ROMA

Sí con mayúsculas porque hoy 27 de abril de 2014, es un día grande en la Ciudad Eterna. La canonización de los papas Juan XXIII y Juan Pablo II  ha convertido a Roma en el centro del mundo. Personas de toda clase y condición contemplaremos este acontecimiento, sin precedentes en la Historia, desde los lugares más recónditos de la Tierra. Una fiesta de Fe que aúna a creyentes y no creyentes, ante el testimonio extraordinario de los dos nuevos santos de la Iglesia Católica. Cerca de un millón de personas han acudido a presenciar este magno acontecimiento a Roma que, partiendo de  La Ciudad del Vaticano, ha abierto sus brazos para acoger al mundo entero con un mismo latir. Junto a la devoción que cada santo despierta, Juan XXIII y Juan Pablo II han movido montañas de fe, admiración y cariño. El Papa que decían era de transición  y un Papa venido de lejos, suben a los altares siguiendo el querer de Dios y seguidos del querer universal personalizado, íntimo y esperanzado de cada uno de nosotros. Ser testigos de la Historia es algo común de todos los mortales a través del tiempo pero ser testigos de la santidad de personas tan cercanas, compromete.  Lo sorprendente es que cada uno ha tenido los fallos propios de la condición humana pero lejos de estancarse en ellos, lucharon de manera heroica por alcanzar la perfección a la que habían sido llamados. La renovación de la Iglesia, a través del Concilio Vaticano II, fue obra de un Papa octogenario, Juan XXIII, fiel a Dios que seguía alegrando su juventud. El Papa de los jóvenes, Juan Pablo II, gritó a todos: ‘¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo!’… con la fuerza y atractivo de su  propia juventud y abrazando, firme y amorosamente, la cruz de  la enfermedad en su vejez. El papa Francisco al canonizar a estos grandes santos nos muestra la cercanía del cielo invitándonos personalmente a abandonar la mediocridad. Los nuevos santos, llevan el nombre de San Juan como el Precursor enviado por Dios para preparar el camino al Salvador. Doctores tiene la Iglesia pero al común de los fieles cristianos, el papa Francisco nos ha recordado (Evangelii Gaudium) que, afianzados y fortalecidos en la fe, es hora de iluminar, transformar, de salir y transmitir la alegría de creer. Qué mejor ejemplo que el de los nuevos santos que nos han hablado siempre de un Dios a quién conocían y trataban familiarmente como si lo estuvieran viendo. 

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