Quehaceres

 

Siempre hay cosas por hacer; trabajo o asuntos pendientes. Suele ocurrir que personas que llevan entre manos multitud de tareas llegan a todo con más facilidad que quiénes tienen poca faena. Las primeras precisan mantener un orden que multiplica su tiempo y no pierden ni un segundo. Las que disponen de un horario más flexible van retrasando el comienzo de cada actividad hasta que se les amontonan todas. Ya lo decía Cervantes: ‘Por la calle del ya voy se llega a la casa del nunca’. Ser dueños de nuestros actos no tiene precio ni tampoco rebajas. Que lo urgente no desplace a lo importante  pasa por establecer prioridades sí pero también por ayudar y dejar que nos ayuden, es decir, delegar. No podemos convertir el tesoro de nuestro tiempo en una especie de rey Midas que altere su empleo sin razón ni sentido, abocándonos a la desorientación en cuanto tenemos que hacer. No somos máquinas (bueno, algún que otro ‘máquina’ hay por ahí) pero necesitamos de un mínimo de programación en nuestra vida, algo más elaborado que los tres ochos (horas) en fila india para trabajar, descansar y todo lo demás. Los objetivos personales ayudan a superarnos y trabajar con amplia perspectiva. En muchas ocasiones, somos nosotros mismos los que hemos de ir marcando  los tiempos. El listado de tareas vía móvil, tableta, ordenador o con el papelico de siempre es algo de gran eficacia si sabemos establecer ese orden de prioridades que no sólo nos multiplicará el tiempo sino también la satisfacción personal. La vida está sembrada de quehaceres que cambian según la edad y situación de cada cual. Algunos los realizamos gustosamente, otros, a trancas y barrancas y con cierta torpeza, pero lo que vale es el esfuerzo personal por intentarlo una y otra vez. Cuando hablamos de ocupación casi siempre nos referimos a la materialización del trabajo pero faenar en la vida contiene un gran abanico de posibilidades que inicia su apertura en la familia, donde comienza nuestra existencia y aprendemos a vivir. El quehacer de los padres constituye la viga maestra que sostiene  la sociedad. Son muchas las ocasiones que encontraremos para ejercitar ‘el arte de entenderse bien’ para ello necesitamos un buen bagaje de hábitos y virtudes, otros quehaceres a tener en cuenta. Es cuestión de equilibrar. ‘El pesimista se queja del viento; el optimista espera que cambie; el realista ajusta las velas’. (William George)

Artículo publicado hoy en  La Tribuna de Albacete

 

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