A bocajarro

De improviso, inopinadamente, a quemarropa, brutalmente, sin rodeos… muerte, dolor, pánico, terror. La vida arrebatada de un zarpazo. Desolación, tristeza, incomprensión, rabia, locura, hedor. Lágrimas… llanto de impotencia y miedo; sollozos de pena, ternura, soledad, fraternidad. Búsqueda desesperada de los seres queridos. Encuentros… y encuentros. Vidas destrozadas literal y anímicamente. Desorientación. Almas en pena. Gritos, alaridos. Misericordia. Ayuda, abrazos, cobijo, regazo, consuelo, descanso. Todos somos víctimas del sinsentido del terrorismo, de la violencia exacerbada. Libertad, igualdad y fraternidad ante la barbarie. Unidad por un mundo en paz. No sé por qué (¿…?) he recordado el título del libro ‘La paz empieza nunca’ (Emilio Romero. Premio Planeta 1957). Curiosamente, el personaje central dice  que vivir resulta una aventura y que una buena parte de las vidas son aventuras apasionantes que no figuran en las Historias Universales, porque éstas son unos libros muy pequeños y bastante ingenuos…y habla de un náufrago que de repente, perdido todo, descubre algo que le lleva a luchar por salvarse… La paz empieza nunca podría ser el título de una buena novela y nada más, pero no podemos ser ingenuos, inmersos como estamos en esta que dicen tercera guerra mundial de  innumerables campos de batalla. Vidas truncadas, heroísmos inenarrables, náufragos que alzan sus brazos al mundo entero. Historias de amor y odio. Testimonios impresionantes de personas extraordinarias con capacidad para reconstruir su existencia aferrados a lo mejor que tienen, el recuerdo omnipresente de sus seres queridos asesinados a bocajarro, y el empeño por luchar y hacer felices a los que más quieren… Todos somos París y cualquier escenario de la barbarie. Y  rezamos aún sin saber rezar porque necesitamos hablar con el Dios de todos para que nos ayude y proteja, para decirle que no entendemos, para pedirle quizá que de una vez por todas, nos amemos. ‘El hermano ayudado por el hermano es tan fuerte como una ciudad amurallada’…donde no hay entrada para el odio. Libertad, igualdad, fraternidad bajo el cielo  de la ciudad de la luz. Nuevo atentados terroristas. Sigue la vida, con luces y sombras, tristezas y alegrías… El tiempo pasará… pero siempre nos quedará París…

Artículo publicado hoy en  La Opinión de Murcia

 

Tiempo de espera

Resulta paradójico que un mundo dominado por la prisa  esté marcado por innumerables tiempos de espera. Nacer, vivir y morir, trilogía  que comprende nuestra existencia. Llegamos a la luz del mundo, tras los meses de gestación de nuestra madre. Espera gozosa y gozo esperanzado. Redundancia de una ilusión que se repite en su novedad ante el misterio de la vida. Día tras día, casi en un abrir y cerrar de ojos, nos vemos envueltos en esa vorágine que nos lleva de acá para allá en un sinfín de situaciones que tendremos que aprender a afrontar siguiendo el curso del tiempo sí, pero tomándonos el nuestro con sus esperas para ir completando cabalmente el puzle de la existencia. Tiempo para aprender y tiempo para emprender. Vivir no tiene demora. La vida es un tiempo de espera que no cesa de sorprendernos y  puede desesperarnos si obviamos dar tiempo al tiempo. Son ajustes personales, prisa y cadencia, que tenemos que ir haciendo o  deshaciendo según convenga. Esperamos el amanecer y el anochecer, que llueva y que salga el sol, Esperamos un hijo, a un amigo, a un compañero de trabajo. Esperamos reír o llorar, perder o ganar. Esperamos que nos toque la lotería y todos los premios posibles. Esperamos trabajar, distraernos, disfrutar, viajar. Ir y venir, entrar, salir, escapar, regresar. Esperamos la nota de un examen o evaluación, la de unas oposiciones… Esperamos dar y recibir lo mejor. El mundo está repleto de salas de espera y  gente que quizás no sabe esperar. Sin prisa, sin pausa. Tiempos perdidos y tiempos de gozosa  espera. Importante saber a qué atenernos y también, saber prescindir de certezas innecesarias. Soñar como los enamorados con la ilusión que lo envuelve todo en un dulce compás de espera. Sembrar sin querer arrancar lo sembrado cuando todavía no es tiempo de cosecha. Dejar crecer a las personas, por dentro y por fuera, desarrollar y madurar las ideas, realizar acabadamente nuestro trabajo. La vida no sabe de prisas pero no se detiene. Somos nosotros los que corremos, muchas veces, hacia ninguna parte. Un sinvivir salpicado de porqués y para qué. Tomar y dejar, recibir, compartir. La vida, otra vez y siempre, es una inmensa sala de espera dónde quizás dejemos pasar el tiempo viendo lo que hacen los demás, hojeando revistas de no sé qué corazones, hablando por hablar o interesándonos sinceramente por la vida de los demás. Hay que coger turno para casi todo, saber aguardar pacientemente y no dejar pasar nuestra oportunidad. Tiempo de espera. Nacer, vivir, morir…

