Excelencia personal

Hacía tiempo que a la hora de escribir un artículo no me encontraba con el síndrome del folio –pantalla del portátil- en blanco. Si fuera eso solo… La tremenda corrupción que estamos padeciendo destaca con su impresentable protagonismo convirtiéndose en el foco principal de noticias, artículos, conversaciones y un interminable etcétera. Espero que de una vez por todas se ordene este maremágnum, aplicando la Ley  y tomando medidas en los distintos estamentos de la sociedad para evitar en lo posible que se repitan situaciones tan escandalosas.  Me gustaría poner punto y final  a la hora de escribir sobre este aspecto tan desagradable de la actualidad. No es ni mucho menos indiferencia porque a todos nos duele e indigna. De ahora  en adelante  prefiero abrir de par en par las puertas de la inspiración al buen hacer cotidiano de tanta gente que se dedica sencillamente a su cometido, superándose por mejorar cuando es posible y aceptando sus limitaciones como parte de la condición humana. Somos iguales y diferentes pero todos podemos mejorar, muchos hasta la excelencia personal: ‘Superior calidad o bondad que hace digna de aprecio y estima a una persona’. Nadie nace con la lección aprendida de ahí la importancia de la  educación desde la cuna. El protagonismo pasa a familias y colegios en primer lugar. Educar en la libertad responsable. El espíritu de superación subraya la cultura del esfuerzo. Que cada cual pueda elegir su camino y  lo recorra con la mayor perfección. Juntos pero no revueltos. Saber ser y saber estar, enriqueciendo (con valores, claro está) nuestro encuentro con los demás en la convivencia del día a día. Prudencia y osadía se amalgaman para sacar lo mejor de nosotros mismos. Ni siempre ni nunca,  sobre una constante superación por alcanzar  las metas más altas. Una palabra, un gesto, una sonrisa… y todo adquiere un sentido especial. La especialidad de cada uno en su casa, con vecinos y amigos, en su trabajo, en las circunstancias que la vida  va deparando. Y, de cuando en cuando, con más frecuencia de lo que pudiéramos imaginar, nos encontramos con gente de extraordinaria valía que nos sorprende por su excelencia personal, digna de admiración y respeto. Estímulo para dar lo  mejor de nosotros mismos. No valen comparaciones porque cada  cual tiene sus cualidades y defectos, se trata de hacer brillar e ir apagando respectivamente. Vivimos en un mundo de contrastes con capacidad más que suficiente para anular nuestra personalidad a no ser que, en cierto modo, luchemos contra nosotros mismos para fortalecer nuestras decisiones contra viento y marea. Un día tras otro, volver a intentarlo, sin cansarnos por la apariencia de estar siempre en los comienzos. La naturalidad de ser y obrar nos acerca a la madurez, a la vida en sazón donde realmente se encuentra el sentido de todo. Querer. 

Artículo publicado hoy en La Opinión de Murcia

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