La Morenica

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Romería de septiembre, La Virgen de La Fuensanta, acompañada por todos, es llevada casi en volandas a su Santuario del monte. Miles de corazones laten al unísono ante La Patrona de Murcia. ¡Guapa, guapa, guapa! ¡Vamos, vamos, vamos!… Cantinela acostumbrada y generosa de un querer enamorado. La gente se ‘arrejunta’, se apiña arropando a La Morenica tras su estancia en La Catedral, donde el ir y venir de unos y otros, ha sido una vez más, la espléndida rúbrica del cariño de todos los murcianos a su Virgen. Más que  goteo, ha sido un diluvio de personas de toda clase y condición ante la Madre de todos que, constantemente se lleva al  cielo nuestras peticiones. ‘Yo no sé qué tiene Tu cara morena que lloran los ojos a su claridad’… Desde la persona más anciana hasta la última recién nacida, con flores y oraciones, miradas suplicantes, ruegos y agradecimientos, balbuceo de oraciones y avemarías rezadas, Rosario tras Rosario. La Virgen contempla serena. Como la Madre más buena, escucha y parece que calla, mientras no para de decir a su Hijo todas las cosas buenas que sabe de nosotros. Flores para Ella… pétalos de colores que, a manos llenas, dejan caer sobre La Morenica, gente buena, como rocío de oración huertana, a la Reina de Cielo y Tierra. Bailes y canciones, entusiasmo y alegría. ¡Venga! ¡Vamos! Como una gran familia, festejando a La Madre que la mantiene unida.  ¡Guapa! ¡Hermosa!… La Virgen, serena y gozosa, reina  sobre nuestras cosas, cuidando  de cada uno como si hijo único fuera, como hacen las madres, tan buenas, tan nuestras. Romería de septiembre, romería de siempre. Desde la Ciudad o la Huerta, desde todos los rincones de esos mundos de Dios, acompañamos a La Morenica entre vítores y canciones, con flores y oraciones, contándole  nuestro vivir y sinvivir, nuestras preocupaciones y sinsabores, nuestras alegrías e ilusiones, nuestro trabajo o el que necesitamos, nuestros amores… Y también esa cansera que a veces nos deja la existencia, como la tierra sedienta de las aguas que la convierten en espléndido vergel. Romeros, al fin y al cabo, somos en la vida.  En el camino andamos, dice la también vieja canción basada en el poema del caminante que aprendió que se hace camino al andar. Como  el  gran empeño de hacer poesía de la prosa de cada día. La Morenica nos mira, nos está llevando. ¡Venga, venga! ¡Vamos, vamos!

Artículo publicado hoy en La Opinión de Murcia

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Cantar de Navidad

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Una cosa son los villancicos, canciones populares alegres que se cantan por Navidad, y otra escribir sobre ella. Es otro cantar, conocido y tarareado por muchos, mientras no pocos nos esmeramos en cuasi dibujar las letras más bonitas y entrañables. Borrón y cuenta nueva, año tras año, Navidad tras Navidad, lucen lunas y estrellas con cierto rubor ante la Luz del mundo, un mundo que se asemeja a un inmenso belén repleto de figuras vivientes que andan en sus afanes, atentas o ajenas al gran acontecimiento. Nos miramos unos a otros, con la curiosidad innata de ver y aprender, recordar u olvidar. Son muchos los caminos que se entrecruzan o no por múltiples y variopintos paisajes que cambian de color del día a la noche. Soles y estrellas iluminan el firmamento, extendiendo sus rayos de luz por ríos y mares casi de cuento. Se levantan altivos palacios y castillos, puentes y altísimos edificios. Palmeras de oriente y occidente, árboles frutales, jardines y bosques, pueblos y ciudades. Casas pequeñas y grandes. La gente viene y va, ríe y llora, sufre, disfruta, trabaja, descansa, tiene, carece, busca, halla… Navidad es un canto a la esperanza. Dios mismo es El que viene, se acerca a nosotros, se abaja. Como Niño recién nacido sonríe ante nuestro asombro. En un viejo portal, al calor de un buey y una mula, entre pajas humilde cuna. Eligió a su Madre, La Virgen María, más excelsa que ninguna, custodiada por el bueno de San José. Una familia, un hogar, un nacimiento, unas dificultades, una historia de Amor, con mayúsculas, que trajo la paz a los hombres de buena voluntad. Cantar de Navidad, cantar de la familia de los hijos de Dios. Somos parte de un monumental belén viviente. Lo que importa es acercarse un poco más al portal cada Nochebuena. El Niño nos aguarda. Su Madre, también nuestra, nos lo enseñará y dejará que lo estrechemos en nuestros brazos  y que le demos muchos besos. Llega La Navidad, plazas y calles brillan ataviadas con guirnaldas de luces y adornos. Estrellas y campanas, abetos y flores de pascua, ángeles y pastores. Belenes para visitar. Regresamos a nuestro hogar. Unos vienen, otros van, algunos ya no están… Como cada Nochebuena, como cada Navidad, la historia se repite con la novedad de volver a empezar. Preparamos nuestras casas para celebrar fiesta tan familiar. El belén, el árbol, los regalos. Nos afanamos por agradar, ayudar, querer a los demás. Nadie escatima esfuerzos. Tarareamos villancicos yendo de allá para acá. Guitarras y panderetas, zambombas y cascabeles. Voces infantiles, ternura, recuerdos, vivencias, emociones. La Nochebuena que viene, la Nochebuena se va. Días de fiesta y calor de hogar. Alrededor de Jesús, María y José ¡Feliz Navidad!

