Estoy aquí

 

Escribir a pie de página de la vida es para mí un trabajo apasionante que abarca  días y noches, el latido de la existencia. Casi como el respirar, voy tomando nota de personas, lugares, circunstancias, sin necesidad de lápiz ni papel. Saber mirar, saber escuchar  y encontrar una voz  es un aprendizaje constante que lejos de cansar, fortalece la capacidad de expresión, herramienta básica y fundamental para las relaciones humanas.  Somos, por naturaleza, seres sociales. Lo nuestro es la comunicación. La paradoja, es que a pesar y también a causa de las redes sociales, la soledad de muchas personas se ha convertido en altavoz para recordarnos el tú a tú del trato genuino en  familia, con vecinos y amigos, en el trabajo y en las diversas circunstancias que la vida nos va deparando.

En la media distancia, a través de periódicos, revistas, programas de fiestas, boletines informativos y también en redes sociales, voy aportando mi bagaje personal de palabras estructuradas con esmero, tratando de construir piezas que encajen en el gran puzzle de la vida. Tengo que confesar que no dejo de aprender leyendo atentamente la existencia, al tiempo que disfruto con los libros de siempre, sin dejar de leer y subrayar artículos magistrales de tantos buenos maestros en todos los órdenes del saber.

Estoy aquí, en mi blog personal, desde hace unos años y hasta que Dios quiera.  Desde ‘EL BLOG  DE  KIKA’ también voy a seguir cerca de tantísimos seguidores agradecidos. Por supuesto que  continuo  con mis colaboraciones habituales y  estoy abierta a otras,  donde me  llamen  o tengan a bien recibirme.

El motivo de esta entrada en mi cuaderno de bitácora es agradecer  a todos los lectores que me han echado de menos en el periódico donde más tiempo llevaba colaborando ¡Casi veintiún años!… y sin explicación creíble, aplazamientos injustificados, llamadas en espera de reuniones que nunca se acaban… el silencio es la última respuesta que tengo, amén que, desde primeros de noviembre, han dejado de publicarme.  Jamás hubiera esperado algo así.  De todas formas agradezco haber podido tener una columna y publicado cientos de artículos, y sobre todo la posibilidad de conocer y tratar de amistad con tanta gente buena.

Pues aquí estoy para servir a Dios y a usted, como me enseñaron mis mayores. No tengo demasiado trabajo, ni estoy cansada, ni tan siquiera he tirado la toalla.

Pienso seguir articulando la vida… Por favor ¿Se lo puede decir a sus amigos?…

                                                                       ENTRE SUS LABORES. Kika Tomás y Garrido

 

 

 

 

‘¡Se lo voy a contar todo a Dios!’

Es la conmovedora frase que  un niño sirio herido por una bomba pronunció  antes de morir en el quirófano. Palabras que, sin lugar a duda, nos han llegado al alma. Palabras que son un aldabonazo  para nuestras conciencias. Palabras engarzadas del  dolor, tristeza y queja de un niño pequeño  que,  a buen seguro,  estará  en los brazos de Dios. Palabras que interpelan y obligan  a reflexionar. Palabras repletas de gritos enmudecidos  y  silencios que claman a viva voz. Palabras que tendrían que levantar un impetuoso  viento de paz, esa paz  siempre  empañada que  parece no empezar nunca. Palabras que seguramente habrán dicho otras muchas personas de todas las edades: niños, jóvenes y mayores  atrapados  injustamente en batallas y luchas de guerras por doquier. Palabras que quizás podríamos hacer nuestras, preguntándonos: ¿Qué le contaría yo a Dios?… ¿Curiosidad?…  ¿Examen de conciencia o coherencia?…  ¿Hablar por hablar?… ‘¡Se lo voy a contar todo a Dios!’… Dolor, desamparo, sollozo… y la tremenda confianza en Dios, de un niño herido de muerte, testigo de los horrores de la guerra. Vivimos en una sociedad  inmersa en la comunicación. Noticias de todo tipo y condición, sin filtros de ninguna clase, nos invaden sigilosamente, acostumbrándonos, si no lo remediamos, a recibirlas en bandejas de indiferencia. Casi sin darnos cuenta, percibimos el dolor y el horror, bajo la influencia de una especie de anestesia que tras espantarnos o condolernos momentáneamente ante lo que ocurre, nos tranquiliza y conduce a pasar página y seguir con lo de siempre, sin hacer nada y olvidando el sufrimiento  ajeno. Las redes sociales tienen capacidad de sobra para enredar  y desorientar a más de un incauto. Cierto que ni tenemos a mano la solución de todo, ni podemos vivir de espaldas a cuanto acontece, pero tampoco es necesario publicar  por publicar,  y menos incontroladamente. Tras la inmensa cantidad  de  intereses particulares y sectarios creados, es preciso generar  y fomentar un capital de humanidad que vele por los intereses comunes. Notas al margen, necesitamos formación para saber ir a las fuentes fidedignas y pasar por alto cuanto estimemos oportuno. Los límites de la libertad personal conllevan un exigente y estimable plus de responsabilidad. También me cuesta entender la publicación de imágenes que muestran con crudeza el dolor de los demás. ¿Qué quieren que les diga?… Si el niño, herido de muerte por una bomba, fuese hijo suyo ¿les gustaría ver esa fotografía publicada?… A mí, no. Quiero confiar en la deontología profesional.  No sé si ese niño al que más de uno hubiésemos querido abrazar, se lo diría todo a Dios, porque Él ya lo sabía, y curando  sus heridas, lo  tendrá entre sus brazos  con cariño y ternura eternos. Tampoco sé lo que cada uno de nosotros le dirá un día a Dios, pero sí sé que en el fondo de nuestro corazón, cada uno sabe lo que Él le pide, poco o mucho, para entre todos hacer un mundo mejor. Igual no es tan difícil.

