La mecedora

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Como cada  verano regresó al lugar de siempre, terreno conocido y querido. Apenas divisar las dos esbeltas palmeras de la finca, su corazón comenzó a latir con fuerza. Todos los ayeres  aparecieron como la más bella estrella fugaz. Sonrió al tiempo que un estremecimiento recorrió su cuerpo. La alegría y la tristeza se balanceaban con sus recuerdos.

Extraña mecedora de sentimientos es la vida que viene y se va. El paisaje de nuestra infancia permanece siempre pero cambia nuestro modo de mirar. La misma tierra, la casa familiar. Colores: verde y ocre, marrones y anaranjados, rojos y rosas. El azul  claro, de un cielo cercano, espolvoreado  de blancas nubes de algodón. Tras el negro enrejado de las ventanas, la vivencia de sus seres queridos. Al abrir la puerta de la casa familiar, sin querer remediarlo, entreabrió la de tantos y tantos recuerdos que casi tomaban vida entre muebles y enseres de antaño.

Siempre pensaba que ya era tiempo de ir renovando pero, al fin y al cabo, era una casa de campo convertida en lugar de descanso. Junto a los aperos de labranza el surco marcado por la familia. A ella, le gustaba recordar la procedencia de cada mesa, silla, aparadores u otros trastos viejos como el brasero y su badila para remover los recuerdos, se trataba de algo más que soñar despiertos. Al llegar al comedor principal y ver vacía la vieja mecedora de madera y anea, se sentó con especial cariño y respeto. Verano tras verano, su madre la ocupaba para descansar, hacer punto o ganchillo, leer algún que otro libro y hablar con unos y otros, con esa sabiduría y cariño de quien  saborea y sabe de la vida, sin miedo ni prisa ante la muerte.

Sí, mi madre se balanceaba en la mecedora que ahora me gusta utilizar y que tiene un crujido especial, como si se fuera a quebrar en cualquier momento. Meciendo suavemente los recuerdos percibo la mirada inteligente, cariñosa, comprensiva y serena de una madre buena; su palabra sencilla y certera; la elocuencia de sus silencios; la alegría de su existencia; su sentido del humor; su fe firme, su fortaleza. El paisaje de su vida se hizo frondoso por dentro. La fragilidad de su apariencia evocaba la plenitud de su belleza. Es el primer verano que  no está entre nosotros… y todo habla de ella.

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