‘¡Se lo voy a contar todo a Dios!’

Es la conmovedora frase que  un niño sirio herido por una bomba pronunció  antes de morir en el quirófano. Palabras que, sin lugar a duda, nos han llegado al alma. Palabras que son un aldabonazo  para nuestras conciencias. Palabras engarzadas del  dolor, tristeza y queja de un niño pequeño  que,  a buen seguro,  estará  en los brazos de Dios. Palabras que interpelan y obligan  a reflexionar. Palabras repletas de gritos enmudecidos  y  silencios que claman a viva voz. Palabras que tendrían que levantar un impetuoso  viento de paz, esa paz  siempre  empañada que  parece no empezar nunca. Palabras que seguramente habrán dicho otras muchas personas de todas las edades: niños, jóvenes y mayores  atrapados  injustamente en batallas y luchas de guerras por doquier. Palabras que quizás podríamos hacer nuestras, preguntándonos: ¿Qué le contaría yo a Dios?… ¿Curiosidad?…  ¿Examen de conciencia o coherencia?…  ¿Hablar por hablar?… ‘¡Se lo voy a contar todo a Dios!’… Dolor, desamparo, sollozo… y la tremenda confianza en Dios, de un niño herido de muerte, testigo de los horrores de la guerra. Vivimos en una sociedad  inmersa en la comunicación. Noticias de todo tipo y condición, sin filtros de ninguna clase, nos invaden sigilosamente, acostumbrándonos, si no lo remediamos, a recibirlas en bandejas de indiferencia. Casi sin darnos cuenta, percibimos el dolor y el horror, bajo la influencia de una especie de anestesia que tras espantarnos o condolernos momentáneamente ante lo que ocurre, nos tranquiliza y conduce a pasar página y seguir con lo de siempre, sin hacer nada y olvidando el sufrimiento  ajeno. Las redes sociales tienen capacidad de sobra para enredar  y desorientar a más de un incauto. Cierto que ni tenemos a mano la solución de todo, ni podemos vivir de espaldas a cuanto acontece, pero tampoco es necesario publicar  por publicar,  y menos incontroladamente. Tras la inmensa cantidad  de  intereses particulares y sectarios creados, es preciso generar  y fomentar un capital de humanidad que vele por los intereses comunes. Notas al margen, necesitamos formación para saber ir a las fuentes fidedignas y pasar por alto cuanto estimemos oportuno. Los límites de la libertad personal conllevan un exigente y estimable plus de responsabilidad. También me cuesta entender la publicación de imágenes que muestran con crudeza el dolor de los demás. ¿Qué quieren que les diga?… Si el niño, herido de muerte por una bomba, fuese hijo suyo ¿les gustaría ver esa fotografía publicada?… A mí, no. Quiero confiar en la deontología profesional.  No sé si ese niño al que más de uno hubiésemos querido abrazar, se lo diría todo a Dios, porque Él ya lo sabía, y curando  sus heridas, lo  tendrá entre sus brazos  con cariño y ternura eternos. Tampoco sé lo que cada uno de nosotros le dirá un día a Dios, pero sí sé que en el fondo de nuestro corazón, cada uno sabe lo que Él le pide, poco o mucho, para entre todos hacer un mundo mejor. Igual no es tan difícil.