Sopa de letras

 

Podría tratarse de la sopa más apetitosa para la gente menuda que, entre cucharada y cucharada, se entretiene reconociendo algunas letras o sacando a flote las necesarias para construir sus primeras palabras, más allá del tan manido ‘come y calla’. En silencio, por cierto, se aplican los aficionados a los pasatiempos, buscando atentamente en trazado vertical, horizontal o diagonal, la respuesta a un número determinado de preguntas, escondida en una enmarcada y, aparentemente enigmática ‘ Sopa de Letras’. Ni con cuchara, ni con lápiz, bolígrafo o rotulador. Algo distinto pero no tan distante se  ha  cocido en mi ordenador. No sé si habrá subido mucho la temperatura porque la pantalla hace de vez en cuando unos destellos que amenazan con fundirlo todo. Copia de seguridad al canto, mientras otro cantos de sirenas parecen querer confundirlo todo. Curioso juego de palabras para los mejores postores. Ni quito ni pongo rey pero me adhiero firmemente a la oferta más ventajosa para mí: seguir escribiendo. Escribir y publicar es un tándem inseparable para quienes hacemos oficio de una vocación que va mucho más allá de prebendas o beneficios. Lo nuestro es la comunicación engarzada en palabras, como una inmensa sopa de letras para compartir con el mundo entero. Escribir a pie de página de la vida, ayuda a subrayar lo que de verdad merece la pena. Quizás seamos hidalgos de la escritura, luchando contra molinos de vientos, que van y vienen sin rumbo, confundiendo la realidad. Tras más de dos décadas publicando en papel (libros, periódicos, revistas, boletines, folletos…), el soporte informático se ‘empeña’ en subirlo todo a la nube. Otra cosa muy distinta es quedarse merodeando por Babia, distraída y sin saber a qué atenerme, mientras se hacen  ajustes y desajustes entre opiniones y opinadores. Sumo experiencias y advertencias, y sigo con las manos sobre el teclado de mi portátil que, exhausto  y dócil, deja que acaricie sus letras, viejas amigas, para formar palabras y construir oraciones que articulen el devenir de la vida y la historia, con personas y personajes que existen más allá de las redes y no se complican la existencia con dimes y diretes que ignoran la verdad y la alegría de vivir. Centenares de artículos me han brindado la oportunidad de comunicarme con infinidad de personas y encontrar grandes amigos. La vida nos va mostrando grandes y pequeñas historias que trato de articular, a mi manera sí, pero con la ilusión y empeño de encontrar la voz. Espero que sigamos fieles a la cita en esta gran sopa de letras, más que un pasatiempo, un tiempo que no quiero dejar pasar.

