Cicatrices

 En agradecimiento al Dr. Tomás Vicente

 A primera vista, son muchas las cicatrices que pasan desapercibidas. Ciencia y conciencia saben guardarlas cuasi rozando la perfección, como si no hubiese ocurrido nada. Vivir el momento, estrenar con ilusión cada instante que nos regala la vida sutura como por arte de magia o quizás milagrosamente, cualquier herida. Cierto que la existencia no deja de sorprendernos en su novedad, compleja y sencilla a un tiempo. Nos aturde, agrada, confunde, extraña, incluso puede causarnos temor. Nos lleva en volandas o deja que tropecemos una y otra vez, sin apenas levantar cabeza. ¡La vida!… regalo y ofrenda. Las experiencias vividas van marcando huellas por infinidad de caminos que invitan a vivir de nuevo. Imposible obviar la vida y sus afanes… Si las cosas que uno quiere se pudieran alcanzar… Las prisas no nos dejan ver lo mejor que poseemos… las pausas, nos dan un respiro. Abren de par en par el corazón, al latir del instante, como una bocanada de aire fresco que renueva las ansias de vivir. ¿Quién no tiene alguna que otra cicatriz? … ’Señal de una herida curada y cerrada que queda en los tejidos orgánicos’ o ‘Impresión que deja en el ánimo alguna experiencia o sentimiento negativo’. Herida, costurón, señal, huella, marca, impresión… Descubrir lo que se puede contar es, sencillamente, subrayar lo que merece la pena vivir. Las famosas tiritas curan casi todas las heridas en la etapa infantil, pero a medida que vamos creciendo necesitamos otra clase de apósitos. Hablar, escuchar, reír, llorar, perdonar y pedir perdón, abrazar, olvidar, seguir esos caminos que invitan a vivir de nuevo, querer… Necesitamos médicos para el alma y para el cuerpo. Médicos que saben de cicatrices y nos ayudan a reconocer sin temor las que de un modo u otro son nuestras. Curan de la incertidumbre y el miedo. Amainan el dolor. Consuelan la pena. Escuchan con atención, cubriendo con la blancura de su bata la oscuridad de cuanto desconocemos. Necesitamos médicos raudos y quedos, atentos e intensos, serios y sonrientes, generadores de confianza, confidentes. Médicos que más que mirar, contemplan. Sonríen, guardando a buen recaudo la cicatriz de la impotencia ante lo incurable. Auténticos profesionales de curar a la gente, porque saben, quieren y se dejan querer. Me pregunto si el agradecimiento y cariño dejarán también su cicatriz… Creo que tiene que ser inmensa, invisible y palpable a un tiempo, como los latidos del corazón.

 

La vida (cuento para mayores)

Hace un buen rato que estoy pensativa ante la pantalla del portátil, tratando de escribir- ¡una vez más!- sobre esta vida loca, loca que nos ha tocado vivir. El debate entre vida y muerte se libra en los más inverosímiles campos de batalla, el más cruel y despiadado el seno materno, sin opción alguna de defensa, privando al no nacido del derecho primigenio a la vida. Abanderar el aborto libre como avance de la sociedad es algo ante lo que no podemos quedarnos de brazos cruzados, sin hacer nada. Proteger la vida es de sentido común. “Si el progresismo no es defender la vida, la más pequeña y menesterosa, contra la agresión social, y precisamente en la era de los anticonceptivos, ¿qué pinto yo aquí? Porque para estos progresistas que aún defienden a los indefensos y rechazan cualquier forma de violencia, la náusea se produce igualmente ante una explosión atómica, una cámara de gas o un quirófano esterilizado” (Miguel Delibes. ABC, 14 de diciembre de 1986). Aborto y eutanasia se dan la mano, esterilizando cualquier sentimiento que, paradójicamente, pueda abortar la decisión tomada fuera de la ética más elemental. De ‘mi cuerpo es mío’ al tuyo también, la avalancha de sinrazones trata de acallar el grito –silencioso y elocuente- de los no nacidos, y el clamor del silencio de tantos enfermos terminales condenados a priori, a un desesperanzado final. Vida y  muerte, protagonistas en los campos de batalla. Disparos, bombas, atentados suicidas… esparcen el sufrimiento por doquier. La vida, derecho inviolable del  ser humano no es moneda de cambio. Promesas incumplidas y falsas expectativas han convertido el aborto en arma arrojadiza, donde lo de menos es el no nacido, en pro de unos votos comprados a altísimo precio. Libertad, derecho y deber conforman una trilogía inseparable. Pero yo, lo que quería es contar un cuento para mayores, un cuento con final feliz porque se convierte en realidad gracias a la ayuda desinteresada de mucha gente buena. <<Érase una vez un niño tan pequeño, tan pequeño… que algunos le ignoraban, y muchas veces tenía miedo al pasar por grandes peligros sin poder defenderse. Él se movía constantemente para hacer notar su existencia… hablaban a gritos; ‘¡Aborto sí! ¡Nosotras parimos, nosotras decidimos!’ y le ignoraban. Su corazón se ponía triste pero no dejaba de latir con fuerza, tanto que  su mamá sintió otra vida dentro de ella y decidió no abortar. El gran día llegó y el niño nació. Descubrió que le querían por él mismo, sin importar nada más… Érase una vez un niño -no uno sino muchos- querido por sus papás. Érase una vez la familia, abierta a la vida, llena de esperanza. Y colorín colorado, aquí dejo el cuento que no se ha acabado. El final, feliz, hay que saber encontrarlo>>