 

Artículo publicado en La Opinión de Murcia

Callejear

 

Caminar, pasear, deambular, zascandilear. Ir sin rumbo fijo, disfrutando de la ciudad y su gente. Diciembre es el mes del año que invita de manera especial a vagar de aquí para allá, parece que todo el mundo está en la calle. El alumbrado navideño crea un entorno cuasi familiar que facilita la convivencia, vamos y venimos en un ambiente descomplicado y festivo. La vida sigue el curso de los acontecimientos sin desviar su ruta, somos nosotros los que nos detenemos deslumbrados quizás por la luz del Adviento, tiempo de confiada espera. A la luz también de la fe, conmueve la grandeza de un Dios que se anonada al alcance de su criatura y nace en un humilde portal. Noche de inmensa ternura. La Virgen y San José mecen su cuna. A la luz, tantas veces confusa, del mundo, guirnaldas de colores, ornato de plazas y calles, tiendas grandes y pequeñas, escaparates. La luna del cielo presume de estrellas, tras las lunas de los escaparates, las  estrellas de los regalos son los juguetes. El frio diciembre se caldea en cada hogar. Tiempo -como todos los tiempos- de volver a casa y estar en familia. Zambombas y pastores anteceden a la cabalgata real. ¡Ya vienen! ¡Ya llegan!… No, todavía tenemos que esperar. Calles alfombradas, surcadas por árboles de Navidad. Se oye algún que otro villancico, ensayo de fiesta escolar. En paseos principales, la muestra artesanal. Todo brilla en la ciudad. Unos vienen, otros van. Nadie se ha de encontrar solo. Una mirada, dos sonrisas, tres palabras, gestos de complicidad. Unos tienen, a otros les falta. Toma y daca. Ven y verás. Todos podemos ayudar. Solidaridad. Diciembre, partitura musical. Músicos callejeros, música del comercio, conciertos de Navidad. Algunas personas tararean el  villancico familiar. Flores de Pascua, turrones y polvorones. Bolsas  y paquetes, regalos preparados con ilusión por pajes e infinidad de amigos invisibles. Carbón para muchos que tiznados ya están. Castañas asadas. Diciembre huele a hogar: Las comidas de la abuela, el plato típico del lugar. Los hogares se revisten de Navidad. Belenes grandes y pequeños, alguno monumental. Escenas de ayer, hoy y siempre, nos acercan hasta el humilde portal. Estrellas, sol y luna. Diciembre, navideño, invita a callejear. Las ciudades se engalanan acogiendo a cuantos se acercan a ellas. Surgen encuentros esperados e inesperados, grupos y corrillos de gente dicharachera, sin prisas, en compás de espera. Estiramos nuestro tiempo tejiendo con esmero guirnaldas con los colores de Navidad: Rojo, verde, plata y oro. La vida de familia nos recuerda una vez más  y,  a título personal, el de aquella entrañable película de Frank Capra ‘¡Qué bello es vivir!’… Callejear, caminar, pasear, deambular, zascandilear.

