Portentos

 Cuando una persona sobresale por tener una cualidad extraordinaria, nos encontramos ante un portento. A lo largo de la vida, vamos conociendo a innumerables personajes que destacan sobre los demás en los diversos campos del saber. Algunos de ellos son distinguidos y  premiados en distintos momentos de su trayectoria vital. Otros, quizá nunca suban a ningún pódium, sin embargo constituyen un ejemplo a seguir. Recién estrenado el mes de noviembre con la Solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de Todos los fieles difuntos, quiero subrayar la bonhomía de muchos de los que nos precedieron. Al fin y al cabo somos eslabones de la misma cadena y es mejor apostar ‘por tantos’ cuyas vidas se han convertido en un camino a seguir y no tener en cuenta a quiénes, con su modo de proceder, nos toman ‘por tontos’. La grandeza de la persona suele ser inversamente proporcional a su orgullo. Es fácil descubrir y descubrirse ante la sencillez de gente extraordinaria, auténticos portentos de ‘savoir-faire’. ¿Sabiduría? ¿Experiencia? ¿Tacto? ¿Habilidad?… ¡Ser y parecer! Coherencia que atrae hacia el bien como algo asequible al común de los mortales. Así de fácil y sencillo cuando se quiere de verdad, sin medias tintas que emborronan la riqueza del compromiso. Querer es poder o viceversa. Destacar de modo extraordinario en lo ordinario de cada jornada. En el caso de los santos, podemos hablar de portentos del Amor de Dios. La fe sigue moviendo montañas de incredulidad cuando no es arrastrada por la rutina o por las rentas de un tiempo que ya pasó. La responsabilidad es personal. Noviembre es el mes dedicado tradicionalmente a los fieles difuntos. La paradoja es que abundan muchos muertos vivientes que deambulan  sin querer enfrentarse a la verdad. Morir es el ir y venir de la vida. Urge el  despertar a la trascendencia. ‘La gente admite con frivolidad increíble que cuando alguien muere acaba. ¿Cómo se va a acabar? El que crea eso es que no ha querido a nadie de verdad’ (Julián Marías). Estamos destinados a seguir viviendo. Creer o no creer. Querer (de modo portentoso). Rezar. ‘La oración, en sus múltiples modelos y en cierta medida, debe estar al alcance de los pobres de la fe; es como la respiración del alma. Salvo a los que rechazan de plano toda fe y la religiosidad como tal, hay que recomendarles a todos que recen a su manera’ (Antonio Montero). Lo bueno, es que Dios no se cansa de esperar.

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