Desde siempre los sueños parecen superar la realidad que obstinada hace caso omiso utilizando cuanto tiene a su alcance para hacerlos despertar.  Ser y parecer se confunden en un juego de máscaras cuando se celebra el carnaval dando rienda suelta a la permisividad  como antesala del tiempo de Cuaresma destinado a la oración, ayuno y penitencia. Carnavales: Tradición y cultura, arte y alegría, desenfado y descaro, desfiles, desenfreno, algarabía. No todo vale ni todo es reprobable. Cada cual atienda a su juego respetando el de los demás. Me quedo con el de los disfraces de siempre en las distintas etapas de la vida. Cuando mis hijos eran pequeños, aprovechábamos los días de lluvia para dar rienda suelta a su imaginación, echando mano de las cosas más variopintas para disfrazarse, amén de la caja donde se guardaban el ropaje de las fiestas escolares.  Por casa desfilaron vaqueros, bandoleros, tunos, magos, fantasmas, payasos, caperucitas, princesas y un sinfín de personajes casi de leyenda envueltos en telas baratas de vivos colores, papel pinocho y de seda, ropa en desuso y mil cachivaches reinventados para cada ocasión. Pequeños carnavales familiares con antifaces y máscaras elaborados con cartón y plastilina tras los que se escondía -a vista de todos- la ilusión infantil. Tiempo de Carnaval. El espectáculo está servido, cifras de escándalo que superan con creces los grandes desfiles en las ciudades donde son tradicionales. Millones de euros robados con total desfachatez, por unos y otros, sin máscara ni antifaz de ninguna clase. Eso es lo que van demostrando tener quiénes aprovechándose de cargos y representaciones han abusado del  poder hasta  reventar el saco de su ambición. Extraño baile de intereses al son de la más fea, la crisis. Ocasión nefasta para esa rara especie de desenfreno financiero. Disfraces de seda que dejan traslucir a quienes lo llevan. Al final, cada uno se queda como es. Trajes espectaculares, caras  pintadas acentuando rasgos y expresiones, movimientos exagerados, lujo y desenfreno. El mundo parece un gran sambódromo colapsado por gentes que  bailan a ritmos desaforados con tal de destacar. ¿Dónde estará la caja de los disfraces?… En el recuerdo; días de lluvia, fiestas escolares, sueños infantiles que  despiertan y alegran nuestra realidad. Disfraces, algunos para disfrutar, como el del niño llorón que dieron a besar al Papa y vestía igual. Disfraces que, sencillamente, destapan ternura y  verdad.

Artículo publicado hoy en La Tribuna de Albacete

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