El amor que da la vida

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Quizá  nos encontremos algo  aturdidos por tanto ir y venir de gentes durante los días de Semana Santa. Puede que nosotros mismos  hayamos sido protagonistas de ese trasiego y posiblemente, espectadores de  los más variopintos desfiles procesionales. El itinerario de La Pasión de Cristo ha sido trazado en pueblos y ciudades, por plazas y calles que hacen vibrar con  fe y devoción a cuantos contemplan el Evangelio viviente, representado con impactantes esculturas; imágenes fidedignas que quieren mostrar  la cercanía y grandeza del amor de Dios. Amor que da la vida en plenitud, muriendo por todos nosotros para ganarnos la felicidad de la vida eterna. Si Cristo no hubiese resucitado, vana sería nuestra fe.  Sin embargo, estamos inmersos en una sociedad descreída y desamorada, donde apenas queda tiempo para nada más que ir de allá para acá, ocupados en mil cosas que nos despersonalizan y aíslan en una soledad ignorada y compartida. Extraña paradoja la de correr y correr para no llegar a ninguna parte. El amor necesita una cadencia que no sabe de prisas porque al dar la vida, son muchas las cosas, las situaciones que carecen de importancia. A lo lejos, el eco de la música que ha acompañado los desfiles procesionales. Trompetas, redobles de tambores. Una saeta. La tuna. Los auroros. Un cuarteto, una coral. El corazón se estremece con otra melodía, con la ternura de un gran amor. Ofensa y perdón. Paz.  Dolor de amor. Si tuviéramos la  fe  del tamaño de un grano de mostaza, moveríamos las montañas de la indiferencia, de la injusticia y el odio. Ver para creer, creer para querer. Amor que da la vida. Casi sin detenernos a pensar, echamos un vistazo a la nuestra y la llenamos a rebosar de propósitos que se nos escapan a borbotones, como agua entre las manos. Cada cual sigue su camino donde penas y alegrías se amalgaman y fortalecen el  querer. Finaliza la Semana Santa. Fe, Tradición y Costumbres, nos han mostrado un itinerario a seguir. Hombres, mujeres y niños. Jóvenes y ancianos. Sanos y enfermos. Pobres y ricos. Cada uno con su cruz a cuestas pero todos con la esperanza de  la Resurrección. La alegría de la Pascua invita a querer con ese amor que da la vida. Silencio y algarabía. Marchas procesionales, música sacra, redobles de tambores. Cofradías y Hermandades. Vía Crucis y Besapiés. Túnicas. Palmas y olivos. Alfombras de flores. Ramilletes de colores. Rosas, margaritas y claveles. Orquídeas, lirios y azucenas. Aromas. El día y la noche. Gentío. Encuentros y olvidos. Pasos, tronos, carrozas. Velas y cirios; candelabros y faroles. Luces y sombras que configuran el resurgir de nuestros amores.

Artículo publicado hoy  en  La Tribuna de Albacete

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