Nuestra madre

 Nuestro mejor tesoro, inabarcable y cuasi eterno. Buena prueba son sus desvelos y anhelos por cada hijo, como si fuera único en el mundo. También sus lecciones magistrales, al margen de su formación académica o no. Sus modos de hacer y proceder, a veces de forma tan impredecible  y silenciosa que han pasado a formar parte de nuestra vida como el aire que respiramos, insustituible. Es como una especie de cordón umbilical que siempre conserva los nutrientes  indispensables para aprender a vivir. Mientras está con nosotros, puede que ni nos demos cuenta, sencillamente, nos dejamos querer. En determinadas ocasiones nos quedamos prendados de ella, porque sí… porque es buena, guapa, lista, generosa, exigente, presumida, agradable y mil cosas más. Otras nos sorprenden con su profesionalidad en las labores típicas del hogar, también  en otros trabajos. Parece que una madre por el hecho de serlo tiene capacidad para todo sin necesidad de créditos para conseguir infinidad de títulos… Economista, dietista, limpiadora, pediatra, enfermera, maestra, administradora, cocinera, abogada, decoradora, adivina, ilusionista, costurera, psicoanalista, consejera, educadora… Nada como el regazo materno para saborear lo mejor de la vida. Como madre, intento practicar y seguir aprendiendo. Como abuela, guardo las mejores recetas de la existencia por si me piden los ingredientes, al tiempo que contemplo a las madres jóvenes y sus malabarismos heroicos para conciliar  familia y trabajo. Como hija, cuántos recuerdos y vivencias de mi madre. Su longeva y enriquecedora  vida  es un gran tesoro que aprecio y agradezco a Dios. Creo que, sobre todo, las personas que ya vamos siendo expertas en cumplir años, nos quedamos embelesadas cuando nos preguntan por nuestra madre. Diciembre, mes enriquecido  por la esperanza del Adviento, rebosa  ternura en brazos de La Inmaculada, inmejorable preparación para Navidad en el espléndido regazo escogido por El Niño Dios. La Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra, en este 8 de diciembre de 2015, ‘Puerta de la Misericordia’.  Si nos entusiasmamos  con las madres de la tierra, ¿Qué haremos ante nuestra Madre del Cielo?… Como la mejor de todas, está pendiente de cada uno de sus hijos, fijándose en las cosas buenas que hacemos. Celebrar su fiesta es decirle que le queremos. Desde el fondo del corazón, casi en silencio, o como hacen en mi pueblo, con el estruendo de los arcabuceros quemando la pólvora en su honor. Así reza el himno a nuestra Virgen: ‘Cantemos a La Virgen del Castillo, María Inmaculada, que es la Reina de Yecla, su Patrona, nuestra Madre adorada’

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