 

Artículo publicado hoy en La Opinión de Murcia

ROMA

Sí con mayúsculas porque hoy 27 de abril de 2014, es un día grande en la Ciudad Eterna. La canonización de los papas Juan XXIII y Juan Pablo II  ha convertido a Roma en el centro del mundo. Personas de toda clase y condición contemplaremos este acontecimiento, sin precedentes en la Historia, desde los lugares más recónditos de la Tierra. Una fiesta de Fe que aúna a creyentes y no creyentes, ante el testimonio extraordinario de los dos nuevos santos de la Iglesia Católica. Cerca de un millón de personas han acudido a presenciar este magno acontecimiento a Roma que, partiendo de  La Ciudad del Vaticano, ha abierto sus brazos para acoger al mundo entero con un mismo latir. Junto a la devoción que cada santo despierta, Juan XXIII y Juan Pablo II han movido montañas de fe, admiración y cariño. El Papa que decían era de transición  y un Papa venido de lejos, suben a los altares siguiendo el querer de Dios y seguidos del querer universal personalizado, íntimo y esperanzado de cada uno de nosotros. Ser testigos de la Historia es algo común de todos los mortales a través del tiempo pero ser testigos de la santidad de personas tan cercanas, compromete.  Lo sorprendente es que cada uno ha tenido los fallos propios de la condición humana pero lejos de estancarse en ellos, lucharon de manera heroica por alcanzar la perfección a la que habían sido llamados. La renovación de la Iglesia, a través del Concilio Vaticano II, fue obra de un Papa octogenario, Juan XXIII, fiel a Dios que seguía alegrando su juventud. El Papa de los jóvenes, Juan Pablo II, gritó a todos: ‘¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo!’… con la fuerza y atractivo de su  propia juventud y abrazando, firme y amorosamente, la cruz de  la enfermedad en su vejez. El papa Francisco al canonizar a estos grandes santos nos muestra la cercanía del cielo invitándonos personalmente a abandonar la mediocridad. Los nuevos santos, llevan el nombre de San Juan como el Precursor enviado por Dios para preparar el camino al Salvador. Doctores tiene la Iglesia pero al común de los fieles cristianos, el papa Francisco nos ha recordado (Evangelii Gaudium) que, afianzados y fortalecidos en la fe, es hora de iluminar, transformar, de salir y transmitir la alegría de creer. Qué mejor ejemplo que el de los nuevos santos que nos han hablado siempre de un Dios a quién conocían y trataban familiarmente como si lo estuvieran viendo. 

La novedad de vivir

 

Jesús le dice: <<Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?>> Ella, pensando que era el hortelano, le dice. <<Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto, y yo lo recogeré>>.  Jesús le dice: << ¡María!>> Ella, volviéndose, le dice en hebreo: << ¡Rabunni!>>, que quiere decir <<Maestro>>. (San Juan 20, 15-16). Encontrarle, rebosar de alegría y comunicarlo a todos es misión que perdura por los siglos de los siglos. ¡Ven y verás! Atrás la rutina, desidia y desesperanza. Cristo nos ha abierto de par en par las puertas del cielo, sólo tenemos que seguirle. Si no hubiese resucitado vana sería nuestra fe.  La llamada de Dios es a  a cada uno en particular porque nos conoce y sabe que a pesar de todo, queremos seguirle. Él da la novedad a nuestro vivir, ya nada será igual porque la vida se llena de sentido y comprendemos el significado de cuanto sucede a la luz del querer de Dios. Nadie nos querrá como Él pero también nos pide correspondencia, ese ‘querer querer’ con obras y de verdad, sin dejarnos llevar de sensiblerías y emociones que se esfuman a la primera de cambio. Por supuesto que no somos perfectos y  metemos la pata cada dos por tres pero lo que importa es volver a intentarlo una, otra y las veces que sea necesario: sinceramente, siempre. La cuestión es vivir contando con las trancas y barrancas de nuestra condición y disfrutar de la vida nueva que nos ha sido dada. Me llamó la atención como el Papa Francisco sugirió que nos preguntásemos con qué personaje nos identificábamos en esta Semana Santa. La respuesta es personal, vale la pena  reflexionar y aprender alguna que otra lección. Qué valentía la de aquella mujer por encontrar a su Maestro, no se arredra ante nada; qué arrojo y entusiasmo para anunciar que Cristo había resucitado.  Ahora nos toca a nosotros tomar el testigo  con nuestro particular modo de ser y hacer pero mostrando al mundo entero que Cristo ha resucitado que hemos sido redimidos por Él y que nos deja elegir para que libremente hagamos su voluntad, sencillamente, sacando brillo a la vida que nos ha tocado vivir, con sus penas y alegrías, con sus luces y sombras, con lo importante y lo que apenas parece tener significado porque Dios nos quiere y siempre está con nosotros y además nos tiene preparado todo un cielo de premio.

