Letras, palabras, frases… oraciones

 

Como siempre, a pie de página de la vida que pasa y se queda, que viene y va deletreando la existencia. Apenas balbuceamos las primeras letras, cuando sin del todo saber, comprendemos el significado de las palabras que fundamentan nuestro vivir… Amor, familia, amistad, verdad, paz, trabajo, fidelidad… Palabras que van construyendo frases quizás no grandilocuentes, pero repletas de esa coherencia que subraya la dignidad de toda vida. Oraciones, que tantas veces dan fe de un creer en un más allá, transido de ruego y súplica, de perdón y agradecimiento, de adoración y desagravio. Ese rezar sin orar de la vida que esculpe jaculatorias repletas de súplica. Letras, palabras, frases… oraciones que quizás aprendimos de niños. Crecer es un sin parar y quizás un sinvivir del que tendríamos que tomar nota, como siempre, a pie de página de esta vida cuasi empeñada en escaparse de nuestras manos. Coger las riendas de la existencia, tantas veces desbocada, es tarea imprescindible para todo aquel que quiera aprovechar al máximo el lujo de vivir. Dos días y una eternidad. Deletrear, leer y escribir, entender, captar la existencia. Pasar por alto y detenerse, de cuando en cuando, en el camino. Perder y ganar tiempo junto a innumerables compañeros de viaje. Arrieros somos, cargando con el devenir de la vida que fluctúa sobre las olas del porvenir. Un sinfín de palabras para comunicarnos con los demás, también a través de la elocuencia del silencio. Hablar y callar. Reflexionar. Escuchar, atender, comprender, aprender, enseñar… Fundamentar nuestro vivir con la rúbrica de la verdad. Esmerada caligrafía virtual que narra los pormenores de la existencia, página a página. Y van quedando los recuerdos como cimientos de los proyectos más audaces. El día a día, con sus letras, palabras y frases que no pocas veces se convierten en oraciones que suben al cielo como lluvia de estrellas que caen sobre nosotros de nuevo… Estrellas fugaces y miles, millones de deseos. Voces y silencios, siempre, repito, a pie de página de esa vida que, aún sin saber, escribimos todos los días… Amor, familia, amistad, verdad, paz, trabajo, fidelidad… Palabras, que el buen Dios, no deja de enseñarnos una y otra vez, sin tener en cuenta nuestros tachones o borrones. Despacito y buena letra…

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‘¡Se lo voy a contar todo a Dios!’

Es la conmovedora frase que  un niño sirio herido por una bomba pronunció  antes de morir en el quirófano. Palabras que, sin lugar a duda, nos han llegado al alma. Palabras que son un aldabonazo  para nuestras conciencias. Palabras engarzadas del  dolor, tristeza y queja de un niño pequeño  que,  a buen seguro,  estará  en los brazos de Dios. Palabras que interpelan y obligan  a reflexionar. Palabras repletas de gritos enmudecidos  y  silencios que claman a viva voz. Palabras que tendrían que levantar un impetuoso  viento de paz, esa paz  siempre  empañada que  parece no empezar nunca. Palabras que seguramente habrán dicho otras muchas personas de todas las edades: niños, jóvenes y mayores  atrapados  injustamente en batallas y luchas de guerras por doquier. Palabras que quizás podríamos hacer nuestras, preguntándonos: ¿Qué le contaría yo a Dios?… ¿Curiosidad?…  ¿Examen de conciencia o coherencia?…  ¿Hablar por hablar?… ‘¡Se lo voy a contar todo a Dios!’… Dolor, desamparo, sollozo… y la tremenda confianza en Dios, de un niño herido de muerte, testigo de los horrores de la guerra. Vivimos en una sociedad  inmersa en la comunicación. Noticias de todo tipo y condición, sin filtros de ninguna clase, nos invaden sigilosamente, acostumbrándonos, si no lo remediamos, a recibirlas en bandejas de indiferencia. Casi sin darnos cuenta, percibimos el dolor y el horror, bajo la influencia de una especie de anestesia que tras espantarnos o condolernos momentáneamente ante lo que ocurre, nos tranquiliza y conduce a pasar página y seguir con lo de siempre, sin hacer nada y olvidando el sufrimiento  ajeno. Las redes sociales tienen capacidad de sobra para enredar  y desorientar a más de un incauto. Cierto que ni tenemos a mano la solución de todo, ni podemos vivir de espaldas a cuanto acontece, pero tampoco es necesario publicar  por publicar,  y menos incontroladamente. Tras la inmensa cantidad  de  intereses particulares y sectarios creados, es preciso generar  y fomentar un capital de humanidad que vele por los intereses comunes. Notas al margen, necesitamos formación para saber ir a las fuentes fidedignas y pasar por alto cuanto estimemos oportuno. Los límites de la libertad personal conllevan un exigente y estimable plus de responsabilidad. También me cuesta entender la publicación de imágenes que muestran con crudeza el dolor de los demás. ¿Qué quieren que les diga?… Si el niño, herido de muerte por una bomba, fuese hijo suyo ¿les gustaría ver esa fotografía publicada?… A mí, no. Quiero confiar en la deontología profesional.  No sé si ese niño al que más de uno hubiésemos querido abrazar, se lo diría todo a Dios, porque Él ya lo sabía, y curando  sus heridas, lo  tendrá entre sus brazos  con cariño y ternura eternos. Tampoco sé lo que cada uno de nosotros le dirá un día a Dios, pero sí sé que en el fondo de nuestro corazón, cada uno sabe lo que Él le pide, poco o mucho, para entre todos hacer un mundo mejor. Igual no es tan difícil.

