Redes

cabo-de-palos
Me gusta pasear por los puertos de mar y observar los barcos de los pescadores,  sus inmensas redes recogidas tras faenar trabajosamente, días y noches, contra viento y marea. Redes aparentemente amontonadas en la bocana del puerto, como merecido descanso, aprisionando quizás secretos de la pesca, copiosa o en vano. Redes extensibles, acogedoras de los más variopintos habitantes del mar. Redes que hay que conservar, y conservan los buenos pescadores, en perfecto estado para no perder ninguna presa después de la dureza de navegar mar adentro… Los pueblos pesqueros tienen una belleza especial. Pinceladas de sol y luna, destellos de estrellas, sobre blancos amaneceres y noches oscuras. Juegos de luz y color, azules y verdes. Reflejos oro y plata, en las puestas de sol y en los  anocheceres. Belleza infinita de tostada y brillante arena de playa, ornada de conchas, caracolas, erizos  y alguna que otra estrella de mar. Cierto  sabor a sal, como  saboreando la vida en el pálpito inconfundible de la existencia. Ser, estar, vivir. Saber manejar nuestras redes en otros mares que también nos obligan a remar hacia dentro para que rebose la vida. Rebosar,  queriendo con holgura. Echar las redes  de busca, encuentro y, no pocas veces, salvamento. Red de redes, conexiones inalámbricas de un mundo hiperconectado y al mismo tiempo, sumido en extrañas soledades que nunca, nunca, tendrían que haberse dado. Redes de amigos desconocidos, y amigos enredados en no sé qué enredos… Redes sociales que, una y otra vez, tenemos que aprender a utilizar. Mantenerlas en buen estado y en esa media distancia que no nos haga perder la perspectiva personal, y sobre todo, las relaciones humanas, que superan con creces ese conectar y desconectar de tantos artilugios, comunicadores instantáneos, con frecuencia, anodinos, ajenos al necesario roce que el cariño precisa para una buena convivencia. Se traduce en un estar junto al otro. Saber mirar, reconocer, tratar, querer. En cierto modo,  aprender de los pescadores a  preparar  nuestros aparejos y salir a pescar en el tiempo oportuno, armándonos de paciencia y fortaleza. Intentándolo una y otra vez, sin desánimos inútiles. Se trata de saber contemplar el mar de la vida y soñar… Y, como dijo el Santo de la vida ordinaria, seguro que nos quedamos cortos.
Se han abierto de par en par las puertas de septiembre… Fin de vacaciones para la gran mayoría. Comienzo de la etapa escolar. En el calendario septembrino,  las ferias se esparcen por buena parte de nuestra geografía. Y, volveremos a intentar de nuevo la tarea cotidiana. Los previsores ya habrán planificado el curso. Otros, se apañan con el día a día. Algunos, no volverán… En el recuerdo, su temple y buena faena…Pero eso, son otras redes… ¡Torero! ¡Olé!
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