Llamadas, chats, contactos

 

De la ‘A’  a  la  ‘ Z’, por nombres, apellidos, apelativos familiares y un sinfín de posibilidades, guardamos en nuestros móviles una amplísima agenda de contactos con los que conectamos una y otra vez, casi por arte de magia, sin importar las circunstancias y localización de cada cual porque los teléfonos tienen memoria y alarmas para advertir o avisar de seres y aconteceres. Tenemos en nuestras manos una fantástica herramienta de comunicación… si la sabemos utilizar. Parodiando el inicio del soneto burlesco de Quevedo, ‘Érase un hombre a una nariz pegado’… Érase una persona, millones de personas, pegadas a un móvil como si fuera un apéndice de su mano, incluso de su vida. Llamadas, chats, contactos, fotografías, vídeos, selfies, música e infinidad de sonidos que interrumpen por doquier sin querer, sin deber, sin parar. De un modo u otro, todos  estamos movilizados e inmovilizados a un tiempo. El mundo en nuestra pequeña pantalla y nosotros, tantas veces, fuera de cobertura porque no es lo mismo un emoticono, más o menos sabio que expresa hasta lo inexplicable, que la presencia de un familiar, un amigo, vecino, compañero de trabajo o de las penas y fatigas de la vida. Ni siempre ni nunca pero sí con frecuencia necesitamos estar con quiénes más queremos. Cuántos buenos e inolvidables raticos pasados juntos, donde se habla de todo y de nada, pero estamos pendientes unos de otros. Miradas, sonrisas, complicidad, confianza, voces y susurros, besos, ternura, diálogos, canciones, silencios, lágrimas, recuerdos, proyectos… la vida misma, nosotros mismos, la cadencia del acontecer en las distintas etapas y circunstancias de nuestra existencia. Mientras escribo este artículo  mi marido me ha enviado varias fotografías típicas de Las Fiestas de Primavera, bueno lo ha hecho a uno de los grupos familiares que tenemos, y los Whatsapp han circulado con fluidez. Han llamado por teléfono tres de mis hijos, desde diferentes puntos de nuestra geografía. Unos pendientes de otros, sí, pero en realidad, aunque sea circunstancial, estoy sola en casa. No creo que vengan los ladrones, sin embargo necesito que alguien robe este silencio que se me figura denso de más… y vuelve a sonar el móvil, otro hijo que llama, y hablamos, al tiempo oigo la llave… ya empiezan a venir, ni todos ni siempre, pero cada rincón de casa parece recobrar su sentido. Es hora de cenar. Enchufo el móvil para no quedarme sin batería, espero varias llamadas y tengo que enviar algún que otro mensaje. Tiempo al tiempo, pero no hay nada como disfrutarlo junto a quienes queremos.

Artículo publicado hoy en  La Opinión de Murcia

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