Siguiendo la estrella

A estas alturas del mes de enero, nadie lo duda, todos estamos seguros: Los Reyes Magos siguen muy de cerca a la Estrella que les llevará hasta  el Portal de Belén. Allí, postrados ante el Niño Dios, le ofrecerán sus ricos presentes: Oro, Incienso,  Mirra… Le adorarán y le dirán majestuosamente esas ternezas que decimos a los niños. ‘San José mira a la Virgen, la Virgen mira a José, el Niño mira a los dos, y se sonríen los tres’, tararea el villancico popular. Y cantan los Ángeles…’Paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad’…Creo que casi todos. ‘Pastores venid, pastores llegad’… cada oveja con su pareja…¡Vayamos al Portal!…Nada tiene que ver con el ‘mal dicho’ popular de bailar en Belén. Vamos y venimos, entusiasmados y esperanzados. Merodeamos cerca de La Sagrada Familia. Nos acercamos y sin querer remediarlo nos quedamos embobados, ensimismados. Dios nos espera siempre. Cada persona tiene que seguir su estrella, su vida de cada día, con el esmero de ofrecer al Rey de reyes  lo mejor. Nuestro oro, incienso y mirra. Nuestro requesón manteca y vino…Nuestras alegrías y tristezas, ocupaciones y preocupaciones…ese pan nuestro que pedimos a diario. Siguiendo la estrella puede que, con cierta frecuencia, la tapen nubes o nubarrones y nos encontremos de pronto como perdidos e incluso desorientados… ¡Cuidado con los Herodes!…Saber esperar y empeñarnos en seguir nuestro camino…Dudar y confiar. Continuar  con ilusión y esmero. ‘Hacer poesía de la prosa de cada día’… buena melodía. Siguiendo la estrella muchos coincidiremos y , encontraremos, junto a la alegría de reconocernos, la esperanza de podernos ayudar unos a otros. ¡Arrieros somos!… Ya vienen los Reyes, ya están llegando… ¡Mirad la Estrella!… La estamos siguiendo… Seguro que la alcanzamos…

A propósito

 

…De los propósitos para 2016.  Año recién estrenado, tan nuevo para todos que queremos hacerlo nuestro de forma impecable, envolviéndolo con los mejores deseos. Planificar impulsivamente tiene fecha de caducidad casi instantánea, como el estampido del corcho de una botella de champán… ruido y burbujas. No sé si no queremos o  realmente no nos enteramos porque año tras año, intentamos dirigir el mejor concierto de nuestra existencia… sin afinar los instrumentos. La vida sigue prácticamente igual. Lo que sí está en nuestras manos es hacer lo que tenemos que hacer, con la novedad de una gran oportunidad para intentarlo otra vez. Perspectiva optimista, aprovechando la realidad para afianzar los mejores sueños. Los fuegos artificiales -castillos en el aire-, colorean y dan brillo a muchas noches que no dejan de serlo cuando estos se apagan. Propósitos, pocos y realistas. La luna, cada vez más cerca, no suele estar a nuestro alcance, pero por pedir… De ilusión se vive poco y mal. Otra cosa es ilusionarnos con cuanto tenemos entre manos, todo parece más fácil y nos esforzamos de modo especial, casi sin darnos cuenta, superando con creces la meta marcada que no es otra que la plenitud de  vida, cada uno la suya, sin salirnos de nuestro sitio por falsos espejismos que no hacen más que distorsionar la realidad. Somos como somos, aunque podemos mejorar, y  siempre tenemos que contar con la cara y cruz de la moneda o talento que poseemos para negociar. No sé ustedes, pero para mí, el primer día del año ha sido como un compendio de los trescientos sesenta y cinco restantes. La vida misma, con sus luces y sombras, encantos y desencantos, proyectos e ilusiones, encuentros y desencuentros, trabajo, descanso, penas y alegrías. Jornada Mundial de la Paz, esa paz que parece no empezar nunca. El Concierto de Año Nuevo, desde Viena, nos ha llevado en volandas por ríos de música… Danubios azules bajo cielos donde las estrellas fugaces juegan a  conceder deseos. Hoy, definitivamente, nos hemos despedido de un año que al final estaba demasiado achacoso. 2016, se presenta impoluto, casi transparente, cegándonos con una claridad perecedera e irreal porque cada uno de nosotros somos, con nuestro modo de vivir, los que vamos a dar sentido a  sus días y noches. La responsabilidad es personal. Es bueno hacer algunos propósitos y, mucho mejor, llevarlos a cabo. El qué, cómo, cuándo, dónde y  porqué, supone cuasi un trabajo profesional de investigación y examen. El nuevo año es al mismo tiempo aventura, reto y  proyecto. Son los primeros días del resto de nuestra vida. A propósito: ¡Feliz 2016!

