Filipinas

 

 Ante la magnitud de la tragedia, no encuentro  palabras  para describir lo ocurrido en Filipinas, por el azote del tifón Yolanda. Las imágenes recibidas, a través de los distintos soportes de comunicación, hacen enmudecer, quizá para poder escuchar con nitidez, ante un paisaje de muerte y destrucción, los gritos del silencio. La Naturaleza parece empeñada en mostrarnos cómo se traspasa el umbral del dolor e impotencia del ser humano. Tras el paso de un huracán de fuerza poderosísima, la indigencia y miseria, agoniza indefensa bajo el caos incontrolable, los actos de pillaje y la lucha por la supervivencia. El éxodo no ha hecho más que comenzar. Millones de personas se han visto obligadas a huir, mientras aumenta implacable la cifra de muertos, que  se cuentan por miles. Innumerables también, las pequeñas y grandes historias personales que  rebosan esperanza,  y subrayan lo mejor del ser humano cuando descubre que lo importante es el otro. ‘El hermano ayudado por el hermano es como una ciudad amurallada’. Desde todos los rincones del mundo, han surgido iniciativas para ayudar a los damnificados. La cooperación y solidaridad va creando una cadena de eslabones fuertes y seguros para reconstruir la vida en Filipinas. No encontraba palabras, ni tan siquiera he tenido que buscarlas, sólo me he dejado llevar por la necesidad de colaborar, desde esta columna, en tan urgente ayuda humanitaria. Recordar, concienciar, pedir a todos y cada uno su aportación personal; cada cual que haga lo que esté a su alcance, sin olvidar –para los creyentes- el poder de la oración. Muy importante encauzar los donativos a través de cuentas acreditadas. Un ejemplar aval es el respaldo de Cáritas. No existe ayuda pequeña cuando la necesidad es desmesurada. El hermano ayudado por el hermano para fortalecer a personas y ciudades que hay que levantar entre todos. Por leer este artículo no se destinará un tanto por ciento de la comprensión a una cuenta determinada que la transforme en euros. Tan solo trato de situar a cada lector, frente a frente,  con las consecuencias de tamaña tragedia. La respuesta es personal y, seguro, rebosará generosidad.  Ante la magnitud de la devastación ocurrida en Filipinas, unas pocas palabras que piden y agradecen, sinceramente, la buena voluntad llevada a la práctica de querer. Lo peor no es el tifón sino la falta de ayuda a los que, de momento, han sobrevivido. Demasiadas lágrimas para enjugar con un solo pañuelo.

Artículo publicado hoy en La Tribuna de Albacete

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