No me quiero ir de casa

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Las distintas etapas de nuestra existencia nos sitúan -o deberían situarnos- ante lo que realmente vale la pena en la vida. El quid de la cuestión, la familia, fundamento del equilibrio personal y del orden social. ´Dime tu casa y te diré tu mundo’. La desestructuración familiar  –tan triste como frecuente- es una llamada de atención más para la creación de políticas familiares que salvaguarden y fortalezcan la primera célula de la sociedad.  A nivel particular, la respuesta es personal, de ahí el título de este artículo porque no hay nada como estar en familia (se suele decir como en casa), aunque a veces nos encontremos  viviendo a kilómetros y kilómetros de distancia unos de otros.  Aprendemos a querer al tiempo que aprendemos a vivir sin necesidad de clases especiales; los padres, transmisores de la vida, son los primeros educadores y artesanos del cariño. La solidez de la familia se logra de generación en generación, aportando cada cual lo que es característico de su edad: Experiencia, sabiduría, sensatez, ayuda, trabajo, fortaleza, alegría, ilusión, esfuerzo, inocencia, ternura… y siempre, cariño, mucho cariño. Abuelos y nietos, padres e hijos conforman el estar como en casa, pequeño y gran mundo familiar, esperanza para la sociedad por su riqueza en valores generadores de la auténtica felicidad. Una vez pasadas las pequeñas y grandes rebeldías de cada etapa de la vida, la familia es el lugar al que regresamos con más ilusión. Aciertos y errores, altos y bajos, cara y cruz de la moneda del querer. Y cada día con su sol y sus nubes pero al resguardo de nuestro hogar. No me quiero ir de casa… no nos queremos ir porque sería como perder el rumbo de la vida.  Nuestra casa, nuestro mundo. Unos están, otros vienen y van, algunos ya se fueron. Presencia y recuerdo, diferentes modos de ser y el cariño verdadero. Hermanos, tíos y sobrinos. Parientes lejanos y cercanos. Y amigos. Amigos que son como familia. Vecinos, familias cercanas. Ambiente de solidaridad y confianza. Alegría. Casas llenas y vacías, como un acordeón que se amolda a cada melodía. No me quiero ir de casa. No nos queremos ir de casa porque echaríamos de menos… querer.

Artículo publicado hoy el La Opinión de Murcia

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