11 de marzo de 2004 // 11 de marzo de 2014

 

In memoriam

 Artículo que escribí tras los atentados del 11-M

A primera hora de la mañana el ajetreo de comienzo de la jornada era similar al de todos los días, hasta que descubrí que mi marido y nuestro hijo menor (que había escuchado los informativos de radio), estaban absortos ante el televisor. ¿Pasa algo?… Asintieron. ¿Un atentado?… En Madrid. La pequeña pantalla transmitía las primeras imágenes de la tragedia. La humareda gris del terrible atentado parecía enturbiar cualquier atisbo de paz en democracia. Los primeros momentos de terror, confusión y dolor, hicieron estremecer los corazones de todos los hombres de buena voluntad. A bocanadas de espanto, iban apareciendo los primeros heridos, los primeros cuerpos sin vida cubiertos, casi arropados, por mantas y sábanas de los vecinos; las primeras manifestaciones de solidaridad, todos unidos y dispuestos a ayudar en lo que fuese necesario.

Las primeras caras de la tragedia candente, entre los hierros retorcidos de esos trenes de cercanías convertidos, por el odio y la barbarie, en portadores de un destino inmediato y lejano para los muertos; de sufrimientos incalculables para los heridos; de infinito e inolvidable dolor y tristeza para todos y en primer lugar, las víctimas y sus familiares, vecinos y amigos. Es inadmisible cualquier tipo de peaje para el terrorismo porque no hay estación que acoja su destino. La humareda gris comienza a disiparse. En este vía crucis del siglo XXI hay muchos Cristos con la cruz a cuestas; clavados, mutilados, destrozados, carbonizados… Cristos yacentes. Cristos que piden un rescate; refugio, amparo, misericordia; Cristos que manan sangre; Cristos que avivan la Fe, la Caridad, el Perdón. No puedo ni quiero separar el dolor del amor. En estos momentos, también me cuesta entender el perdón. Por  eso contemplo, a pesar de mis limitaciones, a un Loco de Amor que dio la vida por los que quería; por todos. ¿Cómo pudo resistir tanto dolor?… Y, perdonó a los que le mataron: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. ¡Era Dios hecho hombre!… En su cruz estaban todas las nuestras, también la del terrorismo. Llaman mi atención las palabras de una joven extranjera: ―“No estamos seguros en ningún sitio. Todo esto, te hace reflexionar sobre muchas cosas”. Cristo perdona. Nosotros tenemos que aprender. Cristo de la Esperanza. Cristo de la Paz.

Este vía crucis del siglo XXI, tiene tres estaciones que trazan, entre el horror y la barbarie, el camino de la cruz. Una vía dolorosa repleta de Cristos sí, pero también de cireneos; cada uno carga con su parte de cruz -personal de RENFE, viajeros, sacerdotes, médicos, enfermeras, sicólogos, jueces, enfermos que dejaban sus camas en los hospitales, donantes de sangre, jardineros, periodistas, estudiantes… todos voluntarios, gente buena de a pie―, ayudan a llevar la cruz  a padres, madres, hijos, hermanos; a familiares y amigos. Silencios elocuentes, llantos compungidos, gritos desgarrados. Impotencia, desolación, rabia… una sonrisa, una caricia, un estar con el otro. Palabras de consuelo. Encuentros en la calle de la amargura. Oraciones. Abrazar el rostro del dolor hasta hacerlo nuestro. Todos somos víctimas. ¿Por quién lloramos?… El terrorismo ha embadurnado de tristeza nuestras vidas. Necesitamos una Madre buena al pie de la cruz. El amor (a través de los medios se piden personas, almas, que sepan escuchar, entender, comprender, guiar…), solamente el amor, puede enjugar las lágrimas y limpiar las llagas de la amargura.

La justicia, ejercida desde las instituciones democráticas, se encargará de dar al César lo que es del César. Nuestros sufrimientos y oraciones, ofrecerán a Dios lo que es de Dios. Cristo Resucitado, nos ha ganado un cielo… ¡Tan lejos, tan cerca!… Allí están recibiendo a todos los muertos en el atentado. ¡Descansen en paz!

 

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