Ayer

2013-08-15 09.43.33 

Rebosaba la vida. Los campos eran regados generosamente. El agua cristalina corría con fuerza por los cauces que surcaban la tierra, el rumor de su paso era familiar y alborozados nos decíamos: -¡‘Están regando’! Los niños agachados o tumbados boca abajo jugueteábamos con el agua, nos salpicaba al chapotear y cada vez que -en vano-  empujábamos para ir contra corriente, siempre rebosaba. El labrador permanecía vigilante. Bajo un amplio sombrero de paja, acoplaba su mano, a modo de visera y oteaba el pequeño –y grande- horizonte de su tierra. Siempre llevaba remangadas las mangas de la camisa y las perneras de los pantalones. Según hiciera frío o calor, calzaba unas rústicas sandalias de cuero  o unas botas altas de regador. Sus pisadas sobre la tierra seca o húmeda, iban dejando la huella de su trabajo. De cuando en cuando, azadón en mano, arreglaba surcos y caballones, dirigiendo así el curso del agua que se expandía generosa sobre la tierra sedienta.

(Hoy en mi familia hemos llorado. Se nos ha ido Juan ‘el del campo’ al cielo)

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