 

 

Llamadas, chats, contactos

 

De la ‘A’  a  la  ‘ Z’, por nombres, apellidos, apelativos familiares y un sinfín de posibilidades, guardamos en nuestros móviles una amplísima agenda de contactos con los que conectamos una y otra vez, casi por arte de magia, sin importar las circunstancias y localización de cada cual porque los teléfonos tienen memoria y alarmas para advertir o avisar de seres y aconteceres. Tenemos en nuestras manos una fantástica herramienta de comunicación… si la sabemos utilizar. Parodiando el inicio del soneto burlesco de Quevedo, ‘Érase un hombre a una nariz pegado’… Érase una persona, millones de personas, pegadas a un móvil como si fuera un apéndice de su mano, incluso de su vida. Llamadas, chats, contactos, fotografías, vídeos, selfies, música e infinidad de sonidos que interrumpen por doquier sin querer, sin deber, sin parar. De un modo u otro, todos  estamos movilizados e inmovilizados a un tiempo. El mundo en nuestra pequeña pantalla y nosotros, tantas veces, fuera de cobertura porque no es lo mismo un emoticono, más o menos sabio que expresa hasta lo inexplicable, que la presencia de un familiar, un amigo, vecino, compañero de trabajo o de las penas y fatigas de la vida. Ni siempre ni nunca pero sí con frecuencia necesitamos estar con quiénes más queremos. Cuántos buenos e inolvidables raticos pasados juntos, donde se habla de todo y de nada, pero estamos pendientes unos de otros. Miradas, sonrisas, complicidad, confianza, voces y susurros, besos, ternura, diálogos, canciones, silencios, lágrimas, recuerdos, proyectos… la vida misma, nosotros mismos, la cadencia del acontecer en las distintas etapas y circunstancias de nuestra existencia. Mientras escribo este artículo  mi marido me ha enviado varias fotografías típicas de Las Fiestas de Primavera, bueno lo ha hecho a uno de los grupos familiares que tenemos, y los Whatsapp han circulado con fluidez. Han llamado por teléfono tres de mis hijos, desde diferentes puntos de nuestra geografía. Unos pendientes de otros, sí, pero en realidad, aunque sea circunstancial, estoy sola en casa. No creo que vengan los ladrones, sin embargo necesito que alguien robe este silencio que se me figura denso de más… y vuelve a sonar el móvil, otro hijo que llama, y hablamos, al tiempo oigo la llave… ya empiezan a venir, ni todos ni siempre, pero cada rincón de casa parece recobrar su sentido. Es hora de cenar. Enchufo el móvil para no quedarme sin batería, espero varias llamadas y tengo que enviar algún que otro mensaje. Tiempo al tiempo, pero no hay nada como disfrutarlo junto a quienes queremos.

Artículo publicado hoy en  La Opinión de Murcia

Nueva temporada, nuevas tendencias

Nueva temporada, nuevas tendencias

 

Vivimos en un mundo donde urgen  hábitos similares al  que  siempre ha  ayudado a reconocer a  quien lo lleva, además  de  los que  repetidos regularmente  forman  y  forjan a la persona. La buena educación  es  base de todo,  incluso en el terreno de la moda  y los padres como primeros educadores  podemos   ayudar a nuestros hijos  a lograr  madurez  y  criterio  para ir a la moda creando un estilo propio que dignifique su propio ambiente.  En la familia se aprenden las normas de conducta  para el buen comportamiento social. El todo vale es absurdo  y obsoleto. La  alta costura no  está  reñida con la costura de altura, es decir, con la moda acorde según edad, circunstancias y estilos de vida. Con el verano, flores y colores desfilan alegrando las pasarelas. La moda atraviesa  de forma trepidante las estaciones del año, propiciando una nueva  percepción  del  tiempo auspiciada por una  exhaustiva  prospección  del mercado. No hay compás de espera: Nueva temporada, nuevas tendencias.  Modelos, tejidos, formas y colores aparecen y desaparecen casi por sorpresa. Lo de coser y cantar tiene sus entretelas, visibles por virtuales rotos y descosidos que pueden llegar a minimizar la personalidad cuando lo que realmente interesa  es vivir de la apariencia, disfrutando de la  experiencia  del  ‘disfraz’ del momento para que lo aprueben los demás. Se pasa de la propia identidad,  buscando en el mimetismo  un diferenciarse que no supera muchas veces una anodina uniformidad,  sobre todo en  gente joven. La  autodeterminación  se diluye alegremente en lo que se lleva porque sí, obviando  la coherencia  del  ser personal. La persona posee un  mundo interior,  se presenta por la apariencia pero se define por la calidad de sus vínculos, su capacidad de relación. Nos hemos acostumbrado a que se ventile la intimidad no sólo en el patio de vecinos de toda la vida sino en programas que la mayoría tilda de ‘basura’ pero cuyos índices de audiencia se disparan  a cifras increíbles. Los sentimientos son situaciones anímicas que experimentamos ante la valoración de la realidad. El sentido del pudor es un sentimiento natural que está destinado a custodiar algo que valoramos, nuestra intimidad y sobre todo la capacidad de amar;  se vuelca la intimidad con la persona que se quiere. La dignidad de la persona es única e irrepetible, un fin en sí mismo, un misterio. La cultura de la imagen conduce a  un tremendo analfabetismo sobre los valores fundamentales de la persona. El tener satisfechas ciertas necesidades económicas (consumismo) e instintivas (hedonismo), se identifica, engañosamente, como  la  fórmula fácil para ser feliz,  mientras  la vida misma nos hace comprobar que no es así. Nueva temporada,  nuevas tendencias  y  nuevo estilo personal. No somos caricaturas ni tristes figuras de un mercadeo del cuerpo. El buen gusto no está reñido con el sentido común. Moda  a nuestro modo.

