El patio

 

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¡Cómo está el patio! Con la que está cayendo, casi, casi es aconsejable resguardarse a buen recaudo. Una y otra vez, comprobamos sorprendidos que cuando llueve – ¿será que no terminamos de aprender? – el nuestro se moja como los demás. De patios va este artículo, apenas comenzado el curso escolar. No estaría de más, matricularnos para entender las mejores lecciones. Las que nos da la vida en su devenir y las que nos sorprenden por su autoría. Espectacular la ilusión de la gente menuda que ha pasado a primaria. Parece como si, de pronto, hubiesen dado un estirón de madurez. Impecables en su presencia, esmerados en el cuidado del material apenas estrenado, ávidos ante tanto por aprender. Sentí curiosidad y pregunté a mi nieta mayor, con el bagaje de sus seis añazos, qué era lo que más y lo que menos le había gustado de pasar a primero de primaria. La respuesta, no tiene desperdicio. Lo que más… – ¡El patio! Lo que menos… – ¡No hay nada que me guste menos!… A buen entendedor… La apertura a todo un campo de posibilidades en el patio de las mayores. Lo que menos… ¡Si está todo recién estrenado!… ¡Patios!… de juegos, de luces, de vecinos, de flores, de butacas, de cuestiones… Patios andaluces… Y, nuestro patio particular, llueva o no llueva, como los demás. Somos tan distintos como iguales. Vamos y venimos por el inmenso patio de la vida, buscando amigos ‘mayores’, con la ilusión de aprender más y ser mejores, eso sí, sin perder nunca la ilusión de jugar en serio…

 

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Cálidas flores de mayo

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La primavera engalanada de colores, aromas y sabores, no deja de sorprendernos cada año cuando viene a visitarnos. Es la estación de la esperanza. La vida surge por doquier,  asombra y deslumbra en su misterio.  Sol y luz, calidez en el ambiente. El cielo más azul  que nunca y  las nubes revestidas de un  blanco  cuasi  nupcial  anuncian aire de fiesta. La brisa acaricia y estremece nuestros sentidos.  Hay alegría en el ambiente. Atrás los días fríos y grises del invierno, el tiempo desapacible  del que huimos refugiándonos en el  calor del hogar, viviendo más que nunca puertas adentro, las mismas que cada primavera abrimos, de par en par, para sumergirnos entusiasmados  en el  bullicio de las calles que destierra cualquier amago de soledad. El ir y venir de unos y otros se convierte en un trasiego de historias que son novedad. La vida en sí es la mejor noticia. Los campos, alfombrados de  verde esperanza, dejan brotar  flores y frutos, pintando, con los mejores pinceles de la naturaleza,  un bello y extenso lienzo que, junto al espléndido colorido, nos ofrece  su  perfume embriagador. Bailan los suaves vientos de la primavera con las cálidas flores de mayo que se dejan abrazar con aire de fiesta, en ramos y ramilletes, guirnaldas formando diademas, pomos y centros de mesa, incluso se acicalan para desparramar sus pétalos, como candente alabanza, sobre imágenes de vírgenes, en sus variopintas advocaciones,  llevadas  en procesión al son de rosarios y canciones  en este mes tan mariano.  Venid y vamos… Romerías.  Acompañamos a La Virgen de nuestra devoción con flores y  oraciones. Ella, la madre más buena, no para de decirle lo mejor de nosotros a su Hijo, al tiempo que nos aconseja  que hagamos lo que Él nos diga. Y así seguiremos, por los siglos de los siglos, intentando llenar las tinajas de nuestra vida  con sus dudas y certezas, aciertos y errores, alegrías y tristezas… ya se encargará La Virgen de decirle lo que no tenemos… ‘María, el odre nuevo de la plenitud contagiosa… Nos anima a llenarnos hasta el borde… Y un poco más…como aquellas tinajas de piedra de las bodas de Caná.’(Papa Francisco)

Inventario

 