ARTÍCULO PUBLICADO HOY EN LA OPINIÓN DE MURCIA

Peroratas

 

 Apenas entré en el espacio de espera de un Centro de Salud llamó mi atención la soflama que un buen hombre repetía, una y otra vez, a los pacientes –en todos los sentidos- que aguardaban su turno. El improvisado orador razonaba y subrayaba con gestos exagerados su interminable y para él acertado discurso sobre los temas de actualidad más candentes. Al principio resultaba entretenido pues hasta hacía pareados con cierto sentido del humor, pero a medida que pasaba el tiempo, entre el público presente empezó un intercambio de gestos de desesperación. Una joven musitó: ‘¡Es que no se calla!’… hecho que ocurrió, para alivio de todos, cuando fue llamado a consulta.   De un tiempo a esta parte, algo así está pasando frente a la reforma de la Ley del Aborto. Discursos largos y aburridos se prodigan exhaustivamente por los partidarios del aborto, tratando de demostrar y defender lo que carece de demostración y defensa, porque  cada ser humano tiene derecho a su vida, existente desde el primer instante de ser concebido y es un contrasentido convertir el seno materno en una especie de cadalso de muerte… “Maestro, quisiera saber cómo viven los peces en el mar. Como los hombres en la tierra: los grandes se comen a los pequeños”. (William Shakespeare). La existencia humana no puede depender de un descarado -‘Contra natura’- mercadeo de intereses, al mejor postor. Toda vida posee igual dignidad, ajena a parámetros inverosímiles. La incapacidad para querer es una lacra en gran parte de nuestra sociedad; consumismo y hedonismo abocan  a un individualismo feroz que conduce al olvido y desprecio del otro. El dolor es también parte integrante y enriquecedora de la existencia humana. La vida y la muerte se suceden de modo natural como una sinfonía inacabada de felicidad y sufrimiento que va descubriendo lo mejor de cada uno con la ayuda de los demás. Quizá esté ahí el quid de la cuestión, el palpitar de la Humanidad ante cada vida concebida y en toda situación difícil para la mujer embarazada. Termino con estas palabras de Miguel Delibes: “Si el progresismo no es defender la vida, la más pequeña y menesterosa, contra la agresión social, y precisamente en la era de los anticonceptivos, ¿qué pinto yo aquí? Porque para estos progresistas que aún defienden a los indefensos y rechazan cualquier forma de violencia, la náusea se produce igualmente ante una explosión atómica, una cámara de gas o un quirófano esterilizado”.

Calor de hogar

Desde Justicia se ampara la vida del no nacido, un canto de esperanza la acuna. Calor de hogar, el regazo de la madre, ternura. Verdad y trasparencia. Voz para el no nacido que clama desde el seno materno y como escribió Julián Marías no decimos ‘qué es’ sino ‘quién es’. Científicamente está demostrado pero la tremenda frialdad del ser humano y extraños intereses creados, hacen oídos sordos a esas voces que claman en un desierto de cariño. La cultura de la muerte en pro del aborto constituye una de las mayores aberraciones de nuestro tiempo.

Artículo publicado hoy en: La Tribuna de Albacete

Nobleza obliga

El Rey de España más que cambiar el perfil, ha perfilado con esmero a la nobleza haciéndola asequible y cercana. Los nuevos títulos engrandecen -si se puede decir así- la grandeza. La ennoblecen en todos los campos del saber premiando el trabajo bien hecho, los logros conseguidos, el esfuerzo de la bonhomía que refleja y atrae lo mejor del ser humano. Nobleza obliga.