Caminar sin prisa, pausadamente, recreándonos en la observación y el disfrute del entorno y sobre todo del trato de unos con otros. Murcia, en primavera,  invita a vivir en la calle que late bulliciosa al ritmo de cada corazón, de todos los corazones. Bajo un limpio y claro cielo azul, la luz del sol ciega, deslumbra e ilumina. Luces y sombras zigzaguean a gran velocidad como los claroscuros de la vida. Colores, olores y sabores tonifican los sentidos. La Huerta de Europa se engalana y perfuma con las flores más bonitas cada primavera. Pasear por esta ciudad  se convierte en un ir y venir por sus típicas calles y plazas, encontrándonos unos con otros, disfrutando de esa palpable cercanía que  tanto agradecemos. Manteniendo distendidos esas conversaciones de siempre aliñadas con la novedad de cada momento vivido.  Testigos de excepción de esta algarabía festiva,  plazas y calles de renombre, edificios y monumentos… destaca por su majestuosidad la Catedral de Murcia, magnífica pieza del Barroco español. Huele a azahar y a fiesta. La Semana Santa ya ha entreabierto sus puertas. Revistas, programas y enfervorizados actos religiosos  preparan el sentir nazareno. La ciudad se afana en arreglar las calles sobre las que procesionarán las más bellas esculturas del arte imaginero, sobresalen las de Francisco Salzillo, protagonistas indiscutibles de la mañana del Viernes Santo. Cristo entre nosotros, ciega, deslumbra e ilumina. Cercanía. La  cruz a cuestas. La mirada y el encuentro inopinado. La conversión. Cristo en la calle. Contemplar los pasos de la imaginería salzillesca es abrir el Evangelio de la Pasión. Murcia se reviste de fiesta en primavera. Tras la Resurrección gloriosa del Hijo de Dios, la ciudad se torna huertana. Refajos y zaragüelles a ritmo de guitarras, bandurrias y castañuelas. Las barracas abren sus puertas a la tradición. La gastronomía  murciana  se sabe y saborea. Y casi nos sorprendemos cuando a la vuelta de la esquina, los sardineros desfilan, pasacalles y charangas, el entierro y la quema de la sardina. Murcia, religiosa y profana, arraigada en sus costumbres, lozana. Festival de culturas, puentes nuevo y viejo. La Virgen de los Peligros y la de La Fuensanta… ¡Guapa, guapa, guapa! Como cada año, como todas las primaveras,  ciudad y  huerta. Murcianos que rocían a la Madre de cielo y tierra con los mejores pétalos, a manos llenas. Murcia en primavera. ‘Murcia, cachito de cielo que Dios una tarde se dejó caer. Y de ese cachito salió el más bonito, el más primoroso y florido vergel’. De paseo… ¡Por Murcia!

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De paseo por Murcia

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