Esperar

Cultivar el ansia de vivir, mantener la ilusión del instante, desplegar cuidadosamente los sueños que encienden una luz en las noches oscuras de la existencia. Siempre hay  alguien a quien esperar  y querer. En un mundo  trepidante, resulta paradójico marcar un compás de espera, pero el amor no sabe de prisas. Intentar una y otra vez el regreso. No, no me refiero al fin de las vacaciones, con sobrecarga  de  depresión post-descanso, si es que realmente sabemos aprovechar la temporada estival para relajarnos de las tensiones, reales o ficticias, que suelen agotarnos. Esperar es saber esperar (valga la redundancia), contra viento y marea, el tiempo oportuno. Hacer acopio de los ánimos animosos de la santa de Ávila para seguir en la brecha de la vida, sin renunciar a nuestras relaciones más genuinas. Las cosas pueden aguardar, las personas  no siempre.  A veces lo complicamos todo y no sabemos comprender. Los malos entendidos crecen como la cizaña y  hay que dejar al cariño que alcance su altura. El tiempo es un gran aliado. Dejarlo pasar con sus días de sol o nubes, y sus noches cerradas o llenas de estrellas. Las relaciones humanas se fortalecen con los aciertos y desaciertos de cada cual. Hay torpezas aparentes y  sabias rectificaciones. Ciertamente, no son pocas las ocasiones en que podemos quedar sumergidos en un mar de dudas, sin modo de salir a flote. Lejos de hundirnos en la tristeza, pedir y tender una mano de ayuda. Ahora, sugiero  que esperen unas líneas porque voy a intentar responder a algún por qué.  Saber esperar supera  muchos ‘me gustaría’. Espero que terminen de leer el artículo de hoy que escribo cerca del mar, en una fresca tarde de agosto. La gente ha salido a pasear. Oigo que hablan y ríen. Cerca de mí, una familia planea compras para la celebración de alguna fiesta. Los niños gritan pidiendo hasta la luna. La abuela, paciente, intenta darles la merienda. Un perro ladra. El televisor está encendido, igual que la conversación de los mayores. ¡Callaros, callaros! Grita un pequeño. Se oye un aplauso. Espero una llamada que no llega y quizá alguien me espera a mí. Aquí estoy, como siempre, llenando de afanes los días. Otro niño arrastra una silla. Llegan a casa los que esperaba y voy a recibirlos. Contemplo el mar, sus olas y mareas, los vientos, la brisa, el horizonte y el cielo azul. Barcos que vienen y van. Hay luna llena. Esperen.

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