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Siguiendo la estrella

A estas alturas del mes de enero, nadie lo duda, todos estamos seguros: Los Reyes Magos siguen muy de cerca a la Estrella que les llevará hasta  el Portal de Belén. Allí, postrados ante el Niño Dios, le ofrecerán sus ricos presentes: Oro, Incienso,  Mirra… Le adorarán y le dirán majestuosamente esas ternezas que decimos a los niños. ‘San José mira a la Virgen, la Virgen mira a José, el Niño mira a los dos, y se sonríen los tres’, tararea el villancico popular. Y cantan los Ángeles…’Paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad’…Creo que casi todos. ‘Pastores venid, pastores llegad’… cada oveja con su pareja…¡Vayamos al Portal!…Nada tiene que ver con el ‘mal dicho’ popular de bailar en Belén. Vamos y venimos, entusiasmados y esperanzados. Merodeamos cerca de La Sagrada Familia. Nos acercamos y sin querer remediarlo nos quedamos embobados, ensimismados. Dios nos espera siempre. Cada persona tiene que seguir su estrella, su vida de cada día, con el esmero de ofrecer al Rey de reyes  lo mejor. Nuestro oro, incienso y mirra. Nuestro requesón manteca y vino…Nuestras alegrías y tristezas, ocupaciones y preocupaciones…ese pan nuestro que pedimos a diario. Siguiendo la estrella puede que, con cierta frecuencia, la tapen nubes o nubarrones y nos encontremos de pronto como perdidos e incluso desorientados… ¡Cuidado con los Herodes!…Saber esperar y empeñarnos en seguir nuestro camino…Dudar y confiar. Continuar  con ilusión y esmero. ‘Hacer poesía de la prosa de cada día’… buena melodía. Siguiendo la estrella muchos coincidiremos y , encontraremos, junto a la alegría de reconocernos, la esperanza de podernos ayudar unos a otros. ¡Arrieros somos!… Ya vienen los Reyes, ya están llegando… ¡Mirad la Estrella!… La estamos siguiendo… Seguro que la alcanzamos…

Cantar de Navidad

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Una cosa son los villancicos, canciones populares alegres que se cantan por Navidad, y otra escribir sobre ella. Es otro cantar, conocido y tarareado por muchos, mientras no pocos nos esmeramos en cuasi dibujar las letras más bonitas y entrañables. Borrón y cuenta nueva, año tras año, Navidad tras Navidad, lucen lunas y estrellas con cierto rubor ante la Luz del mundo, un mundo que se asemeja a un inmenso belén repleto de figuras vivientes que andan en sus afanes, atentas o ajenas al gran acontecimiento. Nos miramos unos a otros, con la curiosidad innata de ver y aprender, recordar u olvidar. Son muchos los caminos que se entrecruzan o no por múltiples y variopintos paisajes que cambian de color del día a la noche. Soles y estrellas iluminan el firmamento, extendiendo sus rayos de luz por ríos y mares casi de cuento. Se levantan altivos palacios y castillos, puentes y altísimos edificios. Palmeras de oriente y occidente, árboles frutales, jardines y bosques, pueblos y ciudades. Casas pequeñas y grandes. La gente viene y va, ríe y llora, sufre, disfruta, trabaja, descansa, tiene, carece, busca, halla… Navidad es un canto a la esperanza. Dios mismo es El que viene, se acerca a nosotros, se abaja. Como Niño recién nacido sonríe ante nuestro asombro. En un viejo portal, al calor de un buey y una mula, entre pajas humilde cuna. Eligió a su Madre, La Virgen María, más excelsa que ninguna, custodiada por el bueno de San José. Una familia, un hogar, un nacimiento, unas dificultades, una historia de Amor, con mayúsculas, que trajo la paz a los hombres de buena voluntad. Cantar de Navidad, cantar de la familia de los hijos de Dios. Somos parte de un monumental belén viviente. Lo que importa es acercarse un poco más al portal cada Nochebuena. El Niño nos aguarda. Su Madre, también nuestra, nos lo enseñará y dejará que lo estrechemos en nuestros brazos  y que le demos muchos besos. Llega La Navidad, plazas y calles brillan ataviadas con guirnaldas de luces y adornos. Estrellas y campanas, abetos y flores de pascua, ángeles y pastores. Belenes para visitar. Regresamos a nuestro hogar. Unos vienen, otros van, algunos ya no están… Como cada Nochebuena, como cada Navidad, la historia se repite con la novedad de volver a empezar. Preparamos nuestras casas para celebrar fiesta tan familiar. El belén, el árbol, los regalos. Nos afanamos por agradar, ayudar, querer a los demás. Nadie escatima esfuerzos. Tarareamos villancicos yendo de allá para acá. Guitarras y panderetas, zambombas y cascabeles. Voces infantiles, ternura, recuerdos, vivencias, emociones. La Nochebuena que viene, la Nochebuena se va. Días de fiesta y calor de hogar. Alrededor de Jesús, María y José ¡Feliz Navidad!