Quizá pueda parecer extraño un inventario a primeros de año, cuando lo habitual es hacerlo a su término, pero de común somos tan olvidadizos que apenas reconocemos nuestros bienes y casi nos pasamos la vida sumidos en una especie de mística ojalatera (ojalá fuera, ojalá tuviese, ojalá pasara… ojalá, ojalá…), que nos impide valorar y disfrutar de cuanto tenemos porque estamos pendientes de lo que poseen los demás. Si realmente nos aplicásemos en hacer una lista más o menos ordenada de nuestra fortuna (familia, casa, comida, ropa, amigos, trabajo y un largo etcétera), seríamos más agradecidos. La gratitud influye en la realización personal porque ayuda a la buena comunicación entre unos y otros. La persona agradecida atrae. Ese modo de ser es generador de buenos sentimientos, de actitud positiva ante la vida. La familia es la mejor escuela de aprendizaje, ayuda a tomar conciencia de cuanto hemos recibido gratuitamente. Es fácil que en el día a día, ni siquiera nos paremos a pensar en aquello de valor que tanto bien nos hace para afrontar la vida con optimismo. De ahí el inventario  que me atrevo a sugerir en este año recién estrenado. La falsilla es personal e intransferible porque no somos repetidos. Sin embargo, la tónica general es desprenderse de ese hombre viejo que se empeña en seguirnos a todas partes con sus manías trasnochadas. Borrón y cuenta nueva, esforzándonos por convertir nuestros deberes y haberes en un saldo de felicidad extensible a cuántos nos rodean. No digo que sea fácil o difícil, lo importante es elaborarlo y cuando parece que todo se tuerce, echarle una miradita para afianzar nuestra estima y  esforzarnos en seguir adelante, a pesar de los pesares, poniéndonos metas asequibles que fortalecerán nuestra ilusión como base de otras que nos harán superarnos para conseguir todo cuanto nos propongamos. Planificación anual seria. Somos los responsables de la gran empresa de nuestra vida. Programación mensual, según circunstancias, tiempo y lugar. No, no hay que hacer comparaciones con otros. Sí es aconsejable ayudar y dejarse ayudar. Importantísimo atenerse al activo que poseemos, es decir, ser realistas y ‘no pretender cazar leones por el pasillo de nuestra casa’. Sencillamente, ilusionarnos con lo que podemos hacer según la etapa de la vida en que nos encontremos, eso sí siendo ‘avariciosos’ con todas nuestras posibilidades. Crucial, comenzar y recomenzar cada día. Ese volver a intentarlo que nos alejará del pesimismo dañoso e inútil. No sé ustedes, pero apenas iniciado mi inventario, no puedo dejar de dar gracias a Dios por todo y por tanto… sin olvidar que la vida, como las monedas, tiene su cara y su cruz. De un modo u otro, todos aspiramos a la felicidad. Es la empresa de nuestra vida. Culminarla con éxito es encontrar el camino. Suerte y ¡Feliz año 2017!…

Artículo publicado en La Tribuna de Albacete

¡HOLA, AMIGO!

Con mayúsculas y negrita, entre signos de admiración, subrayando la que suscita el autor del saludo en cuantos le conocen. Aparentemente es una persona normal pero en el trato directo impresiona descubrir su nivel de excelencia. No, no me refiero a títulos académicos, trayectoria profesional u otros logros que me constan los tiene. Tampoco lo reduciría a categoría humana porque algo tiene de divino su modo de afrontar la esclerosis lateral amiotrófica (ELA) que padece. Será por vivir en Murcia, cachito de cielo que Dios una tarde se dejó caer. Será porque tiene un cielo –valga la redundancia- de mujer. Será porque sus hijos, nueras y nietos están pendientes de él. Será por sus hermanos, sobrinos, familia toda… será, será. Le digo que se queje y me responde negativamente. Dice que tiene tanto que agradecer… él sabrá su trato con Dios pues de lo divino y lo humano ha hecho un tándem inseparable. A su casa vamos  los que le queremos a pasar raticos inolvidables, hablando, riendo, brindando por tanto bueno de la vida con fecha de caducidad más o menos cercana.  Nacemos, vivimos, morimos y despertamos para la vida eterna. Todos estamos de paso y nadie sabe a ciencia cierta la fecha de su ida a ese cielo que Dios tiene prometido para aquellos que le quieren. Quien tiene un amigo –sabemos y saboreamos-  tiene un tesoro. Amigos, él y su mujer, que nos tienen ensimismados, embobados, entusiasmados. Cómo estamos aprendiendo a querer, a aceptar con  bonhomía lo que la vida nos vaya deparando. Bueno, algunos son como alumnos adelantados. Otros, apenas balbuceamos las primeras letras. Le digo que rezo por él todos los días, y es verdad, aunque voy a tener que pedirle que lo haga él por mí. Entre nosotros, creo que tiene mano. Me gusta y ayuda ir a verle pero, a veces,  no puedo por las propias limitaciones de la vida. Entonces, le echo de menos, y más cuando sé que se interesa por mí, como por todos. Vive para los demás. Su día a día pasa también por ser dependiente de personas y artilugios que le ayudan en sus limitaciones. Él sigue cultivando sus aficiones culturales y lúdicas. Y no hay manera de que se quejen, ni él ni su mujer. Llamas a su casa y al abrir la puerta, ella sonríe. Pasas al salón y él sonríe, siempre con aire festivo. A todos nos gustaría poder amainar su sufrimiento (escondido entre su tesoro de amistad).  Hoy no he podido ir a verle y me he puesto a escribir, a esbozar el retrato de un hombre bueno… ¡Hola, amigo!

