Filigranas

Tras el anuncio de la fecha de canonización –27 de abril de 2014-  de los papas Juan XXIII y Juan Pablo II; palabras, imágenes y un sinfín de recuerdos vienen, de cuando en cuando, a mi memoria. Es tal la riqueza de sus vidas –extraordinarias  filigranas de santidad- que, sin lugar a duda, serán atesoradas en las anaquelerías de nuestra historia. Un artículo de periódico apenas da para algún que otro comentario, opinión o reseña. Sin embargo, aunque parezca osadía, también da para tirar de los finísimos hilos que tejen la existencia y mostrar auténticas filigranas. Copiaré del Papa Bueno, el abrir de par en par las ventanas de la vida (él decía de la Iglesia) para establecer corriente, airear, ventilar y renovar con sentido positivo y voluntad de rectificar y ayudar. De Juan Pablo II, como curiosa aprendiz, voy a merodear por su obra ‘El taller del orfebre’. Sin pasar por alto la belleza de los trabajos de orfebrería realizados con hilos de oro y plata entrelazados, me quedo embobada comprobando el peso de las alianzas de boda y su valor. El matrimonio requiere que los esposos actúen buscando, en el taller de sus vidas, la perfección a la que han sido llamados. Requiere habilidad, delicadeza y esfuerzo para conseguir algo fino y pulido: una auténtica filigrana. Al abrir de par en par las ventanas de la vida, saltan a primera vista situaciones conflictivas abocadas a la ruptura. El orfebre certifica el poco valor de sus alianzas, poco importa que sean de oro o de cualquier otro metal noble. Sin amor, pierden su peso específico. Apenas nos fijemos un poquito más, descubriremos a nuestro alrededor a matrimonios que han sabido hacer de su unión valiosas filigranas, entrelazando pacientemente los hilos de sus vidas, con especial artesanía. También conocemos a muchos jóvenes que acaban de estrenarse en la aventura del matrimonio. La prisa de la vida, los horarios encontrados, la falta e incluso el exceso de trabajo, pueden hacerles perder los hilos de los que hay que tirar para construir la mejor filigrana con su cariño. Es imposible dejar de mencionar el episodio evangélico de las bodas de Caná. Aquellos jóvenes no tenían vino. La Virgen, como buena madre, veló por ellos y se lo dijo a su hijo. Jesús parecía que se desentendía. Ella insistió a los que servían: ‘Haced lo que Él os diga’. Llenaron unas tinajas de agua, hasta rebosar y sirvieron el mejor vino. Dice el papa Francisco: ‘Vayan y sirvan’. Filigranas.

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