguiente tenía un evento importante así que no tuvo más remedio que volver a la peluquería. De nuevo, cayó en sus manos la revista pero esta vez, al tiempo que se disponía a leerla,  decidió  mantener una buena conversación con la persona que le atendía. El resultado no se hizo esperar porque todos necesitamos comunicarnos con los demás. Escuchar y hablar forman un tándem que da mucho juego. Las mismas historias de ayer y de siempre  que lejos de venderse a precio de saldo se saldan con la amistad… que no tiene precio. Nuestra protagonista lo tiene claro, cuando vaya a la peluquería mirará, de cuando en cuando, la revista.

Publicado en La Opinión de Murcia.

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