Artículo publicado hoy en La Tribuna de Albacete

A bocajarro

De improviso, inopinadamente, a quemarropa, brutalmente, sin rodeos… muerte, dolor, pánico, terror. La vida arrebatada de un zarpazo. Desolación, tristeza, incomprensión, rabia, locura, hedor. Lágrimas… llanto de impotencia y miedo; sollozos de pena, ternura, soledad, fraternidad. Búsqueda desesperada de los seres queridos. Encuentros… y encuentros. Vidas destrozadas literal y anímicamente. Desorientación. Almas en pena. Gritos, alaridos. Misericordia. Ayuda, abrazos, cobijo, regazo, consuelo, descanso. Todos somos víctimas del sinsentido del terrorismo, de la violencia exacerbada. Libertad, igualdad y fraternidad ante la barbarie. Unidad por un mundo en paz. No sé por qué (¿…?) he recordado el título del libro ‘La paz empieza nunca’ (Emilio Romero. Premio Planeta 1957). Curiosamente, el personaje central dice  que vivir resulta una aventura y que una buena parte de las vidas son aventuras apasionantes que no figuran en las Historias Universales, porque éstas son unos libros muy pequeños y bastante ingenuos…y habla de un náufrago que de repente, perdido todo, descubre algo que le lleva a luchar por salvarse… La paz empieza nunca podría ser el título de una buena novela y nada más, pero no podemos ser ingenuos, inmersos como estamos en esta que dicen tercera guerra mundial de  innumerables campos de batalla. Vidas truncadas, heroísmos inenarrables, náufragos que alzan sus brazos al mundo entero. Historias de amor y odio. Testimonios impresionantes de personas extraordinarias con capacidad para reconstruir su existencia aferrados a lo mejor que tienen, el recuerdo omnipresente de sus seres queridos asesinados a bocajarro, y el empeño por luchar y hacer felices a los que más quieren… Todos somos París y cualquier escenario de la barbarie. Y  rezamos aún sin saber rezar porque necesitamos hablar con el Dios de todos para que nos ayude y proteja, para decirle que no entendemos, para pedirle quizá que de una vez por todas, nos amemos. ‘El hermano ayudado por el hermano es tan fuerte como una ciudad amurallada’…donde no hay entrada para el odio. Libertad, igualdad, fraternidad bajo el cielo  de la ciudad de la luz. Nuevo atentados terroristas. Sigue la vida, con luces y sombras, tristezas y alegrías… El tiempo pasará… pero siempre nos quedará París…

Artículo publicado hoy en  La Opinión de Murcia

 

Página principal

Cuando me dispongo a escribir en mi portátil, tras introducir la contraseña, accedo a la página principal y ¡Ancha es Castilla! Ánimo y libertad para ir articulando retazos de la vida sin dejarme amedrentar por el ‘folio-pantalla’ en blanco. Entre las labores (ocupaciones, trabajos) que he realizado, quiero subrayar las que se derivan de ser madre de familia numerosa, por su variedad, riqueza y exigencia profesional. Aprendizaje e  innovación han sido una constante, reforzada por el apoyo y colaboración de todos… ¡un buen equipo!… como el de cualquier familia unida. Padres e hijos no hacemos  más que recoger y pasar el testigo. En cierto modo, somos eslabones de la cadena de felicidad del ser humano. En realidad, cada persona va escribiendo las páginas de su historia, siendo la principal por su importancia, la que hace referencia a la familia. Más que árboles genealógicos, árboles buenos que se conocen por sus frutos. ‘Familia sé lo que eres’, exhortaba San Juan Pablo II. Sin embargo, además de los ataques a la institución familiar, el desarraigo y desestructuración, se han convertido en moneda de cambio de una sociedad donde opulencia y  miseria reflejan su imagen, distorsionada y tristemente real. Las guerras y el fanatismo religioso han provocado el éxodo más grande de todos los tiempos, sin tierra prometida con la que soñar. No podemos acostumbrarnos al dolor  y  la muerte de los demás. Las noticias se agolpan sin dejar  lugar para la reflexión. De cuando en cuando, el clamor general sube de tono ante imágenes impactantes de quiénes en la huida se quedan al margen de la existencia. Arriesgarse padres, hijos o todos los miembros de la familia en tan peligrosa andadura, es más que una desesperación. Urge, como dice el Papa Francisco, la cultura del encuentro. Abrir de par en par las puertas de la generosidad  en un mundo donde los gobernantes apuesten definitivamente por el bien común. A nivel personal es indispensable ponerse en el lugar del otro, comprender, querer. Es en la familia donde se aprende y emprende el cariño. ‘Ama y haz lo que quieras’ (San Agustín).  Cuando leemos un libro o el periódico, lo normal es ir pasando las páginas. No ocurre así cuando se trata del libro de la vida en el que cada uno es protagonista. Todos formamos parte de la gran familia humana. Parece fácil aprender la contraseña para tener acceso  a la página principal de la Humanidad: FAMILIA.

Artículo publicado hoy en La Opinión de Murcia