 

Artículo publicado en La Opinión de Murcia

Don Álvaro

 

No hace mucho tiempo alguien me sugirió escribir algún artículo sobre Mons. Álvaro del Portillo. Respondí afirmativamente porque me cuesta decir no a cuanto puede servir para hacer el bien. Le comenté a una amiga a lo que me había comprometido sin pensarlo, es más le dije que ni siquiera le había visto nunca. Ella no dudó en prestarme una revista que guardaba como oro en paño ‘Don Álvaro, fidelidad día tras día’. Página tras página no dejaban de asombrarme la paz y serenidad que irradiaba el primer sucesor de San Josemaría. Cuando me encontré ante la fotografía del ahora santo Juan Pablo II abrazando a don Álvaro durante la audiencia con el entonces Papa, tras la solemne beatificación del Fundador del Opus Dei, me ocurrió algo similar -salvando años luz de distancia- lo que a San Pablo. Caí de bruces… y vi con inmensa claridad el espíritu del Opus Dei, porque yo estuve en Roma y presencié ese abrazo y  ¡claro que había conocido a don Álvaro! pero estaba pendiente del  Beato Josemaría que además me concedió el favor de encontrarme entre la multitud que asistió a la ceremonia, con cuatro de mis hermanos que era como intentar buscar la aguja en el pajar .’Que yo desaparezca porque la Obra es Tuya’. Con razón escribió el Fundador del Opus Dei: “Álvaro es un modelo, y el hijo mío que más ha trabajado y más ha sufrido por la Obra, y el que mejor ha sabido coger mi espíritu”. No sé si tendré que pedirle perdón o agradecerle esta magnífica lección sobre ser Opus Dei, además de su gran ayuda a San Josemaría para salvar tantas dificultades para que La Obra fuera realmente una ‘partecica’ de La Iglesia. Rubrica esta verdad la dedicatoria de su Fundador :’Para mi hijo Álvaro, que, por servir a Dios, ha tenido que torear tantos toros’. Me parece oportuno subrayar algunas de las iniciativas sociales y educativas llevadas a cabo por impulso del entonces Prelado del Opus Dei. El Papa Francisco ha dicho de él  que es “Un precioso ejemplo de vida”. Creo que ha entrado en el cielo como los buenos toreros salen de la plaza de toros… ¡POR LA PUERTA GRANDE!

 

 

 

Perdono

 

‘La ambulancia atravesaba el tráfico de Roma tras el atentado y yo sentía que estaba muriendo. Le tomaba la cabeza. Él rezaba, pero no por él, sino por quién le había disparado, y no sabía ni siquiera quién era. <<Perdono>>, decía. <<Perdono>>, repetía. Perdía la conciencia, pero se agarraba tenazmente a la vida, rezando por la Iglesia. Me parece que es lo más grande de Karol Wojtyla’. Impresionante testimonio sobre Juan Pablo II  del cardenal Stanislaw Dziwisz que estuvo medio siglo junto a él. La historia la conocemos pero teniendo tan reciente la canonización de este Papa ‘venido de lejos’ y el 13 de mayo, todo cobra una gran actualidad pues fue La Virgen de Fátima quien le protegió y a quien llevó la bala que no le mató. Además, mayo es un mes dedicado especialmente a nuestra Madre del Cielo y, de una manera u otra, pequeños y mayores ponemos empeño en agasajarla. Se suceden las romerías engarzadas con rosarios de avemarías. Fiesta, devoción y tradición se aúnan con las flores llevadas a María. <<Totus Tuus>>  lema que escogió Juan Pablo II para su pontificado. Fue el Papa de los jóvenes, de las familias… y del perdón. Como él, podemos ponernos bajo la protección de La Virgen para que aprendamos a pedir perdón y perdonar porque casi siempre complicamos las situaciones tomando caminos equivocados para el encuentro. Querer es lo primero, lo segundo y lo de siempre. Cuando se quiere de verdad no se tiene en cuenta el mal que nos hacen: ‘El amor todo lo perdona’… de la preciosa carta sobre la caridad que San Pablo dirige a los de Corinto y que prácticamente se lee en todas las bodas aunque luego nos casamos con las mil razones que nos vuelven locos en dimes y diretes que van levantando murallas tantas veces infranqueables. Leí una vez de la historia de Caín y Abel que se encontraron en la otra vida y ambos se decían: -¿Fuiste tú quien me mató o fui yo quién te maté?… A veces, ni tan siquiera somos dueños de las decisiones que hemos de tomar pues además de ‘Los intereses creados’ de Benavente, no estamos solos en el litigio y no es poco lo que se convierte en arma de doble filo. Decir ‘Adiós a las armas’ es mucho más que el título de una buen película. Me quedo con el ejemplo de Juan Pablo II y esa palabra que resume todo un compendio de amor: <<Perdono>>