Artículo publicado hoy en La Opinión de Murcia

El amor que da la vida

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Quizá  nos encontremos algo  aturdidos por tanto ir y venir de gentes durante los días de Semana Santa. Puede que nosotros mismos  hayamos sido protagonistas de ese trasiego y posiblemente, espectadores de  los más variopintos desfiles procesionales. El itinerario de La Pasión de Cristo ha sido trazado en pueblos y ciudades, por plazas y calles que hacen vibrar con  fe y devoción a cuantos contemplan el Evangelio viviente, representado con impactantes esculturas; imágenes fidedignas que quieren mostrar  la cercanía y grandeza del amor de Dios. Amor que da la vida en plenitud, muriendo por todos nosotros para ganarnos la felicidad de la vida eterna. Si Cristo no hubiese resucitado, vana sería nuestra fe.  Sin embargo, estamos inmersos en una sociedad descreída y desamorada, donde apenas queda tiempo para nada más que ir de allá para acá, ocupados en mil cosas que nos despersonalizan y aíslan en una soledad ignorada y compartida. Extraña paradoja la de correr y correr para no llegar a ninguna parte. El amor necesita una cadencia que no sabe de prisas porque al dar la vida, son muchas las cosas, las situaciones que carecen de importancia. A lo lejos, el eco de la música que ha acompañado los desfiles procesionales. Trompetas, redobles de tambores. Una saeta. La tuna. Los auroros. Un cuarteto, una coral. El corazón se estremece con otra melodía, con la ternura de un gran amor. Ofensa y perdón. Paz.  Dolor de amor. Si tuviéramos la  fe  del tamaño de un grano de mostaza, moveríamos las montañas de la indiferencia, de la injusticia y el odio. Ver para creer, creer para querer. Amor que da la vida. Casi sin detenernos a pensar, echamos un vistazo a la nuestra y la llenamos a rebosar de propósitos que se nos escapan a borbotones, como agua entre las manos. Cada cual sigue su camino donde penas y alegrías se amalgaman y fortalecen el  querer. Finaliza la Semana Santa. Fe, Tradición y Costumbres, nos han mostrado un itinerario a seguir. Hombres, mujeres y niños. Jóvenes y ancianos. Sanos y enfermos. Pobres y ricos. Cada uno con su cruz a cuestas pero todos con la esperanza de  la Resurrección. La alegría de la Pascua invita a querer con ese amor que da la vida. Silencio y algarabía. Marchas procesionales, música sacra, redobles de tambores. Cofradías y Hermandades. Vía Crucis y Besapiés. Túnicas. Palmas y olivos. Alfombras de flores. Ramilletes de colores. Rosas, margaritas y claveles. Orquídeas, lirios y azucenas. Aromas. El día y la noche. Gentío. Encuentros y olvidos. Pasos, tronos, carrozas. Velas y cirios; candelabros y faroles. Luces y sombras que configuran el resurgir de nuestros amores.