Artículo publicado hoy en La Opinión de Murcia

La casa de siempre

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Tras la época estival, tiempo por excelencia de vacaciones, el regreso a la cotidianidad de la vida es algo natural y cuasi deseado por todos porque, al fin y al cabo, es la viga maestra de nuestra existencia. – ‘¡Estamos en la casa de siempre!’… Afirmaba feliz una niña de cinco años al llegar a la suya. Contaban sus padres que de igual manera daba la bienvenida a sus abuelos preguntando alborozada:-‘¿Ya estáis en la casa de siempre?’… Sabiduría infantil revestida de tanta verdad que invita a reflexionar y agradecer tanto como tenemos y se nos olvida apreciar. La vida misma, el mayor bien, de valor incalculable. La familia: padre, madre, hijos, hermanos… la gran aventura de quererse. Los amigos, vecinos, compañeros de trabajo o de penas y fatigas. El mundo repleto de gente que va y viene en su diario quehacer. Aldeas, pueblos, ciudades. Campos y huertos, vegas y veredas, selvas y desiertos. Ríos y mares. El universo con su cielo cuajado de estrellas. Días de sol y noches de luna llena. Fauna y flora. Colores, aromas y sabores. Voces y silencio. Partituras y pinceles. Música, danza. Cuadros, oleos y acuarelas. La vida con sus carencias y demasías, llantos y risas. La casa de siempre donde lo normal es quererse. Septiembre. El verano desparrama su luz para dar brillo a los colores ocres del otoño. Las vacaciones nos dan energía para volver a intentarlo de nuevo. ¡Estamos en la casa de siempre!… Nuestra gente, nuestros cachivaches. Hogar, dulce hogar… con sus paces y sus guerras, donde a cada uno se quiere por quien es, sin componendas. Casas que se vacían y se llenan. Puertas que se abren y se cierran. Ventanas con rayos de luz, sombras y tristezas. ¡Casa mía y cama mía!…decía mi abuela. Mientras, el mundo gira y gira, dando a veces extrañas vueltas. Hay guerras, hambre, persecución, huida, enfermedad, muerte, desolación. Las noticias no dejan de sorprendernos con tragedias que afectan a la humanidad entera y de modo especial nos impresionan cuando nos toca de cerca. Apenas hace unos días, cuando iban a visitar un Santuario de la Virgen, sufrían un terrible accidente de tráfico en México mujeres del Opus Dei, muriendo en el impacto diez de ellas y el conductor del vehículo. De las que quedaron gravemente heridas, ya ha muerto otra. La llamada universal a la santidad que predica esta Prelatura Personal de la Iglesia Católica se vive en un ambiente de familia que palpita con el sentir de cada uno de sus miembros. Algo se muere en el alma cuando un amigo se va… pero cuando se trata de unas hijas, de unas hermanas, de personas de tu familia, el único consuelo es pensar en el cielo que Dios tiene prometido a todos los que le quieren. Es como regresar a la casa de siempre… pero  a lo grande.