ROMA

Sí con mayúsculas porque hoy 27 de abril de 2014, es un día grande en la Ciudad Eterna. La canonización de los papas Juan XXIII y Juan Pablo II  ha convertido a Roma en el centro del mundo. Personas de toda clase y condición contemplaremos este acontecimiento, sin precedentes en la Historia, desde los lugares más recónditos de la Tierra. Una fiesta de Fe que aúna a creyentes y no creyentes, ante el testimonio extraordinario de los dos nuevos santos de la Iglesia Católica. Cerca de un millón de personas han acudido a presenciar este magno acontecimiento a Roma que, partiendo de  La Ciudad del Vaticano, ha abierto sus brazos para acoger al mundo entero con un mismo latir. Junto a la devoción que cada santo despierta, Juan XXIII y Juan Pablo II han movido montañas de fe, admiración y cariño. El Papa que decían era de transición  y un Papa venido de lejos, suben a los altares siguiendo el querer de Dios y seguidos del querer universal personalizado, íntimo y esperanzado de cada uno de nosotros. Ser testigos de la Historia es algo común de todos los mortales a través del tiempo pero ser testigos de la santidad de personas tan cercanas, compromete.  Lo sorprendente es que cada uno ha tenido los fallos propios de la condición humana pero lejos de estancarse en ellos, lucharon de manera heroica por alcanzar la perfección a la que habían sido llamados. La renovación de la Iglesia, a través del Concilio Vaticano II, fue obra de un Papa octogenario, Juan XXIII, fiel a Dios que seguía alegrando su juventud. El Papa de los jóvenes, Juan Pablo II, gritó a todos: ‘¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo!’… con la fuerza y atractivo de su  propia juventud y abrazando, firme y amorosamente, la cruz de  la enfermedad en su vejez. El papa Francisco al canonizar a estos grandes santos nos muestra la cercanía del cielo invitándonos personalmente a abandonar la mediocridad. Los nuevos santos, llevan el nombre de San Juan como el Precursor enviado por Dios para preparar el camino al Salvador. Doctores tiene la Iglesia pero al común de los fieles cristianos, el papa Francisco nos ha recordado (Evangelii Gaudium) que, afianzados y fortalecidos en la fe, es hora de iluminar, transformar, de salir y transmitir la alegría de creer. Qué mejor ejemplo que el de los nuevos santos que nos han hablado siempre de un Dios a quién conocían y trataban familiarmente como si lo estuvieran viendo. 

Juan Pablo II y Juan XXIII

 

 

 

A todos nos gusta contar nuestra relación personal con los dos papas que mañana serán canonizados en una ceremonia en la que estarán presentes otros dos papas. Conocí a Juan XXIII a través de las ‘Vidas ilustre y ejemplares’ en forma de comics que mis padres nos compraban. Juan Pablo II ha sido el papa de la juventud de mi familia. Tanto mi marido como mis hijos y yo misma (por turnos,nunca todos a la vez), hemos estado cerca de él en sus viajes por España (Santiago, Granada, Asturias, Madrid…) y en Roma. Muchas historias para recordar y dar gracias a Dios. Palabras impresas en periódicos y revistas, desperdigadas por La Red y guardadas en el corazón…

Estos  vídeos  que comparto en mi blog  son un eslabón más en esa cadena humana que nos une tan estrechamente alrededor del Papa Bueno y Del Papa de los jóvenes.

Sí, aunque ya peinemos canas ¡Esta es la juventud del Papa!…

Como dice el Papa Francisco: ‘¡Hay que armar lío!’…