Artículo publicado hoy  en  La Tribuna de Albacete

Se lo diré a mis contactos

Cada  vez  con más  frecuencia, nos  encontramos por doquier  señales  de  alarma  ante  el mal uso y abuso de las nuevas tecnologías en las relaciones humanas. Extraña paradoja, estar al mismo  tiempo  hipercomunicados  y  cada  vez  más solos. Redes  que  enredan cuando no sabemos  utilizarlas  con presteza. El roce, el tú a tú sigue siendo necesario para hacer el cariño. Vivimos en una sociedad con exceso de información, hasta el punto que no hay quien la digiera. Es más, son demasiadas  las  cuestiones  irrelevantes, sin interés alguno. Otras, sería mucho mejor que se mantuvieran  en el anonimato y olvido. Mejor  no  saber  que  aprender de  forma distorsionada.  Se airea la vida sin prudencia ni pudor ante la extraña  ganancia de curiosos  que  pierden  su  tiempo  en dimes y diretes que suben y bajan de tono sin ton ni son. Algo está fallando en nuestra aldea global. Tan lejos y tan cerca; tan cerca y tan lejos. Aviso a navegantes. No es igual el trato personal  sin interrupción por  sonidos o vibraciones de recepción de los más variopintos mensajes que esa misma relación enredados cada cual con un montonazo de amigos ‘electrónicos’.  De la famosa frase, de aquel anuncio de detergente, ‘Se lo diré a mi vecina’, hemos pasado compulsivamente al  ‘Se lo diré a mis contactos’. Dicho y hecho o lo que refleja más la realidad; apenas pensado, hecho y dicho. No solo nos estamos acostumbrando a que se aireen las vidas en un inmenso patio vecinal, ni que de este río revuelto de costumbres se aprovechen los listillos de turno. El más allá de la cuestión pasa por la propia inseguridad vial, la pérdida de tiempo en el trabajo, la falta de atención en el estudio, la pérdida de la intimidad.  Incluso la sorpresa, no siempre grata, de enterarte de asuntos familiares, al mismo tiempo que extraños.  Creo  que, en cierto modo, hay que volver a lo de siempre. Llamar a las cosas por su nombre y vivir la vida como tiene que ser vivida. El libro de instrucciones lo tenemos a mano. Seguir utilizando  cabeza y corazón para conocer, comprender y querer. Amor, trabajo, cultura, relaciones sociales. Urge mantener una escala de valores centrada en la persona libre y responsable.  Seguir formándonos siempre para ser dueños de nosotros mismos y no caer enredados  con los  artilugios  y  sus  prestaciones de moda. Quien suscribe  utiliza algunos de ellos y también las redes sociales. Hecho y dicho: ‘Se lo diré a mis contactos’.