Apuntes sobre la vida

 

Padre y madre, amor fecundo, alumbramiento, esperanza, vida. El día a día marca cadenciosamente el pálpito de la existencia. Llantos y risas. Regazo, ternura. El despertar de un sueño y el soñar despiertos. Cansancio, desvelo. La ilusión del encuentro. La leyenda de un beso. Juegos infantiles. Primeras palabras, últimos silencios. Infancia y vejez. Adolescencia, juventud. Y el hogar de tantas vidas. Niños que vienen y van. El misterio gozoso de cada nacimiento. Querer por encima de todo. Creer, luchar, esperar. Saber escuchar. Paciencia, comprensión. Familia, esperanza, luz, alegría. Padre y madre. Abuelos y nietos. El mayor, el menor y el de en medio; hermanos. Quereres y deberes. Aciertos y desconciertos. El hoy forjado de ayeres. Mañana… Trabajo, ilusión, esfuerzo. Las primeras salidas, la discutida hora de vuelta. Compañeros de fatigas y penas, los amigos de siempre. El primer amor, el primer adiós. Fe y esperanza en un mundo generoso, abierto a la vida. Dulce espera. Abrazos nuevos. Celebraciones, fiestas. Tristezas, desconciertos. Y el querer que se estrena con la novedad de cada día. Estudios, trabajos. La vida va y viene. Los hijos vienen y se van…se echan mucho de menos. Juegos y juguetes. Pañales, sonajeros, chupetes. Cuentos y libros infantiles. Libros de texto, diccionarios y enciclopedias, cuadernos escolares, novelas. Música, nuestra melodía. La vida del color que quieras. Televisión y  redes sociales. Educación, orientación. Libertad y amor a la vida desde su inicio hasta el final. Hijos mayores, hijos pequeños… siempre pendiente de ellos. El que parece no necesitar nada y el que más reclama. Amor sin medida. Tristezas y alegrías compartidas. La baraúnda; nadie sabe donde hay nada, todo parece por medio. De pronto,  el orden, nadie dentro… pero ‘La familia es el lugar al que se vuelve’, el lugar de la vida, el lugar del encuentro. Apuntes sobre la vida,  agradecimiento a Dios por la que tengo.

ARTÍCULO PUBLICADO HOY EN LA OPINIÓN DE MURCIA

 

Vinagre en las tostadas

 

No creo que sea del gusto de nadie pero no es difícil encontrarnos con este agrio ingrediente a la hora del desayuno. La casuística va desde el despiste personal al utilizar las vinagreras hasta la cantidad de noticias negativas con las que desayunamos cada día. No nos engañemos, el vinagre no hace buen maridaje con las tostadas y tampoco los  trágicos sucesos con nuestras ganas de vivir. La vida, sin embargo, está repleta de caras y cruces que dan valor a la misma moneda de cambio. Podemos tirar las tostadas sin más y prepararnos otras con su rico aceitito o disimular sin demasiado éxito el sabor agrio con un poco de aceite a gusto del consumidor. Días felices y días aciagos, diferentes jornadas para todos, uno a uno, y siempre. Depender de que sean de nuestro agrado o no para ser felices es confundir el sentido genuino de la vida. Cada cual puede reservar sus derechos para reír o llorar, con o sin lágrimas, pero la existencia se construye sobre una base sólida capaz de resistir vientos y tempestades. Entre el cielo y la tierra, nosotros y todas las circunstancias que nos tocará afrontar, contando con el imprescindible intercambio de ayuda personal; ayudar (repito) y dejarse ayudar (vuelvo a repetir). El aluvión de noticias desagradables no puede pillarnos desprevenidos y desorientados. Compadecer sí pero quedarse como sujetos pasivos no, y mucho menos dejarnos aplastar por cualquier losa por pesada que sea. Siempre podemos hacer algo por los demás y por nosotros mismos. Creer y querer; trabajar y saber descansar; pasarlo bien y sonreír a la vida para que ella nos sonría. Tener objetivos claros. Conquistar ilusiones. Pisar el suelo y tocar el cielo. No tenemos más remedio que entrenar y saber interpretar los renglones, aparentemente torcidos, de nuestra historia. Dios sabe más y nosotros, gracias a Él vamos aprendiendo el duro oficio de vivir. El amanecer nos trae el regalo de cada día repleto de tiempo hasta para quienes piensan que no lo tienen. Tiempo para sembrar y cosechar, para reír y llorar. Como dice el Eclesiastés: ‘Hay un tiempo para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol. Un tiempo para nacer y un tiempo para morir… tiempo para amar… tiempo de guerra y tiempo de paz’. Tiempo para aprovechar desde las primeras horas. ¡Ojo al dato! No vale el vinagre en  las tostadas.

Artículo publicado hoy en La Opinión de Murcia