Artículo publicado hoy en La Opinión de Murcia

Madres

 

Madres de ayer y madres de hoy

Madres en cualquier circunstancia

Madres en todo tiempo y lugar

Madres… SIEMPRE

Mi viñeta preferida:

Mafalda y las madres…

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Las madres con Mafalda…

Ahora sí, todas en una,

desde El Blog de Kika

¡Felicitaciones a Quino, padre de Mafalda, por el merecido

Premio Príncipe de Asturias!

 

 

 

Buenos días, soy el cartero

A media mañana, cuando suena el telefonillo de la puerta, descuelgo preguntando quién es y espero con agrado su saludo habitual: – ‘Buenos días, soy el cartero’. Reconozco la voz amable de una persona bonachona. Ha llamado a casa no dos sino un número considerable de veces. Suelo estar enfrascada en quehaceres domésticos, leyendo  o  tratando de escribir con  ayuda del portátil. Le respondo con rapidez: – ¡Sí! ¡Vale! Y sigo en lo mío. No es que le deba ninguna explicación pero creo que de alguna manera tendré que agradecerle la cantidad de buenos días que me ha deseado, además de ser el mensajero incondicional de las mejores noticias porque las malas se suelen comunicar hablando, casi en un vis a vis. Alguna vez, saliendo apresurada de casa, me he encontrado con el cartero repartiendo pacientemente las cartas en los buzones de la entrada. Le sonrío y me responde con su habitual  ‘buenos días’. Es un hombre tranquilo, de mediana edad y cierta corpulencia, será que lleva guardados montones de buenos días para repartirlos contra viento y marea, con la paciencia y amabilidad de siempre. Se ha convertido en un personaje típico de mi barrio e indispensable para mi casa porque no se puede pasar así como así de alguien que te desee siempre un buen día. Mientras escribo no dejan de llegar mensajes de soporte electrónico tan rápidos de recibir como de eliminar pero suelen entrar sin previo aviso y ¿qué quieren que les diga? ¡No es lo mismo! Sin embargo se han adueñado de nuestro tiempo y a poco que nos descuidemos de nuestra voluntad. No es raro encontrarse por la calle con viandantes dando tumbos, distraídos mirando a ver que novedad ofrece su móvil o cualquier otro dispositivo electrónico. Mucho peor es observar a parejas o grupos de personas sentados en torno a una mesa que se convierte en testigo mudo de ‘cada uno a lo suyo’. Va siendo hora de poner las cartas sobre la mesa y volver a nuestro juego. Relacionarnos unos con otros, aprovechando los nuevos medios pero sin olvidar comunicarnos con quienes estamos en cada momento. Mirar, escuchar, hablar y, por supuesto,  no dejar de escribir alguna que otra carta con buenas noticias que el cartero llevará a su destinatario con esmero. Ahora tengo que enviar este artículo por correo electrónico pero cuando se lea quiero que cada uno reciba los buenos días que siempre desea mi cartero.

Artículo publicado hoy en La Opinión de Murcia