Artículo publicado hoy en La Opinión de Murcia

Indiferencia

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Unos vienen y otros van. Vamos y venimos, no sé si haciendo caminos pero al menos los recorremos de manera más o menos consciente porque una cosa es tener claros unos objetivos y otra, muy distinta, deambular  sin rumbo fijo o incluso pararnos  a ver pasar la vida, sin pena ni gloria. Cada cual atienda a  su juego, no hay compás de espera: -¡Hagan juego señores!… aunque no están todas las cartas sobre la mesa… al parecer corren malos tiempos para hacer las cosas como Dios manda y la corrupción campa por doquier, nos escandaliza  y  casi nos deja indiferentes. ¡Otro caso más!… gesto de desencanto o desprecio y a seguir en la brecha, casi sin inmutarnos. Siempre andamos con prisa, con tanta prisa que lo habitual  se  va  concentrando en ir a lo nuestro, sin percatarnos de cuantos nos rodean. Mientras, la vida nos regala, de cuando en cuando, historias que nos invitan a pensar en el otro y nos humanizan. No, no voy a contar ninguna, tampoco pretendo dar una clase de moral o algo por estilo. Solo  propongo caminar un poco más despacio para poder ver, escuchar e ir descubriendo el pálpito de la vida que, no pocas veces, agoniza. La gente va y viene, nosotros también y no es difícil ver que somos diferentes en múltiples aspectos pero de ahí a la indiferencia por el otro, hay un abismo de dolor y sufrimiento que no tendría que  haber existido nunca.  Apenas  salgo de casa, a pocos metros, me encuentro con personas rebuscando en los contenedores de basura, no mucho más allá los mendigos habituales en las puertas de las iglesias y supermercados, y los que van de un lugar a  otro pidiendo céntimos sin capacidad de solucionar nada. Por otro lado nos encontramos con mucha gente necesitada de una sonrisa o al menos un gesto amable. Personas deseosas de compañía, de  entablar conversación porque están enfermas o demasiado tiempo solas. Personas que sufren el desprecio u otras formas de injusticia. Personas que carecen de lo indispensable para una existencia digna. Personas que son atropelladas en sus derechos fundamentales en guerras interminables que se saldan con la muerte de miles de seres inocentes. Noticia de hoy, olvidada mañana. La vida es un sinvivir de penas  y un convivir de alegrías que se  amainan  y  crecen en la medida que se comparten. Impresiona  el Mensaje del papa Francisco para la Cuaresma por su  llamada de  atención -seamos creyentes o no- ante la globalización de la indiferencia. Nos va a todos porque somos parte integrante e importante de esta aldea global. Tan lejos, tan cerca… No estás solo, estoy yo

Las Navidades pasadas (Cosas que pasan)

Tengo que confesar que soy una persona bastante despistada, supongo que a los genes propios de la condición humana, se une la multitarea de los días navideños. Preparé con ilusión los artículos para el blog y los periódicos con los que colaboro y, cosas del despiste alguno acaparó las columnas quedándose otro casi olvidado en su recién estrenada carpeta de 2015. ¡Cosas que pasan!… Y artículos que se escriben – intentando la buena letra- para ser leídos, crear opinión y compartir la novedad de lo de siempre. Pues aquí lo dejo…

Las Navidades pasadas

Me refiero a todas las que hemos vivido, incluyendo la actual, con la llegada de los Reyes Magos,  generosos siempre  repartiendo regalos.  La ilusión  no  deberíamos  perderla  nunca,  es impulso y suspiro de la alegría. Imposible  enumerar todas las Navidades vividas, solo quiero subrayar su fundamento,  la familia. Es  lógico  porque en este tiempo celebramos el Nacimiento del  Niño Dios y la Sagrada Familia formada por Jesús, María y José es nuestro mejor modelo. Ver y aprender se hace  entrañable en el entorno familiar. Creo que  la mayoría guardamos, entre nuestros recuerdos más preciados, las Navidades vividas. Podría remontarme a cuando acudía con mis padres y hermanos a la misa de gallo, enfundados hasta las cejas con todo cuanto servía de abrigo, incluyendo una bolsa de agua caliente pues  hacía un frío que pelaba. Eso sí, luego íbamos a toda prisa a casa de los abuelos a  tomar  juntos un chocolate caliente. Recuerdo el belén que siempre se ponía en casa,  cada uno aportaba su peculiar ayuda. Íbamos al monte a por sabina, a la carpintería a pedir un poco de serrín, al campo a por ramas secas o algún tronco pequeño, se compraba papel para el cielo que llenábamos de estrellas de plata coleccionadas de la envoltura del chocolate y el toque final lo daba nuestra madre llenándolo de trocitos de algodón de la botica a modo de nieve. Siempre se rompía  alguna figurica . Con cierta frecuencia las peleas infantiles, saldadas con una azotaina y besos a diestro y siniestro, amenizaban el ambiente familiar navideño  junto a los villancicos de siempre, entonados a todo pulmón.  Al ser familia numerosa, los Reyes casi siempre traían algo de provecho junto al juguete asequible a la economía familiar. Había turrón y polvorones. Visitábamos los belenes del pueblo, el de nuestra  parroquia  era movible por no sé qué artesanos artilugios y entusiasmaba  a la chiquillería. ¡Dios mío, apenas había comenzado a contar y  ya se ha quedado pequeño el espacio de mi columna!… Y es que la vida en familia, con sus amores y desamores, es el hilo conductor de nuestras vidas. No es solo un bonito anuncio aquello de volver a casa por Navidad  porque el calor de hogar es el rescoldo que nunca se apaga. Para quererse hay que rozarse aunque de vez en cuando salten chispas.  Ir, venir, querer, cuidar, comprender, escuchar, ayudar… Escribo desde el cuarto de estar de casa, al fondo el belén bastante bonico que este año pusieron  mi marido y dos de nuestros hijos. En el silencio de hoy, el eco de la marabunta de hijos y nietas en estos días navideños y sobre todo,  la alegría de pasar  el testigo. La familia bien, gracias. He pedido a Los Reyes Magos que dejen su estrella para que la Luz de Belén ilumine cada hogar aunque pase la Navidad.