Artículo publicado hoy en La Opinión de Murcia

Lecciones aprendidas

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Saber o no saber es la cuestión que subraya cualitativamente nuestro modo de actuar. Iniciada la temporada de vacaciones de verano, las mochilas suelen ir cargadas de notas que perfilan el nivel alcanzado tras un curso de estudio. El aprovechamiento  del tiempo suele ser el quid de un buen resultado. El saber va ocupando el lugar que le dejamos y, en consecuencia, es de gran ayuda para ir situándonos en la vida a nivel profesional y, personalmente, en las distintas facetas de nuestra existencia porque es indispensable conocernos a nosotros mismos y cuanto nos rodea para saber a qué atenernos. Cierto que no somos perfectos y las limitaciones de unos y otros forman parte del anclaje vital, pero al menos podemos lograr una buena perspectiva para gestionar nuestra andadura de la mejor manera posible. Saber lo que queremos. Punto de partida y objetivos a conseguir. Calibrar medios y dificultades. Comenzar y recomenzar recorriendo con ilusión el itinerario trazado. No estamos solos, ‘arrieros somos y en el camino andamos’. Las relaciones humanas conforman nuestra personalidad. Conocer, querer, sufrir, perdonar, comprender, aprender, enseñar, corregir, ayudar, aconsejar, edificar, disfrutar. Buen bagaje para ser feliz, teniendo en cuenta que el entramado de la felicidad se  teje cada día con optimismo  a la luz de nuestros valores, contando con las caras y cruces de la vida. Todos cargamos en la nuestra un bagaje personal que va perfilando el nivel alcanzado. En este terreno, las vacaciones no existen porque serían un sinvivir. No obstante, todo tiene su tiempo oportuno y saber aprovecharlo es sacar el mejor partido en cualquier circunstancia que podamos encontrarnos. Apenas comenzadas las vacaciones, no son pocos los estudiantes que arrinconan los libros, algunos hasta olvidan las lecciones aprendidas sin base, mecánicamente, para los exámenes. Bastantes, aprovechan el verano para afianzar algún idioma, hacer deporte y participar en campamentos y convivencias que fomentan la amistad y educan en valores. Las actividades solidarias son un plus enriquecedor para todos. Las vacaciones en familia, el bien más preciado. Sin pausa y sin prisa, estar unos con otros, al tanto y  atentos en saber querer sin condiciones. El verano, como todos los veranos, se presenta caluroso, con planes que salen o no, con circunstancias diversas, esperadas o inesperadas, con problemas y soluciones en un mundo convulsionado por guerras, terrorismo, persecuciones, pobreza, miseria, desesperación. Gente que va y viene, personas sin hogar, campos de refugiados, pateras de muerte y esperanza. Políticos desnortados, incongruentes, incomprendidos. Corrupción por doquier. Oportunismo totalitarista. La vida misma que casi deja de sorprendernos al tiempo que nos da las mejores lecciones. Lecciones aprendidas que no deberíamos de olvidar porque la historia se repite. La toma de decisiones ni a tontas ni a locas y mucho menos a ciegas. No se dejen deslumbrar por el sol que más calienta.

Artículo publicado hoy en La Opinión de Murcia

 

Nuestros hijos

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La celebración del Día de la Madre ha colapsado, una vez más, tiendas de regalos, redes sociales y restaurantes. Grandes y pequeños se esfuerzan por regalar lo más entrañable. Imaginación al querer. Y las madres, como siempre, encantadas y pendientes de sus hijos, gratamente sorprendidas por el esmero con que cada uno ha preparado su regalo. Sin querer remediarlo, también nosotras recordamos algunos de los que le hicimos  a la nuestra, sobre todo en la época escolar, y su sonrisa agradecida aunque fuese alguna que otra birria inservible. Y es que las madres nos embobamos con todo lo referente a los hijos y disfrutamos de sus ocurrencias. Cuando eran pequeños ‘A la mejor’,  rotuló uno de mis hijos con piedrecitas de color azul sobre un trocito de madera. Otro me regaló una estatuilla de plástico de un Oscar, con el siguiente letrero: ‘Oscar a tus méritos´. La vida va pasando, al tiempo que nos regala vivencias y recuerdos para siempre. Reconozco que, como tantas madres, este fin de semana he gozado de hijos, desde el que vive ‘cruzando el charco’ hasta el que tenía que trabajar porque tenía guardia. Cada uno, según sus posibilidades, a su manera, se ha esmerado en querer. Hemos comido juntos, teniendo esos raticos de confianza serena que tanto se disfrutan. También la ayuda entre unos y otros ha paliado la necesidad de compañía y ayuda. Mayo es mes de flores y amores, de Cruces y Romerías. La primavera se ha desperezado del invierno y no hace más que abrir sus ventanas al sol de todos los veranos. La vida germina por doquier. La muerte sigue acechando en guerras interminables que acumulan refugiados sin refugio digno. Atentados terroristas sesgan vidas humanas con una crueldad incomprensible. La Naturaleza no deja de sorprendernos con terremotos devastadores. Pienso en una joven madre ecuatoriana cuya familia ha perdido todo, que ha hecho un complicado viaje de más de dieciocho horas para poder abrazar a sus hijos. Nuestros hijos. Qué no haría una madre, como Dios manda, por sus hijos. Ya sé, repito sin parar la misma palabra. Los hijos, ¡cómo se quieren! Y cómo padre y madre queremos lo mejor para ellos, sin escatimar esfuerzos y exigiéndoles también que pongan todo de su parte. Los hijos –otra vez- no son para los padres pero las madres jamás nos convenceremos. Y siempre, siempre estaremos –aún en la distancia- pendientes de ellos, tanto que hasta puede ocurrir que se nos olvide escribir el artículo pendiente y tengamos que trasnochar para hacer los deberes. Eso sí, sin dejar de pensar en los hijos.

Artículo publicado hoy en La Opinión de Murcia