Reyes de Oriente

Queridísimos, queridísimos. Más que nunca estamos  deseando  vuestra  venida, no solo a nuestros hogares sino a cuanto necesita de auténticos  Magos para ofrecer al mundo una  vida  acorde con la dignidad de todas  las personas. S.S.M.M. Melchor, Gaspar y Baltasar, no creáis que he perdido el juicio, tratando de involucraros en asuntos que de por sí no tenían que producirse: corrupción, abuso de poder, falta de trabajo, pobreza infantil, hambre, miseria, robos, delincuencia, guerras, esclavitud, falta de respeto a la vida desde el principio hasta su término natural… injusticias y sufrimiento. Estoy de acuerdo con vosotros en que el mundo está perdiendo el Norte. Realmente, necesitamos que nos orientéis para poder seguir la estrella que ilumina nuestra vida. En cierto modo, andamos desperdigados, casi sin saber a qué atenernos porque el desencanto se ha generalizado  y,  prácticamente,  no nos fiamos de la mayoría de las personas que han hecho un mal uso de sus cargos de responsabilidad en diferentes  ámbitos de nuestra sociedad. ¡Carbón para todos!… mejor,  justicia  y que restituyan  lo que de un modo u otro han defraudado. Queridos Reyes Magos: Quiero creer en vosotros con la seguridad y tozudez de los niños para comenzar el 2015 con la perspectiva de un mundo mejor. ¿Pido demasiado?… que ¿cómo me he portado?…bueno, bueno… en realidad, necesito mejorar. De verdad que, como muchos, lo intento pero a veces no salen las cosas como nos gustaría… ¿que lo importante es poner lo mejor de nuestra parte?… ¡Uff! ¡Menos mal! Estoy de acuerdo en que cada uno de nosotros tiene que ser responsable de sus actos, contando con que nadie es perfecto. Queridos Reyes Magos, disculpad esta carta, mitad conversación virtual y, en su estructura, artículo de periódico. Palabras que lejos de llevárselas el viento, quedarán impresas en papel y  formato digital. Gracias por vuestra paciencia para atender y entender tantas peticiones. Seguro, seguro que no se os olvida la de ningún niño, pero las personas mayores también necesitamos de vuestra atención, por eso en estos días navideños intentamos ser un poco como ellos, tratando de imitar su sencillez e ilusión, y pedimos como niños ¡hasta la luna!… Queridos Reyes Magos, deseo que la luz de vuestra estrella ilumine todos los hogares para que sean reflejo del hogar de Nazaret. Oro, incienso y mirra llevasteis ante El Portal, adorando al Niño. Nosotros contemplamos entusiasmados muchos belenes artesanos y nos quedamos pensativos buscando nuestro puesto en el belén que puso Dios… de fondo se oyen Villancicos… ‘Ya vienen los Reyes, ya están llegando y le traen al Niño…’, ‘Todos llevan al Niño, yo no tengo qué llevarle, le daré mi corazón…’ Melchor, Gaspar y Baltasar ¡Gracias por tantísimos regalos!…  Brilla su estrella… ¡Ya vienen los Reyes de Oriente!